Desde Dentro de Cuba.

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29 de Junio del 2001

CAIDA LIBRE Rafael Contreras, Agencia Abdala, para Cuba free Press.

La habana.-Siempre se sintió intocable. Tuvo un día desgraciado en su vida. Después de ese día , todo fue fatalidad para el. Los vecinos le temían . Perdió en estatura cuando tuvo que salir a la calle sin el uniforme de la policía.

Años atrás había tomado una decisión, sería policía. En cierto modo ser policía tiene sus ventajas. En un país como Cuba las ventajas se multiplican. No hay control sobre nada y hay demasiado control sobre mucho. Cuba es el reino de la ambigüedad. Esta es la isla de los ciegos y los tuertos son reyes . Ser policía en Cuba es como andar con un parche en el ojo.

El se hizo policía. Y ladrones, loteros, proxenetas y mercaderes subterráneos de sus negocios turbios le pagaban la patente de corzo. Se hizo de una buena casa por obra y gracia de las trampas . A punto de tener un auto vino la debacle.

Marina apareció en su vida como una maldición del cielo. La conoció en el parque del pueblo. Ella venia del campo. Un día frente al espejo se vio sus maravillas de hembra bien formada y juró no tragar más tierra con olores a estiércol. Llegó a la ciudad y vio al policía de su vida .

La primera vez que él y Marina se acostaron hicieron un pacto. Ella le sacaba el jugo a los turistas, el le cuidaría la espalda y después gozarían al repartir las ganancias. Eran felices disfrutando en los pantanos de lo mal hecho. El tenia brazo para la ley, ella tenia cuerpo para alegrarle a todos las noches en la cama. Las sabanas se le pegaban al cuerpo a Marina repletas de ojos.

Una noche lo llamaron del Hospital. Llegó uniformado como siempre. Traía el paso prepotente de los que mandan . El médico le dijo que se sentara. Al poco rato un enfermero traía a Marina . Le habían hecho un chequeo. Está enferma Teniente. Usted también debe hacerse un chequeo.

Entonces, él no dejo terminar al médico. Se levantó de la silla y antes de dar la espalda y salir de la consulta dijo: A mí no me chequea nadie, médico. Si ella está enferma no es mi culpa.

Era una noche calurosa. Llegó al parque y se sentó en uno de los bancos bajo los árboles. Desde allí se veía el hospital. Aun sudaba. Se dio cuenta que las palabras del médico tenían la culpa de aquellos sudores. Encendió un cigarro y fumó despacio. Botó el cigarro casi entero. El amanecer llegó y el seguía sentado en el banco del parque .

Una semana después el jefe de la policía le informó que ya tenían a Marina en el Sanatarorio para enfermos del Sida. El jefe le dijo que tenían que licenciarlo por enfermedad. Lo único que le importó fue eso. Dejaba de ser policía. De la noche a la mañana perdía sus poderes de uniformado. Era un castigo terrible.

De la Central de la policía entró a un bar. El que está en el Edificio más alto de la ciudad. Salió a la terraza hacia la calle diminuta. Abajo, los transeúntes parecían hormigas. No se oían sus voces . Pensó que el mundo era mejor así sin oír las voces de las gentes y mirándolas empequeñecidas. Cuando vestía uniforme se sentía tan alto como ahora. La enfermedad lo había arrastrado hacia abajo, como en una caída libre hacia el pavimento.

Casi al oscurecer se dio el último trago en la barra. El bar estaba casi vació. Salió otra vez a la terraza y miró a la calle. Las primeras luces asomaban por las ventanas de las casas . Todo seguía viéndose pequeñito allí abajo. El aire le dio de golpe en la cara, en esa terraza corría siempre aire fresco, por la altura . Una terraza elevada a doce pisos sobre el pavimento es un lugar bien fresco siempre. Pensó en un salto al vació y llegó a la conclusión de que seria buena idea. No traía pañuelo, el sudor había empezado a molestarle,

Reporto, Rafael Contreras de la Agencia Abdala, para Cuba Free Press.


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