Desde Dentro de Cuba.

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03 de Junio del 2001

EL LOBO Por Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Todo se podía resolver aquel día, pero los demás se habían ido. Ronaldo le dijo:

— No te entregues, Rosendo; la milicia nunca te va a perdonar. Si te cogen, te fusilan, m’ijo.

Rosendo pensó entonces en todos los que se habían entregado y fueron fusilados. Razonó, llegó a la conclusión de que era mejor hacerle caso a Ronaldo. Fue a sentarse debajo de una Ceiba lejos del grupo.

Ronaldo se le quedó mirando. Dudaba de Rosende desde que se habían alzado juntos.

Ronaldo recordaba que a Rosendo le decían El Lobo cuando era niño. Ahora era un adulto y de lobo no tenía nada. Era realmente increíble lo que una persona cambiaba de la niñez a la adultez.

Rosendo seguía sentado debajo de la Ceiba. Tenía el fusil en una mano, y en la otra una caja de cigarros. Se puso el fusil entre las piernas y entonces encendió el cigarro. En la caja sólo quedaba un fósforo, entonces botó la caja de fósforos.

No tuvo tiempo de guardar la caja de cigarros en su bolsillo. La primera ráfaga de ametralladora metió todo el ruido en el monte.

Año 1994.

Llevaban remando dos noches. La balsa estaba haciendo agua. Eran demasiados hombres sobre la balsa. Irremediablemente se hundiría:

— De esta no escapamos, Rosendito. Lo mejor que podía pasarnos es que viniera un guardacostas y nos recogiera. No me gustaría morir ahogado.

Rosendito miró al muchacho con indiferencia. Tomó un poco de agua de la que llevaban en los pomos. Entonces sacó una caja de cigarros que guardaba en el bolsillo de su chaqueta. El muchacho que clamaba por el guardacostas le brindó los fósforos.

— Ahora lo mejor que nos puede pasar es ahogarnos. Me gustaría morir ahogado fumando. A mi padre lo mataron fumando cuando estaba alzado contra el gobierno. Si le hubieran dado tiempo hubiera matado a unos cuantos.

Botó el humo con fuerza por la boca. Lo vio levantarse en medio de la noche. Todo estaba oscuro. No había estrellas ni luna. Sobre la balsa estaban ellos y allá arriba en el cielo estaba la oscuridad:

— A mi padre le decían El Lobo. Me hubiera gustado que me dijeran El Lobo. Y me hubiera gustado también que esta noche brillara la luna allá arriba. La luna liga bien con los lobos. Pero nunca me dijeron El Lobo y no hay luna allá arriba.

El muchacho se le quedó mirando. Ellos dos eran los únicos que hablaban ahora sobre la balsa. Los acompañaban tres muchachos más. Dos se mantenían acostados boca arriba sobre el enmaderado. El otro remaba. También Rosendito remaba.

— Ya me cansé de sacar agua. Yo sólo no puedo. Estos dos están como muertos.

El muchacho habló y se quedó callado. Rosendito tocó a uno de los dos que dormían sobre la balsa y se dio cuenta que ya no despertaría más, estaba muerto.

Botó lo que le quedaba del cigarro, dio un giro brusco en la balsa y la viró.

Por la mañana llegó el guardacostas despacio. Sólo habían encontrado un cadáver. Estaba hinchado por el agua que la muerte le había metido dentro. Entonces el guardia que lo subió al guardacostas dijo:

— Está hinchado como un Lobo.

El muerto pareció sonreír, como agradeciendo más allá de la muerte que le hubieran dado el apodo que nade le dio en vida.

Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press


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