Desde Dentro de Cuba.

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18 de Julio del 2001

LOS LAGOS DE MICHIGAN Por Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Vicente Munné tenía un viejo sueño. También tenía un tejal. Era un hombre versátil, un luchador nato. Además de ser el responsable de todo lo que se moviera en el tejal, por ser el dueño, también atendía las ventas, el libro de cuentas, pagaba a los trabajadores, reparaba él mismo la maquinaria del tejal y le sobraba tiempo para tomarse todas las tardes unas cervezas heladas con sus obreros al terminar la jornada. En fin, Vicente Munné era la vida y el dueño de su tejal.

Todo hombre viene al mundo con una pasión. La pasión de Vicente era la pesca. Gozaba tirando el anzuelo y luego ver al pez reflejando las escamas contra los rayos del sol, con la pupila dilatada en su última mirada al agua de dónde lo sacaban. Chente (así le decían a Vicente) hablaba a veces con sus compañeros de pesquería y les decía medio en serio y medio en broma:

— No pierdo las esperanzas de poder ir un día a pescar a los lagos de Michigan. Estoy guardando plata para eso.

La gente que pescaba con él le reían la ocurrencia, pero en el fondo sabían que sería posible. En la Cuba de aquel tiempo se podía hacer planes a largo plazo. Chente elaboraba su plan y soñaba con verlo hecho realidad. Un día le dijeron que había gente peleando para tumbar al presidente de turno. A Chente no le interesaba la política. Siguió ajeno y su candidez no le dio tiempo a darse cuenta que la desgracia le venía para arriba.

En el año cincuenta y nueva los que estaban haciendo la guerra para tumbar a Batista ganaron. Llegaron los sesenta y con la década vinieron las medidas de nuevo tipo en un país que abocaba al socialismo.

Una tarde llegaron al tejal de Vicente unos hombres vestidos de verdeolivo. Los acompañaba una mujer gorda vestida de civil. La gorda traía unas carpetas debajo del brazo. Allí mismo le dijeron a Chente que su tejal pasaba a ser propiedad del estado cubano. Aceptó sin remedio la sentencia. Unos años más tarde pasó al retiro laboral. Miraba desde el portal de su casa los atardeceres del pueblo, se entretenía viendo como el sol acariciaba por última vez los techos cargados de tejas que él y sus gente hicieron a mano desde la humildad del barro.

Hace apenas unos días estuve cerca del tejal que fue de Chente. Tuve la suerte de encontrarme con Tomás. Él había trabajado en el tejal de Vicente. Le dije que era un sitio triste. Tomás me dijo que de vez en cuando había gente que imaginaba la figura del viejo Chente junto al horno, mirando come el barro se transformaba en maravilla.

Supe por Tomás que Vicente Munné se había ido de Cuba para siempre. Vivía en Estados Unidos. Supe también que los disímiles puestos de trabajo ocupados por el versátil Chente, ahora los trabajaban diferentes personas. Había un administrador de tejal, un mecánico, un pagador, un sindicalero y hasta un secretario del partido. Entre todos se repartían el tiempo para trabajar menos. Tomás me dice entonces:

— Lo que hacía un solo hombre, ahora lo hacen seis o siete y el tejal no produce ni la mitad de lo que producía con Chente.

Pensé preguntarle a Tomás por Chente, si aún vivía, pero ya se iba y no quise interrumpirle el paso. Creo que será mejor así. Es bueno a veces no saber la verdad sobre algo. Entonces me di a la idea de imaginar al viejo Vicente con sus avíos de pesca, en medio de las aguas buscando la trucha más hermosa. Mirándole a los ojos de pupilas dilatadas el último vistazo de miedo, al ser sacada del agua por la mano del hombre, despidiéndose con estertores de muerte de los lagos de Michigan.

Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press


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