Desde Dentro de Cuba.

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18 de Agosto del 2001

LOS PERROS DE LA MUERTE. Por Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- A todo el mundo le gusta que Cundejo hable de perros. Allí en el Bar 43 todos recuerdan aquel cuento que Cundejo hizo sobre un perro que vio muerto mientras trabajaba. Cundejo es el basurero del pueblo. Trabaja limpiando las calles.

Pero cuando Cundejo terminó de hablar ayer por la tarde, nadie se quedó con ganas de seguir oyendo cuentos de perros. Yo puedo asegurar que hubo hasta quien prefirió que Cundejo saliera del bar. La cosa no era contra Cundejo, pero sí contra lo que dijo.

Ayer Cundejo llegó al Bar 43 a la misma hora de siempre. A punto de romper la noche. Llegó y no respondió al saludo de los bebedores. El mejor momento para que Cundejo se ponga a hablar es el del saludo cuando llega al bar. Todo el mundo disfruta ese momento. Pero ayer fue distinto.

Cuando Cundejo entró fue directamente a la barra. Pidió su primer trago sin hablar con el Bizco cantinero. Eso es bien extraño. Tampoco respondió al saludo del bizco. Cuando le sirvieron el trago escupió delante de todos en el piso y se bebió el trago de un tirón.

— ¡Carajo!, ni morirnos tranquilos vamos a poder ya en este cochino país.

Ahí mismo fue cuando todo el mundo se dio cuenta que la tarde iba a ser distinta. Cuando Cundejo soltó la frase no habló nadie en todo el bar. Cundejo no habla nunca de política. Era la primera vez que lo hacía, y de entrada se estaba metiendo en habladuría de política con aquella frase.

— Los perros salen allí con pedazos de gente entre los dientes. Estoy viendo eso desde que trabajo en aquella zona. No tenía estómago para decirlo antes de esta tarde.

Hubo un silencio de muerte en el bar. También hubo gente que se quedaron con el vaso en la mano a medio camino entre la boca y el susto. Allí todo el mundo sabía que Cundejo limpiaba las calles que rodean el hospital del pueblo. Es un hospital viejo.

— Vi perros con manos de gente, con piernas, con tripas. Pasaban atravezando el patio de la escuela. Venían del crematorio del hospital.

Cuando Cundejo dijo esto fue el acabose. Los mejores bebedores del pueblo no pudieron con sus tragos. El Rubio Andrade, yo pude verlo hacer mueca con el trago en la boca. Juanelo el pescador puso el vaso en la mesa sin tomar.

Así fue que empecé a darme cuenta que la gente quería que Cundejo se callara la boca. Pero Cundejo llevaba días sin hablar sobre lo que estaba viendo y ya era imposible pararlo. Habló y le metió a todos escalofrios en el cuerpo.

Cundejo nos dijo que en el crematorio del hospital dejaban guardados los restos de las gente que morían y al parecer se olvidaban de eso. La primera vez que vio los perros salir con trozos de gente creyó que se estaba volviendo loco. El primer perro que vio llevaba una pierna. Lo seguía otro con algo que parecía ser una lengua humana.

— Los muchachos de la escuela ven eso todos los días. El crematorio está al fondo del comedor del colegio.

Cundejo pidió su segundo trago al terminar de hablar. Ya nadie quería que siguiera hablando. Y eso era bien raro. A la gente le parece que en el Bar 43 falta algo cuando se ausenta la palabra de Cundejo. Ya lo dije, cuando más disfruta la gente es cuando Cundejo hace sus cuentos sobre perros. Pero esto era bien distinto. No era un cuento, y aquí los perros estaban en menesteres bien impresionantes.

Hoy mi olfato de periodista me llevó bien cerca del lugar donde trabaja Cundejo. Lo vi allí limpiando la calle. Parecía ajeno. Siempre que está trabajando parece ajeno. En el bar es otro cuando habla, al menos a mí me parece así. Entré al patio de la escuela, pasando cerca del comedor llegué al crematorio. Un comedor y un crematorio de hospital no deben estar juntos, es algo bien contradictorio.

Al rato pude ver que un hombre salía del crematorio con un cubo en la mano. A distancia le dijo a otro que venía.

— Hoy tampoco podemos encender el horno. No hay petroleo. No sé que haremos con tanto pedazo de gente muerta, médico; el crematorio está lleno ya.

El hombre que venía le sonrió al del cubo, haciendo un gesto de indiferencia y sin hablar. Él del cubo se encogió los hombros como aceptando la indiferencia del otro.

Mi olfato de periodista hizo el resto. Con aquella frase del hombre pude darme cuenta de todo. Por falta de petroleo no trabajaba el crematorio del hospital del pueblo. Supe también que si alguien se muere en estos días, puede terminar en la boca de un perro.

Por cierto, los perros tendrán hoy otro día de banquete, a juzgar por lo que dijo el hombre del cubo ¿no?

Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press


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