Desde Dentro de Cuba.

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24 de Abril del 2001

LA VENGANZA. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- El día que Mario decidió ser policía, dejó de ser él mismo. Por toda Cuba se hacía el llamado de necesidad por parte de las autoridades. Lo cierto es que pagaban buenos salarios a los policías nuevos. Mario se dejó tentar por el diablo y se hizo policía cubano. Su cambio fue total. Quiso ser además el policía más famoso del pueblo. Lo fue logrando poco a poco. El más famoso y el más odiado. Los mejores amigos de la infancia lo fueron esquivando. Su mejor amigo de toda la vida era Claudio. También esa amistad de los años murió de golpe por obra y gracia del destino.

Una mañana Mario supo que su amigo Claudio no pensaba igual que él. Vio como entraban a la estación de policía a Claudio. Fue a preguntar y le dijeron la causa. Claudio era opositor al sistema en Cuba. Mario y Claudio ya no se entenderían jamás.

El día que discutieron por primera vez fue delante de todos en el pueblo. Mario vio llegar a Claudio con un grupo de conocidos. Allí mismo el policía lanzó la amenaza:

—Yo sé que todos ustedes andan en lo mismo. Están conspirando contra el gobierno. Los voy a meter presos a todos de por vida.

Claudio lo miró. Se puede asegurar que lo miró con lástima, pero no le dijo nada. Recibió la amenaza hecha al grupo como un grito de impotencia por parte de Mario. Supo que ya jamás serían amigos. Cuando los del grupo pasaron por el lado de Mario el policía, éste les dijo irónicamente:

—Ahora me voy a dedicar a salvar a la hermana de Claudio. Es la mejor hembra del pueblo y no voy a dejar que la metan a disidente.

Se rio con ganas y al ver que no le hacían caso, escupió en el piso.

Pasaron unos días después de aquel encuentro de amenazas. Mario encontró a la hermana de Claudio en uno de los bares del pueblo. La muchacha estaba con un grupo de amigas y algunos extranjeros.

—Es mejor que seas jinetera y puta. Eso no es delito aquí en Cuba. Lo que no quiero es que te metas a opositora como tu hermanito. Además, como puta, me puedes complacer en algunos favores.

La hermana de Claudio no soportó la ofensa. Allí mismo le dio en plena cara a Mario el policía la bofetada más grande en la historia del pueblo. La gente en el bar quedaron congeladas en el tiempo, el camarero petrificado junto a la mesa que sirvía. Algunos bebedores dejaron estático su vaso a mitad de camino. Sólo se oyó la respuesta del policía mientras se pasaba el pañuelo por la mejilla golpeada.

—Ahora no te voy a dar chance a nada. Tú vas a saber quién es Mario el policía. Y salió como un viento malo del bar. Ella no comprendía cómo un ser humano podía cambiar tanto. La vida estaba llena de cambios bruscos. Recordó que ella tampoco era ya la misma.

Dos meses después metieron a Claudio en la cárcel. Había estado en una actividad de protesta contra el régimen cubano. Llegaron las brigadas de policías al lugar. Al frente del grupo iba Mario. Se dio el gusto más grande de su vida poniéndole las esposas a su antiguo amigo de la infancia. Otra vez Claudio lo miró con lástima. En esta ocasión sí se lo dijo.

—Tú me das lástima, Mario. No sabes lo que defiendes.

Mario lo miró y le respondió con odio en las palabras.

—Defiendo lo mío, cabrón. Lo único que me interesa es lo mío.

Cortó las palabras y empujo a Claudio hacia el camión donde iban subiendo a los detenidos. Una semana después fue el juicio: Claudio condenado a tres años por actividades contra el régimen.

El último encuentro entre la hermana de Claudio y Mario el policía fue el decisivo. Era una tarde de lluvia. La muchacha estaba a la puerta del hotel del pueblo. Es un lindo hotel. Es el hotel más visitado por los extranjeros. Ella vio llegar al hombre. Lo conocía desde lejos por el paso. Venía vestido de civil esta vez.

Se fue acercando a la muchacha y se le pegó bien al rostro para hablarle. Ella sintió su aliento de alcohol hasta en los ojos.

—Hoy no estoy trabajando, belleza. Compláceme hoy y verás cómo todo puede ser más fácil para tu hermano. Terminó de hablar y la besó en la boca sin permiso. Ella no hizo resistencia. Fue en ese mismo momento que ideó su venganza. Tomó por la mano al hombre y lo apartó del lugar. A la distancia de unos metros le habló.

—Haré lo que quieras. Pero llévame a otro lugar que no sea este.

Mario el policía se sintió el dueño del mundo. Estaba convencido de que podía lograrlo todo. Abrazó a la muchacha con absoluta prepotencia y caminó con ella hasta la casa de un amigo. El amigo le dio la llave y salió dejándolos a los dos en el lugar.

La hermana de Claudio estaba decidida. La entrega fue total y sin escusas. Mario el policía la usó por donde quiso. Le enseñó que él era el macho. Todo fue rápido. Al rato entró a bañarse. Ella en el cuarto anotaba algo en un papel.

Media hora después Mario salía del baño. Llegó desnudo al cuarto. Se soprendió cuando se dio cuenta que la muchacha se había ido. Entonces rio con burla. Ya había logrado lo que quería.

—Ahora la tendré siempre al alcance de mi mano. Al fin y al cabo es una puta.

Y justo al alcance de la mano vio la nota escrita por la muchacha. Sonrió otra vez, quizás pensando en una escritura amorosa. Cogió el papel y empezó a leerlo despacito.

Un ligero temblor de espanto le empezó en los labios. Se estremecieron sus manos. Sintió que las piernas le fallaban. Dejó caer el papel al suelo. La hoja cayó suave, como tirada desde una estrella. En ella Mario había leído:

—Estoy enferma. Ahora lo estarás conmigo, cochino. Bienvenido al club del SIDA.

Rafael Contreras, Agencia Abdala, Cuba Free Press


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