Desde Dentro de Cuba.

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14 de Marzo del 2002

BALANCE DE UNA INTERVENCIÓN. (La obra social del gobierno de ocupación. 1899-1902) IV.Parte. Manuel Antonio Brito, del BPI, para Cuba Free Press.

La Habana.- Ya en el comentario anterior habíamos anticipado la idea de que resulta paradójico para los defensores de un modelo de gobierno que haga gastos extraordinarios en materia social, sin tener en cuenta el nivel de la infraestructura económica, cuestionar la obra de Wood.

Cuando era sólo gobernador militar de la plaza de Santiago de Cuba, Wood ordenó la distribución de, entre 18 mil y 25 mil raciones diarias de alimentos (llegaron a ser 50 mil ocasionalmente) durante la segunda mitad de 1898. Esta ayuda humanitaria fue decreciendo a medida que la producción agrícola de la región fue haciéndose estable.

En la ciudad de la Habana, se calcula en alrededor de los 20 mil los beneficiarios de la ayuda durante el año de 1899, aunque el regreso de muchos de los ¨reconcentrados¨ a sus lugares de origen hizo que ésta fuese cada vez menos necesaria.

En materia social, los académicos y funcionarios gubernamentales de nuestro país, gustan de destacar los logros alcanzados, durante los últimos cuarenta años, en las esferas de la educación y de la salud. Nadie, por supuesto, habla de los niveles alcanzados por nuestro pueblo durante los casi sesenta años que les precedieron (tres de ocupación y cincuenta y seis república) como si todo lo que tenemos hoy fuera obra del presente sin ningún vínculo con el pasado . Comencemos pues, nuestro análisis, por unos de los aspectos, de los que más se ha hablado en los últimos cuarenta años, en Cuba, y de cuyos inicios muy poco conocen las dos generaciones nacidas en igual período.

El estado de la educación al producirse los traspasos de poderes en 1899 y 1902.

El censo efectuado por el gobierno de ocupación a fines de 1899 arrojó que la población del país era de un 1´572 797 personas. De ellas 1´004 884 no sabían leer ni escribir lo que significaba un 68,9 % de analfabetismo.

Alrededor de medio millón (514 340) caían en la categoría de los alfabetizados (32,7%) pero sin educación superior. A este selecto grupo (los que habían podido acceder a la Universidad) sólo pertenecía un minúsculo grupo de habitantes (10 154) que no representaban ni el 2% de la población.

Por supuesto que estas cifras variaban en correspondencia con la región y del carácter urbano o rural de la población: mientras que en la ciudad de la Habana el 65,9% de los habitantes sabían leer y escribir, la cifra se reducía al 57,6% en algunas de las principales ciudades del interior como eran Santiago, Santa Clara, etc. Haciéndose menor aún (21,4%) en las zonas rurales.

Si esta situación de por sí podía constituir motivo de preocupación, se hacía realmente alarmante cuando se constataba el estado en que se encontraba la población infantil.

De una población infantil calculada, según el Censo de 1899, en unos 553 mil niños (entre 0 y 17 años) asistían alrededor de 88 mil lo que representaba entre un 6% y 7% de dicho sector.

De las 904 escuelas públicas que existían en 1895, Weyler había ordenado el cierre de toda aquella que no radicase en las ciudades donde hubiese guarnición militar; el gobierno autonómico (1898) dejó sin efecto el decreto de Weyler pero carente de fondos no pudo reabrir las puertas de la mayoría de las escuelas cerradas y quedaron funcionando unas 540.

Al entrar en funciones el Gobierno de ocupación unas de las primeras medidas en materia de educación fue enviar a Harvard, 1500 maestros de Escuelas Públicas con el objetivo de que entraran en contacto con las más novedosas técnicas pedagógicas.

La selección de aquellos hombres y mujeres que tendrían la enorme responsabilidad de educar a la generación que habría de regir los destinos de una Cuba libre, se realizó, en contra de lo que pudiera suponerse en la actualidad, siguiendo los métodos más justos y democráticos.

Según se cita en Tomo VIII de Historia de la Nación Cubana, los funcionarios norteamericanos habían orientado que se debía dar esta oportunidad a : Cualquier hombre o mujer a quien consideren con la suficiente cultura, educación y condiciones necesarias para enseñar en las escuelas públicas.

A mediados de agosto de 1900, se encontraban funcionando a todo lo largo y ancho del país unas 3300 escuelas públicas, diez veces más que las heredadas del régimen colonial y en el curso 1900-1901 la matrícula alcanzó la inusitada cifra, para aquellos años, en una población de poco más de 1 millón de habitantes, de 172 273 alumnos lo que representaba el 51% de la población infantil y un 11% de la población general.

Durante aquellos años precursores mucho se debió a Mattew Hanna (Comisionado de Escuelas Públicas) y a Alexis E. Frye (Superintendente General) nombrados por el Gobernador Militar para que asumieran la dirección y la fiscalización, respectivamente, de la política educacional.

De este último, era el manual que hasta 1901 utilizaron los maestros cubanos como guía pedagógica hasta que la Junta de Superintendentes preparó, durante el curso 1901-1902, un nuevo manual que recogía las experiencias de los pedagogos en aquellos fructíferos años.

No podría concluirse el capítulo de la educación en estos años sin hacer referencia al Plan Varona que aunque concebido con carácter transitorio rigió la política educacional en la enseñanza media y superior durante treinta años.

La Reforma Varona, como también se le conoce, fue una muestra fehaciente de la confianza que las autoridades de ocupación tenían en los intelectuales y profesionales cubanos.

Varona, con una formación positivista, y que había criticado por más de veinte años el atrasado plan de estudios aplicado por la metrópoli, resumió el objetivo de la reforma en una idea breve pero profunda:

Necesitamos recuperar el tiempo perdido; y no es haciéndolo malgastar en un estudio de mera erudición, como se pone a un pueblo al nivel de los que están transformando la tierra , y la sociedad en torno suyo...¨ ( continuará).

Reportó, Manuel Antonio Brito, del BPI, para Cuba Free Press.


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