Desde Dentro de Cuba.

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06 de Julio del 2001

CARTA DESDE CUBA Por Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press.

Sandra está allá, y yo estoy aquí con mis nostalgias.

Hoy no he podido dejar de pensar en Sandra. Nunca dejo de pensarla. Te escribo a ti, porque eres el hombre amigo en la distancia, eres el cómplice lejano, el apoyo.

Hoy hace cinco años que Sandra se fue para allá. Ella no fue mi primera novia, pero es la que más quise desde adentro. Me llevo tirando de mi manga al rincón de los orgasmos infinitos y los besos largos. Bebí de su lengua hasta el cansancio; entonces me pareció tener entre mis manos una copa enorme como el bostezo de un cíclope cada vez que acariciaba su sexo.

Hoy hace cinco años de su exilio. Su aliento se fue a tierras mojadas por las ganas y los sueños frustrados. Sandra me hurtó el secreto de suprimir las noches. Yo me quedé de este lado del charco inmenso, cargando pocas cosas y muchos recuerdos, sintiéndome aplastado así de golpe, por una tonelada de tinieblas.

Sandra miraba azul y limpio; como miran las mañanas de verano. Ella tenía una pupila que detenía los relojes y volvía locos a los perros en las noches de luna. Sé que con su partida las cosas cambiaron de sitio y de costumbre. El río del pueblo se llenó de nuevos recodos y ahora da más vueltas que un hombre desesperado. Mi amor por Sandra sigue llorando desde la ventana verde que da a la espera y el horror.

Exilio es un palabra que algunos aprenden de memoria; es una herida que no cierra. Muchos aprenden a masticarla y nadie sabe digerirla. Muy a pesar de ello, siempre hay exilio y exiliados. Los que parten se van adaptando a la rutina del olvido aparente y los recuerdos.

Sandra y yo nos amábamos hasta el cansancio; teníamos en planes hacerlo hasta la muerte. Era una especia de compromiso enfermizo, habíamos jurado morirnos el mismo día y a la misma hora. Su salida inoportuna rompió nuestros pactos como una espada de fuego.

Yo he tenido que adaptarme a la fiebre de perder sus besos. Vago como un loco sin remedio por los corredores infinitos de las ganas, estrechando su ausencia contra el mismo centro de mi dolor viejo y mi desesperada urgencia.

Sin ella se me vuelven inéditos los caminos del sexo que aprendimos de memoria. Recuerdo que Sandra y yo visitábamos a los amigos de aquel tiempo y todos nos querían.

A ratos nos escapábamos a los rincones de los suspiros y los besos largos; finalmente terminábamos haciendo el amor, para después tocar el espejo del cielo con las manos empapadas de sudores.

Para Sandra era muy fácil transformarse en fuente, en miel, en lengua para lamer mis veranos inconclusos; entonces me dejaba colgando del hielo de mi infancia de hombre.

Por eso te escribo esta carta desde Cuba. Se me hace inevitable seguir viendo aquí en la isla los atardeceres indescifrables. Sufro las noches húmedas que se empeñan en seguir pareciéndose a su pelo. Aquel pelo rubio de Sandra tras la ducha de mis dedos en el baño. Sus largas hebras mojadas con la saliva de mi antojo, sus pechos tersos de adolecente en los umbrales de la entrega.

Voy a seguir rezando a Dios, para que nadie llore como yo a la novia en el exilio. Voy a morir rezando a Dios, sí, para que nadie cargue un día con el nombre lacerante de mi Sandra.

Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press


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