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14 de Julio del 2001

LAS ESCUELAS SOCRÁTICAS (en busca de una inspiración antigua). Por Emilio Ichikawa Morín Para El Centro Cubano.

I.
Lo que cualquier historiador de las ideas asume como presupuesto, que toda idea puede ser remitida con mas o menos arbitrariedad, en un ejercicio de asociación, a una idea precedente, ha sido plasmado en un sin número de sentencias.

Primero esta el consenso acerca del "horror vacui", que rige tanto en la naturaleza como en el espíritu. Es decir, "nada surge de la nada"; por lo que en el caso de la génesis, todo nacimiento es un evento anunciado "ontológicamente" en algún tiempo o lugar. Incluso el nacimiento de las ideas adjunta presagios cuando decidimos asumirlas como tipos específicos de seres.

En sus memorias tituladas Mi ultimo suspiro, el cineasta Luis Buñuel refiere una afirmación que atribuye a Eugenio de O`rs: "Lo que no es tradición es plagio"; tesis que siempre he relacionado con un proverbio judío que conocí en un ensayo de Isaiah Berlin sobre Disraeli: "El agon con la tradición es cosa de epígonos".

Es decir que, sin sufrir angustia por la búsqueda de "antecedentes" y la determinación de "influencias" no se da el proceso creativo autentico. Al demiurgo siempre le acosa la preocupación de que lo que esta realizando ya lo ha llevado a cabo, incluso con mejor fortuna, un dios mayor. Es menester concluir que pretender la novedad absoluta equivale a desconocer el curso natural por el que se mueve lo nuevo en su carácter relativo.

Y si consideramos hipotéticamente valido buscar en la época helenística las fuentes de la moralidad con que el cubano de hoy se ubica en un contexto político de emergencia, muy bien pudiera haber encontrado a su vez esa época helenística algunos gérmenes fecundantes de su filosofía en un momento anterior. Claro, este es un movimiento regresivo que no puede ser interminable porque mostraría su absurdo. Esta búsqueda se trata apenas de un agon, de una posibilidad.

Sin querer presentarlo como un movimiento orgánico y conciente de dependencias y desarrollo, lo cierto es que la filosofía helenística puede presentarse ( o reconstruirse) como una continuación de ciertos tópicos trabajados por algunos seguidores de Sócrates.

II.
Después del proceso a Sócrates muchos de sus discípulos, entre ellos Platón, se marcharon con urgencia de Atenas hacia Megara, donde fueron recibidos y albergados por la ciudad bajo la tutela de Euclides Megarico. Después de levantarse el fallo contra Sócrates, la mayoría regresó a Atenas, pero ya habían realizado lo mas sobresaliente en el ámbito de la filosofía.

Sócrates tuvo un gran merito como maestro, al lograr dejar una amplia variedad de discípulos. Este hecho, por otra parte, justifica de facto el celo político de aquellos que le juzgaron. En sentido general, existe una tipología de ese discipulado, claramente discernible desde la consecuencia socrática:

1-Seguidores acriticos; alumnos que en una relación de veneración a su maestro se dedican a fijar su memoria y se limitan a divulgar su doctrina. Un ejemplo de esto es Jenofonte, que se empeñó en biografiar y fijar la memoria de Sócrates.

2-Discípulos que buscan la superación del maestro; es decir, resultan fieles de una a manera creativa, al llevar la doctrina del maestro mas allá de los limites donde este la había concebido. Un ejemplo de este tipo de seguidor es Platón respecto a Sócrates; lo mismo que, posteriormente, Aristóteles respecto a Platón. 3-Los que fijan y desarrollan un conjunto de ideas propias a partir de un elemento o parte de la doctrina ensenada por el maestro. En este caso tenemos las tres conocidas escuelas socráticas: cínicos, megaricos y cirenaicos.

De Sócrates se desprendieron varias escuelas, hecho estimulado por su elocuencia como maestro, pero también por la generalidad y si se quiere hasta por la ambigüedad de su principio filosófico: lo bueno como virtud y la prudencia, el equilibrio, como camino de realización moral. Las escuelas socráticas no son mas que formas especificas en que este principio filosófico es entendido y expuesto por sus seguidores.

Los mas relevantes socráticos se dedicaron a desarrollar ciertos puntos de la doctrina del maestro. En general, a ellos no le interesaba tanto la "esencia" como la "verdad": "La verdad y la esencia, decía Hegel, no son lo mismo; la verdad es la esencia pensada, mientras que la esencia es el en si simple". La filosofía socrática es por eso un esfuerzo decidido por intelectualizar cada espacio de la vida del hombre, incluso de la muerte.

También hay que señalar que en lo sucesivo se le llamo "socratismo" a toda esa cháchara moralizante sobre el hombre que, pasando por humanismo bondadoso, no alcanza a proponer una idea coherente, por lo menos consistente. Ese segmento doctrinal, el moralismo, por de mas tan fecundo en las culturas de raíz hispánica, es una zona generalmente fútil donde naufragan la mayoría de los predicadores religiosos, demagogos de la política y literatos sin historias que contar.

Muchos de nuestros mas insignes maestros, una que otra vez, han sucumbido ante el influjo docentista de esta manera "socrática" de enfocar la filosofía: Ortega, Ingenieros, hoy Savater o Vázquez Montalbán, para poner algunos ejemplos, muestran la fortaleza con que el párroco hispano se impone sobre la serenidad del metafísico.

III.
La escuela de Megara continua la senda socrática de afirmación de las formas de lo general, y procura poner de manifiesto las contradicciones que existen en todas las representaciones particulares. Su método consistía en discutir; y lo hacia en el sentido mas estricto del termino: "discusión" entendida como arte de polemizar con furia; razón por la cual también a los megaricos le llamaban "eraticos".

Uno de los mas significativos filósofos megaricos fue Euclides. De este se cuenta que a pesar de su violenta manera de discutir era un hombre muy pacifico. Con toda la relatividad de las credenciales que tienen las fuentes de la filosofía antigua, ha trascendido este dialogo en el que un interlocutor abrumado por las replicas de Euclides le dice:

-¡Que me caiga muerto si no me vengo de ti!

A lo que Euclides de Megara respondió:

-¡Y yo me caiga muerto si no soy capaz de aplacar tu cólera con la dulzura de mis palabras, para que sigas amándome como hasta aquí!.

A Euclides megarico se le atribuye también esta sentencia: "Lo bueno es, y es bajo varias formas. Lo opuesto a lo bueno no es".

Es fácil detectar aquí la huella de la escuela de Elea. La diferencia estriba en que para Euclides el ser era lo bueno; y para los eleatas un ente abstracto. La negación de realidad del mal, que es a lo que equivale una identificación del bien con el ser, será por demás un recurso muy recurrente en las posteriores teodiceas monoteístas, particularmente en el caso del cristianismo.

Eubulides de Mileto fue por su parte un descollante discípulo de Euclides de Megara. Muchos de los giros lógicos y retóricos que los megaricos utilizaban para confundir al interlocutor son atribuidos a la imaginación agonistica de Eubulides.

Varios de los diálogos que nos han sido legados como parte de esta tradición socrática, nos parecen necedades en la actualidad, pero no fueron así para los antiguos griegos. En un certamen dialéctico, en medio de un agon intelectual donde uno de los discutidores resultaba ampliamente derrotado por su interlocutor, podía advenir el bochorno y suicidio de una de las partes. Por suerte, los antiguos griegos insistieron bastante en la dignidad de la competición en si misma, independientemente del resultado concreto; también los sofistas, con su aparente arbitrariedad y falta de tragicidad ante el saber, contribuyeron a que las disputas intelectuales fueran concebidas como competiciones mas relajadas en términos de implicación en el prestigio de los tertulianos.

La palabra (logos) era tan importante para los griegos antiguos que cuando aparecía una contradicción entre ella y la cosa, se le daba prioridad a la palabra. En ese contexto intelectual, lo que no se nombraba sencillamente carecía de realidad; por lo menos era "irracional", porque la "racionalidad" podía otorgarse solamente a través de la palabra. Por tal razón, "logos" puede traducirse como palabra; es decir, como "realidad".

Eubulides partía, como los eleatas, de que la verdad es el ser y el ser es verdad; el no ser simplemente no es, carece de realidad. Por tanto, la verdad debe ser simple y expresarse en la categoría de "si" o "no". En el dialogo, un interlocutor que busque la verdad, debe limitarse a certificar estrictamente según esa bi-valencia.

Para dar legitimidad filosófica al recurso dialéctico de hacer caer en la contradicción o en la "perplejidad" a su competidor en la discusión, Eubulides eleva a la categoría de principio del filosofar el carácter simple de lo verdadero. Según este requisito incuestionable una proposición tenia que ser, irremediablemente, o verdadera o falsa. La tercera valencia del juicio quedaba excluida.

Elabora así el llamado "Elenco del mentiroso". Si alguien confiesa que miente, si dice: "yo soy un mentiroso", entonces, ¿miente o dice la verdad?. Podemos creer que dice la verdad; entonces, resulta cierta la frase: es un mentiroso. Pero igual podemos suponer que dice mentira, o sea, que es falsa su confesión, por lo que se trata de una persona sincera que dice la verdad.

Por supuesto que entre una alternativa y otra se pueden ensayar varias soluciones intermedias; pero Eubulides ha exigido previamente que se considere verdaderas solamente a las posiciones simples, y tratándose de un certamen dialéctico, esas son reglas de juego que por ningún motivo pueden ser violadas; además de ser consideradas por el como un requerimiento filosófico de partida. Como dijimos al principio, se trata de un presupuesto.

Hasta tal punto estas disputas gustaban tanto a los filósofos antiguos, que según Diógenes Laercio, Crisipo el estoico escribió una obra de seis tomos acerca de este problema.

Hegel considerara posteriormente que el episodio de el puente y la horca en la ínsula de Sancho Panza, es una versión moderna del anterior acertijo. Resulta que junto al puente que resuelve un paso en el camino se construye una horca. Para pasar, el viajero debe decir con toda sinceridad a que lugar se dirige; de lo contrario, seria ahorcado irremediablemente.

Pero hay una ocasión en que llega uno y dice: "He venido aquí a que me ahorquen". Es decir, a que le ahorquen, es el lugar a donde el hombre desea dirigirse; va precisamente al sitio del castigo, que no debe recibir por haber dicho la verdad. Mas resulta que, por haber dicho la verdad, no deben ahorcarlo sino dejarlo pasar... a que le ahorquen.

Podemos resumir así la confusión:

-Si se le ahorca, no se le permitirá ejercer el derecho de pasar a donde desea por haber dicho la verdad.

-Si se le deja pasar, es que va a algún lugar que no es la horca y, por tanto, debe ser ahorcado.

La solución cervantina en Don Quijote se basa en una consulta a Sancho, quien da prueba de su templanza política al recomendar que, en cualquier caso, se opte por la alternativa mas moderada.

Pero esto quedaría fuera de las reglas establecidas por Eubulides, quien había exigido la simpleza de la verdad y no su gradualidad. Otro ejemplo de argucia megarica lo tenemos en esa pregunta, a responder si o no, que se le hacia en publico a un contendiente respecto a alguien muy preciado de su familia; por ejemplo:

-"?Ya has dejado de pegarle a tu padre?".

De cualquier modo que se responda, si o no, el interpelado queda en entredicho moral ante el publico. Si dice no, significa que aun le pega; si dice si, implica que, aunque en el momento presente no le esta pegando al padre, de cualquier modo lo hizo en el pasado.

Menedemo, a quien se le hizo la pregunta, respondio: "Ni he dejado de pegarle ni le he pegado nunca"; por lo que evadió el requisito de responder de manera simple; creo que esta vez con toda legitimidad.

Existe también otro elenco conocido como el del "hombre oculto". Se escondía al padre de un discutidor y se sostenía un dialogo semejante al que reproducimos a continuación:

-¿Conoces a tu padre?. -Si. -¿Conoces a este hombre oculto detrás de la tela?. -Pues no. -Entonces no le conoces, pues este hombre escondido detrás de la tela es precisamente tu padre.

Este elenco, a pesar de su aparente superficialidad y su simpleza formal (es mas una trampa que un ardid lógico), contiene un importante problema que después será la clave de las reflexiones filosóficas existenciales: ¿y que significa, en fin de cuentas, conocer una persona?. Este elenco es aplicable a los casos de Electra y Orestes, y al mas evidente de Ulises y Penélope. Hegel lo valora de una manera abstracta; cree que el hijo conoce efectivamente al padre, pero como "ente sensible", no como un universal, conceptualmente.

Ha llegado a nosotros también el elenco del "trigo amontonado", que después trabajaran algunos escolásticos formalistas en el sentido de la "definición de un hombre calvo". Desde el punto de vista lógico, la clave del siguiente elenco esta en la concepción falsa, cuantitativista, del infinito.

-¿Hace un grano de trigo el montón?. -No. -¿Y otro?. -No. -¿Y otro?. -¿Y este otro?. -Tampoco. ... -Bueno, pues con este ya si: tenemos un montón de trigo.

El resultado es claro: aunque la acumulación ha sido gradual, el limite en que una congregación de granos de trigo es suficiente para ser considerada un montón, lo marca un solo grano. Por tanto: un grano si hace "la pila".

En su Organon Aristóteles también recoge algunos elencos de cierto interés; por ejemplo, este referido a los recursos formales del lenguaje. Dice el polemista señalando a un hombre que cruza la plaza:

-¿Quién es "eso"?. -Es Corisco, o Alejandro. -Pero, Corisco o Alejandro, ¿no son del genero masculino?. -Si. -Y "eso", no es neutro. -Es cierto. -Por tanto "eso", que es neutro, no puede ser Corisco, que es "masculino".

Estos juegos revelan el carácter contradictorio del mundo sensible, donde todo "es" y "no es". Por eso, una vez mas podemos comprender por que los eleatas, empeñados en afirmar que "solo el ser es y es uno", negaron la existencia de la verdad en el mundo sensible y calificaron de "doxa" el conocimiento que de el provenía.

La "opinión" formada a través de los datos que aporta la sensibilidad, significada por los griegos como "doxa", fue apreciada por algunas escuelas filosóficas que creyeron en la observación directa y el simple juicio antes que en el saber abstractamente elaborado. Sin embargo, con el tiempo la palabra "doxa" ha llegado a tener una implicación peyorativa dentro de la filosofía; se le llama así a la opinión que puede tener cualquier simple persona y que, por tanto, carece del prestigio especifico de la iniciación, que el gremio filosófico reserva para sus proposiciones mas selectas.

En sus preliminares a la Critica de la razón pura Kant llamaba "doxología" a un saber basado en opiniones superficiales e inconexas, diferenciándolo así de la filosofía o verdadera ciencia, que el pretendía definir como un saber sistémico basado en conceptos claros. "Doxologos", en consecuencia, serian aquellos falsos filósofos que por el mundo van hablando de cualquier cosa y sin saber específicamente de nada.

Se dio a conocer también como gran discutidor Estilpon de Megara; polemista tan elocuente y persuasivo que se dice que, durante su vida, toda Grecia corrió el peligro de "megarizarse". En todas sus discusiones, como seguidor de Sócrates, busca hacer valer siempre lo general ante la evidencia de lo particular; el concepto razonado ante el argumento físico del "esto".

Para el, por ejemplo, existe "el hombre", no "este hombre" en especifico. Estilpon postulo que nada individual es verdadero; tesis que podemos considerar una exposición radical de lo que a grandes rasgos entendemos como "platonismo". Por ejemplo, cuando digo "yo", con ello no expreso de ningún modo mi singularidad, sino una afirmación pensada, general y signica a través del lenguaje.

Si se preguntara: ¿quién esta aquí?, todos los presentes responderíamos "yo"; es decir, "yos" o "yoses" plurales a partir de una acumulación de respuestas pretenciosas de singularidad: "yo". Un "yo" afirmado por un grupo plural muestra definitivamente que esa partícula lingüística es un elemento carente de contenido; en todo caso insuficiente para expresar lo irrepetible de una singularidad efectiva.

Tampoco puedo decir: "El hombre es bueno"; ya que el concepto "hombre" es diferente del concepto "bueno" y no se pueden asimilar sin mas entre si. No se puede afirmar un concepto a partir del otro; por lo que no hay unidad real entre sujeto y predicado. Solamente tenemos legitimidad para afirmar: "El hombre es hombre", o "Lo bueno es bueno". Incluso, a veces da como la impresión de que el empleo del propio prefijo se hace con arbitrariedad.

La escuela de Megara, en fin de cuentas, fue incapaz de precisar un contenido ético; dirimió cuestiones vinculadas con el proceso del saber, específicamente con la arista de su exposición publica. Por tal razón, si bien siguieron a Sócrates en la defensa de algunos postulados filosóficos, fueron deudores de los sofistas en cuanto a la actitud ante el saber.

No es posible percibir en su caso una huella magisterial en el ciclo helenístico de filosofar; quizás, con mucho esfuerzo, podría decirse que su pasión por la lógica y los formalismos se relaciona con algunos ejercicios de los escépticos; pero igual relación podría afirmarse de la vocación lógica de los estoicos y epicúreos. Los paralelos en el estilo de reflexionar, sin embargo, saltan a la vista.

Los megaricos fueron discutidores sutiles; la filosofía, para ellos, represento una suerte de gimnasia donde el ejercicio retórico tenia una finalidad en si mismo y, mas que la verdad, lo que les importaba era el resultado: vencer o perder. Muchos siglos después, en el Colegio de Francia, Michel Foucault defendería esta forma relajada de asumir el intelecto. Ante la tragicidad solemne de una búsqueda responsable de la verdad única, que es la sabiduría vista como "misión", aparece rediviva la verdad como juego sin finalidad.

El misionismo intelectual fue una carga propuesta por Sócrates, y que en los anos `50 y `60 rondaba en Francia en las cabezas de gentes como J.P.Sartre y el resto de sus seguidores efímeros; revolucionarios cubanos y comisarios guevaristas incluidos.

IV.
La Escuela Cirenaica, otro grupo muy interesante de seguidores de Sócrates, toma su nombre de quien es asumido como fundador, Aristipo de Cirene.

Sócrates siempre estuvo preocupado por el hombre y la filosofía moral; desvelos que resumía en su interés intelectual por el bien. Pues el giro filosófico de los cirenaicos puede simplificarse de esta manera: el bien es el placer. Y sin necesidad de mas inferencias, es posible afirmar desde ya que este también es, al menos formalmente, el principio expuesto por Epicuro en la circunstancia helenística y que de hecho constituirá una de las variables clave de la moralidad de la Civilización Occidental en la cual nos inscribimos los cubanos como cultura.

El placer es para los filósofos de Cirene una determinación suprema del hombre; este principio, propuesto por Aristipo como cimiento de la escuela, será desarrollado posteriormente por otro filosofo, conocido como Aristipo el joven.

Las noticias que de el nos han llegado corresponden mas bien a su tipo de vida que a su doctrina filosófica específicamente. Cuando decimos que Aristipo buscaba el placer, queremos significar que lo hacia como hombre culto que se ha librado de las contingencias y ataduras prescindibles de la existencia cotidiana. Esta es, como se sabe, una consideración intelectualista y bastante cuestionable del placer mismo. Aristipo buscaba, por ejemplo, el placer en la libertad, y esta en relación con la reflexión filosófica mas noble y sostenida.

Se sabe que experimento placer, en el sentido de satisfacción, en las condiciones mas disímiles. Cuentan que le dijo una vez Platón: "Solo tu puedes vestir por igual la púrpura y los andrajos". Frase a primea vista admirativa, donde el filosofo reconoce la libertad para moverse con soltura en medio de cualquier estrato de sociedad.

Vivió en la corte de Dionisio, pero con una independencia notable y cada vez creciente en tan difícil contexto; se dice que Diógenes el cínico le llamaba a Aristipo el "perro leal".

Fue, entre los socráticos, el primero que cobro por enseñar, costumbre que se dice introdujeron los sofistas. Exigía de sus discípulos 50 dracmas, precio relativamente tan alto que un hombre, que le había solicitado que enseñara a su hijo, le objeto: "Pero con tanto dinero puedo comprar un esclavo", a lo que Aristipo parece que respondió: "Hazlo, para que tengas dos".

Era tan diferente en su compostura publica que, siendo escupido por Dionisio, no se altero en lo mas mínimo y argumento serenamente sobre el incidente: "Si los pescadores se dejan mojar por unos peces, como yo no he de dejarme (escupir) para recoger esta ballena". La ballena era, por supuesto, la gratuita opulencia que disfrutaba en la corte de Dionisio.

A quienes desdeñaban la filosofía por otras ciencias los comparaba con los pretendientes de Penélope, que pudieron tener a las criadas, pero jamás se apoderaron de la reina. Lo verdadero para los cirenaicos no es por tanto "lo general", como podía percibirse en algunas propuestas de los megaricos, sino "la sensación misma"; o sea, el placer, que ellos definieron como aquel grupo de sensaciones buenas y que, por tanto, contraponían al dolor como conjunto de sensaciones malas.

Este postulado es muy importante ya que con el disfrute y la satisfacción se llenan de contenido ético especifico. Esta escuela filosófica pone a las puertas de la reflexión ética el hecho de que a la felicidad se la enfoque como un "deber" civil y hasta político, en tanto un individuo feliz aumenta las posibilidades de que sea bueno, y siéndolo, esta preferentemente dispuesto para reportar positivamente a su comunidad.

Cuando el hombre común expresa ante la maldad explicita de alguien: "A esa persona lo que le hace falta es casarse", no esta sino reconociendo que el estado de felicidad, digamos por ahora placentero, genera una disposición edificante al momento de enfocar las relaciones con el medio social circundante. El placer seria entonces, desde este punto de vista, una virtud; y es por esto que la escuela cirenaica aun permanece en la esfera de la preocupación general por la polis que puede percibirse en el ideario socrático.

Este principio de Aristipo, el placer, no es mas que otra consecuencia de la inversión que se va provocando en el espíritu griego que, aun dentro del plano de la generalidad, ya anuncia la emergencia de la individualidad; una grieta dentro de la polis.

Es el mismo Sócrates, en fin de cuentas, quien señala el camino hacia el mejor individualismo. La polis esta anunciando en su propia filosofía, como un presagio que se exhibe a través del intelecto, el advenimiento de nuevos tiempos; un renacimiento que, como la mayoría de los que acontecen alguna vez, esta acompañado de una destrucción dolorosa.

Hegel pudo valorar con acierto esta situación en un brillante párrafo que es oportuno citar: "...cuando el individuo no se halla ya encuadrado dentro de las costumbres de su pueblo, cuando ya no recibe nada sustancial de la religión, las leyes, etc. de su país, no se encuentra ante si lo que quiere, no se siente satisfecho con el presente, con lo que le rodea. Ante este conflicto, el individuo no tiene mas remedio que bucear dentro de si mismo, para buscar allí su determinación". (Lecciones de historia de la filosofía. Edic.cit. p.124).

El individuo, en fin de cuentas, no pregunta en el marco mas o menos espontáneo de su vida cotidiana ¿qué es la verdad?, ¿qué es lo justo?, ¿cuál es el sentido de lo social?; sus indagaciones espirituales, cuando rebasan el automatismo del conjunto de las tareas domesticas que rigen la existencia, suelen ser de naturaleza mas especifica y giran en torno a su propia determinación personal: ¿qué debo creer?, ¿qué puedo saber?, ¿qué debo esperar?.

Esta preguntas, como se comprenderá, recogen el arsenal inquisitivo de Kant; el mismo que sin saber repiten a cada paso los cubanos perplejos ante una existencia liminal: ¿qué va a pasar en Cuba?, ¿por qué nos ha sucedido esta desgracia?, ¿hasta donde somos responsables?.

Lo mas lógico es que no tengamos respuestas claras ante estas indagaciones trascendentales; y es natural esa orfandad, porque se trata nada mas y nada menos que de la solución a las grandes interrogantes de la vida humana; tras esas interpelaciones esta la pregunta por el destino humano, siempre misterioso.

Lo que sucede es que el cubano no ha llegado a este enigma por la vía de la serena y constante indagación filosófica o religiosa, sino por el accidente de una circunstancia política; paradójicamente ha sido esa desgracia la que ha sublimado una parte del espíritu cubano; sublimado con urgencia, claro esta, porque la ansiedad que muestra la demanda de respuestas tiene que ver con la misma provisionalidad del medio a través del cual acabamos canalizando nuestra porción metafísica: la política.

Y mas que la política yo diría "un gobierno"; al final, como suele suceder en la historia, esa suerte de maldición gobiernista quedara como el motivo de varias acciones gananciales de la cubanidad: la diáspora enriquecedora que ha hecho cosmopolita a la "guarijiridad", y la amplitud filosófica que latía, como el individualismo dentro de la polis griega, en el chisme del vecino mas elemental.

Entre los que llamamos filósofos cirenaicos se hizo celebre también Teodoro; se atrevió a negar a los dioses, por lo que fue expulsado en su momento de Atenas. Convirtió lo que era objeto de disfrute particular en una consideración general, entendiendo por esto la esencia de la conciencia. Así, postulo la alegría y el dolor como fines últimos de la existencia humana. Entendió la alegría como posesión de entendimiento, y el dolor, como falta de el. El placer, pues, consistía en gozar de la alegría de una manera intelectiva.

A la pregunta: ¿cuál entre todos los placeres me hará mas conforme conmigo mismo?, solía responder: aquel que consiste en la consonancia entre mi particular existencia, y conciencia, con mi ser esencial.

Esta coherencia entre apariencia y esencia fue resuelta por Hegel al postular que la propia apariencia, era la misma esencia en el ámbito de la existencia. La fidelidad de un filosofo a lo que postula en su obra es una modalidad intelectual de este principio defendido por Teodoro.

Según Hegel, fue Sócrates el mas grande filosofo precisamente por haber satisfecho con su vida la esencia de sus postulados. El filosofo alemán expresa el merito intelectual de Sócrates de una manera memorable: "tuvo la vida en unidad con su principio".

Y no solo la vida sino también la muerte. Se sabe que Sócrates pudo fugarse; pero hay mas, teniendo en cuenta que el ostracismo y el destierro podían ser aniquiladores para el, mas aun que la muerte, la opción por esta parece ser una suerte de mal menor. Es por eso que su resolución a morir ejemplarmente cobra mayor importancia después que algunos investigadores han puesto de relieve que, apelando a algunas cláusulas de la democracia ateniense, Sócrates pudo muy bien salvarse y permanecer en la propia Atenas.

La muerte siempre fue, para el filosofo, un tema de preocupación y, de alguna manera, el ultimo acto existencial con implicaciones en el ámbito de la propia filosofía. Igual que podemos citar la muerte de Sócrates como un evento de la mayor consecuencia según la lógica de su predica, la historia de la filosofía también recoge muertes bochornosas para algunos filósofos. Recuerdo que al amigo y profesor Alexis Jardines siempre le escandalizó la muerte de Kant; la mente mas lucida de la modernidad, el espíritu mas abarcador, termino sus días casi inerte, sin control alguno sobre su inteligencia.

En los tiempos postmodernos que nos ha tocado vivir, salvo algunos exhibicionismos autodestructivos, las muertes de los filósofos, si acaso el calificativo vale, ocurre con la mayor trivialidad y orden burocrático establecido.

Teodoro deja planteada una pregunta fundamental: ¿cual entre todos los placeres me hará mas conforme conmigo mismo? La orientación hegeliana es en este punto igualmente esclarecedora: "...la mayor armonía conmigo mismo solo puede residir en la consonancia de mi particular existencia y conciencia con mi ser esencial, sustancial." (Hegel Lecciones FCE, 1959, p.125) Este punto, como veremos en otro momento, será desarrollado ejemplarmente por Leibniz.

En el marco de la línea reflexiva de esta escuela destaco además Heguesias. Vio también la virtud en el placer, y el placer en lo general. Afirmaba que es lo mismo la vida que la muerte, dice que solo al necio le importa vivir, pero el sabio, debe ser capaz de amar por igual estar vivo que estar muerto.

El placer no esta, por tanto, en ninguna situación contingente, vinculado a las apetencias de este mundo. El deber del sabio no es buscar bienes sino transcurrir, dejarse durar sin dolor y sin reproche. Esa es la vía que ha de conducir al objetivo mayor, es decir, a la perfecta indiferencia.

Cuentan que a Heguesias le fue prohibido enseñar en Alejandría ya que muchos discípulos, ante la idea del fastidio de la vida y la búsqueda de indiferencia, se suicidaban rendidos por su elocuencia.

Su suele considerar además como cirenaico a Aniceris, cuya posición no aporta nada especial salvo el elemento de la gradualidad.

La felicidad no era entendida en este caso como algo radical o como un estado definitivo. Es posible ser feliz con poco placer si se conservan todos lo deberes trascendentes al individuo como el respeto a los padres, el amor a la ciudad, la gratitud ante las amistades.

Como se observa, el principio socrático de la virtud individual y la idea cirenaica del placer, van desapareciendo en el nuevo elemento del deber. Este saber considerado frecuentemente como filosofía, se va transformando cada vez mas en una suerte de sabiduría popular. Esta derivación filosofica constituye un prototipo de la conocida disquisición moral que mas tarde será trabajada por los filósofos helenísticos.

V.
La tercera escuela socrática de interés es la cínica. De ella no nos llego tanto una filosofía como una conducta, por eso sus representantes son conocidos mas por anécdotas de su vida que por la exposición intelectual de su pensamiento.

Los cínicos comienzan proponiendo a la libertad y la independencia absolutas como principios determinantes del hombre, quien debe ocuparse solo de si mismo. Lo mas original en este punto, y que le avala como una fuente del estoicismo, es que considera a la indiferencia como la base de esa emancipación.

Este item de su concepción del mundo es resumida por Hegel en sus Lecciones de historia de la filosofia de la siguiente manera: "...libertad e indiferencia, tanto del pensamiento como de la vida real, frente a todos los detalles externos, a todos los fines, necesidades y goces particulares..." (edic. cit. p.129)

A la hora de entender el cinismo es necesario distinguir siempre entre su comprensión y uso popular y su propuesta filosófica mas genuina. En este segundo sentido el cinismo no conduce artificialmente al placer o la expansión externa del deseo; se refiere a la comprensión de la felicidad como limitación. La satisfacción debe dirigirse a las necesidades mas estrictas, a aquellas que ha impuesto la naturaleza en calidad de imprescindibles.

Sin embargo, aunque este paso fue históricamente necesario como movimiento hacia la liberación del espíritu, esto no es "libertad" en su sentido mas genuino. La libertad no es huir de las cosas superfluas sino en saber estar "por encima" de ellas incluso disfrutándolas. Por supuesto, aquí vale también el argumento cirenaico: a lo que menos se puede llamar superfluo es a aquello que provoca placer; por muy improductivo que sea. Sobre todo si es improductivo, diría el cirenaico o epicúreo mas consecuente, ya que se trata del placer por el placer, sin finalidad alguna.

Las discusiones en torno a la riqueza material suelen encerrar grandes hipocresías. Las personas que defienden la pobreza lo hacen muchas veces por estar excluidas de la riqueza que añoran en silencio. Llegado el momento los pobres externos pudieran convertirse ellos mismos en los seres mas ostentosos. Por eso los filósofos cínicos debieron eludir la cuestión acerca de si es mejor ser rico o ser pobre; sucede que ese no debe convertirse precisamente en el punto de la discusión filosófica. Es necesario trascender ese asunto en tanto preocupación intelectual.

Lo mismo sucede con el recurrente tema del "vestir". Los cínicos despreciaron mucho la atadura que supone el vestir lujosamente; pero se enredaron en ella de la manera mas duradera: convirtiéndola en un interés de tipo espiritual.

Esforzarse por vestir pobremente, desafiando las costumbres de aquellos que a su vez se esfuerzan por vestir según cánones de elegancia es igual de limitado. El verdadero hombre libre no convierte tal asunto en objeto de su preocupación; o si lo hace, lo ubica en un lugar subordinado a un conjunto de valores de mayor alcance. Se dice que el hombre libre ha de vestir "según convenga", y basta. La conveniencia es un medidor lo suficientemente móvil como para que cada cual lo llene de contenido concreto según entienda.

En una ocasión Antistenes, un cínico famoso, expuso con alarde los agujeros de su manto delante de Sócrates para ostentar un poco de humildad y el maestro le replico: "Por el agujero de la tela veo tu vanidad". Así, entre anécdotas aleccionadoras de lo que debe ser un modo de vivir correcto, expuso la escuela cínica su filosofía. Por lo menos es de esa manera que ha llegado hasta nosotros.

Antistenes fue el primer cínico notable. Vivió en Atenas y tuvo trato amistoso con Sócrates. Se le conocía con el apodo de "El simple perro".

Lego una serie de reglas para comportarse en la vida; y al parecer cumplió cabalmente con ellas pues tenia fama de llevar una existencia muy severa y simple. Algunas de esas reglas son:

-La virtud se basta a si misma. Solo necesita para realizarse fuerza de carácter; como la de un Sócrates, por ejemplo.

-El bien es bello y el mal es feo.

-El sabio se contenta consigo mismo.

Antistenes, como cínico, creía que la libertad estaba en desprenderse de las dependencias y, para ello, el camino mas expedito consistía en reducir al mínimo las necesidades; hasta el punto de la mas elemental naturaleza. Conservarse vivo como la forma mas clara de aspirar a la virtud. Por esta razón la vestimenta cínica era muy sencilla; estaba compuesta básicamente de los siguientes elementos:

-un grueso garrote de olivo silvestre que, a juzgar por la forma tan excéntrica en que vivían, debieron usar con frecuencia.

-un manto remendado y lleno de agujeros que por la noche les servia de cama.

-un saco para mendigar y guardar víveres.

-un vaso para beber agua.

El mas celebre de los cínicos fue Diógenes de Sinope. Con el esta escuela se hace apenas un comportamiento, una manera aleccionadora de vivir. A Diógenes le decían "Perro" y se hizo celebre por algunos escándalos (un poco edulcorados por los historiadores) relacionados con su conducta.

En su indumentaria no incluía algunos de los elementos de la ya sencilla indumentaria cínica. Es fama que arrojo su vaso cuando vio a un muchacho beber agua de una fuente con sus manos. El Perro partía de un axioma muy claro: mientras menos necesidades tiene el hombre, mas cerca de los dioses se sitúa.

Se sabe que vivió algún tiempo dentro de un tonel, desnudo, y que dormía en la "stoa" de Júpiter en Atenas, diciendo que era un templo que le habían construido los atenienses en calidad de morada.

Diógenes Laercio cita un notable silogismo atribuido a Diógenes el Cínico; en verdad contiene elementos de mucha agudeza: "De los dioses son todas las cosas. Los sabios son amigos de los dioses. Las cosas de los amigos son bienes comunes. Por tanto: todas las cosas de los dioses son también cosas de los sabios." Es decir: de los sabios son las cosas todas.

Los cínicos no eran en sentido estricto hombres como esos que después se conocerán como "anacoretas". Ellos fueron producto de una época, de una cultura, y su existencia aparentemente pobre y humilde no tenia sentido fuera del ámbito donde se hacia admirar como tal. El cinismo dependía de la curiosidad y libertad de los atenienses. Ellos no podían vivir en soledad. En verdad tenían, entre todas las necesidades, aquella que mas dependencia provoca en las personas: la necesidad del reconocimiento ajeno.

Es en verdad descomunal la cantidad de energía que el hombre occidental ha dedicado a la tarea de agradar; los cínicos hasta limites extenuantes.

Esta escuela daba importancia capital a lo que exhibían como pobreza ejemplarizante; y atendían con solicitud la opinión que tal pobreza merecía.

Entre todas las anécdotas que se cuentan sobre la vida de Diógenes creo oportuno referir la siguiente. En un viaje por mar a Egina cayo prisionero de unos piratas, quienes decidieron venderlo como esclavo en un mercado de Creta. Cuando le preguntaron que sabia hacer para poder fijar su precio, respondió: "Mandar sobre hombres"; y pidió al heraldo que pregonase: "?Quien quiere comprar un amo?".

Diógenes, en efecto, sabia un poco mas que la media de sus contemporáneos, con los que debió llevar una relación de mutua incomodidad y quizás hasta de desprecio. Pero no creo que haya sido un hombre libre, al menos por la sencilla razón de que no era un amo de si mismo. Vivía en una relación de neta dependencia de la opinión ajena; sus actos valían en la medida en que repercutían en la conciencia de sus vecinos y eran motivo de comentarios.

La conducta libre no requiere solamente de gestos sino también de una claridad conceptual que permita orientarse en las situaciones nuevas. Toda moral aspira a percibirse como ética; solo así, incorporando un nivel de autoconciencia, la intuición civil se convierte en estable virtud.

Es lo que trata de enseñarle Platón al mismo Diógenes cuando discuten acerca de la "mesidad". No solo hay "mesas singulares", corpóreas, existe también el afán humano por contrastar la existencia con la proyección ideal de la misma. Esas idealizaciones constituyen la meta inalcanzable mediante la que el esfuerzo se convierte en rigor. Creo que Diógenes no entendió eso.

Cuando tiempo después la filosofía helenística se vuelve sobre la filosofía anterior, este elemento de auto verificación intelectual se presenta como un renacimiento de antiguas concepciones del mundo. El sol del mundo moral se levanta en el ámbito de la historia de las ideas; en el que hay que poner la apelación cubana a las conocidas urgencias de escapar dudando, gozando o, sencillamente, aguantando un poco mas hasta ver que pasa..

Emilio Ichikawa Morín, West Miami, Florida, EEUU.


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