Desde Dentro de Cuba.

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27 de Mayo del 2001

UNA TARDE DE LLUVIA. Por Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Parecía que esa tarde no iba a escampar. Entonces el hombre decidió salir a la calle. Hacía más de una hora que esperaba en aquel portal. Pensó que tal vez la lluvia podía disminuir, pero no fue así.

Caminó por toda la calle bajo la lluvia. Las gotas le daban fuerte en el cuerpo. Eran como pequeñas agujitas líquidas molestándole en la piel. Llegando a la esquina fue que el hombre vio a la niña. Era una muchachita de seis años. Estaba mojada de pies a cabeza. La ropita se le pegaba al cuerpo. Cuando el hombre llegó dónde ella estaba empezó a llorar.

— ¿Dónde vives? ¿Por qué lloras?

Le hizo a la niña las dos preguntas y no esperó respuesta. La cargó y caminó un rato con ella. La muchachita se pegó al cuerpo del hombre. Había dejado de llorar. Los dos iban bajo la lluvia. Si alguien hubiera pintado la escena sería un cuadro realmente triste.

Casi en el medio de la calle una mujer desde un portal le hizo señas al hombre. Era una anciana gruesa. El hombre entró al portal de dónde la anciana le hacía señas. La mujer abrió la puerta de la casa y lo invitó a entrar con la niña.

Al rato la niña y el hombre tomaban algo tibio que la mujer les dio. Ya entraban en calor. La niña estaba por dormirse. Entonces la mujer le dijo con palabras cariñosas.

— Acuéstate en la camita del cuarto, Patricia.

La niña sonrió. Antes de ir al cuarto le dio un beso al hombre. También besó a la señora gruesa. El hombre miró a la mujer como queriendo respuestas.

— Ella vive al otro lado del barrio. Vive sola con su padre. La madre se fue a Estados Unidos y los dejó. El padre es alcohólico. Es un pobre hombre.

La anciana siguió contándole al hombre sobre la tragedia de la pequeña Patricia. El padre de la niña entraba en crisis del alcohol y rompía todo cuanto hallaba a su paso. Golpeaba las paredes y lloraba impotente. Daba gritos horribles que estremecían los cimientos de las casas. Patricia y su padre vivían en una pequeña casita de un solo cuarto. No había muebles. Sólo una cama compartida por un padre y una hija en la desgracia. Jamás Patricia supo de su madre. La sentía perdida, como arrancada por un viento fuerte que vino sin aviso.

— El padre de la niña se cansó de ir a solicitar la visa. No le dieron la oportunidad de emigrar y se dio por vencido. Su puerta de escape es el alcohol.

Y la anciana siguió contando que Patricia a veces duerme sin comer. Algunos vecinos ayudan en algo, pero no se puede siempre. Cuba es una casa llena de tragedias. Todo el mundo carece. La mujer también le dijo al hombre que Patricia tenía por costumbre salir bajo la lluvia a mojarse. Le enseñaba al hombre un vestidito seco que tenía en las manos para ponérselo a la muchachita.

— Este vestidito lo tenía puesto la otra vez. Se lo lavé. Cuando el padre vino a buscarla le dije que me lo dejara para lavarlo.

Y la anciana explicó más. Contó como el padre de Patricia venía a recogerla cuando terminaban las crisis alcohólicas. El hombre venía con toda la tristeza del mundo en el cuerpo. Se abrazaba fuerte a la niña y lloraba sin pena. Nunca le había alzado la voz a Patricia ni la había golpeado.

— Cuando llega con la bebida la niña sale de la casa. Es como un pacto entre ellos. Le hace favores a la gente y le regalan alcohol a cambio. Es un alcohol de mala muerte el que le dan.

La anciana terminó de contar y quedó en silencio por un rato. El hombre se dio cuenta que la lluvia había cesado. Ya no se escuchaba el golpeteo de las goticas en el techo de la casa. La casa de la anciana tenía techo de madera y las gotas se oían bien cuando llovía.

La anciana acompañó al hombre hasta la puerta. Le aseguró que si el padre de Patricia no iba a recoger la niña, ella misma la llevaría a su casa después de darle algo de comida. Entonces el hombre se fue más confiado.

La calle aún enseñaba lo que había caído de lluvia. Quedaba un pedazo de tarde. La tarde parecía una joven con el pelo mojado. Había salido un pedacito de sol y todo empezaba a alegrarse.

Casi llegando a la esquina y por la misma acera que caminaba el hombre que encontró a Patricia, venía un señor de cara triste. Vestía ropas gastadas y los zapatos estaban de botarse. Pasó cerca del hombre y no pudo resistirle la mirada. Bajó la cabeza apenado y siguió su camino. El hombre se detuvo para mirarlo de espalda. Hasta de espalda se le veía el llanto al señor de ropas gastadas. Pensó que aquél podía ser el padre de Patricia, pero no podía asegurarlo. Desde allí no se veía ya la casa de la anciana gorda. Tampoco se vería si el señor entraba o no a recoger a la niña.

Un rato después el hombre había caminado bastante. Las ropas se le habían secado. Le agradeció al sol por eso. Pensó entonces en la niña Patricia, en su padre; pensó también en la vieja de corazón noble y confió en que ellos también tenían que agradecerle algo al sol de vez en cuando, era la oportunidad de estar vivos por encima de todas las miserias. Y se sintió contento de poder llegar a su casa y escribir todo eso.

Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press


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