Desde Dentro de Cuba.

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22 de Marzo del 2001

LAS PUERTAS DEL CIELO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Tuvo todo en su niñez gracias a su padre. Lisandra era la elegida del barrio. En el año ‘59 su padre bajo lleno de gloria con los rebeldes de Castro.

Con todos los privilegios terrenales vivió Lisandra. Su padre era de los elegidos en su tierra. Cuba es una isla con plebeyos y patricios. Lisandra veía a su padre como algo inconmovible desde su torre de marfil edificada por una cúpula que ahora es nueva clase en la isla. Los años noventa estremecieron paredes y cimientos de un trasnochado sistema que aún declina. El padre de Lisandra dejó la máscara. La familia supo entonces que todo era un baile de carnaval en Cuba.

Una tarde encontró a su padre llorando bajo los árboles del patio. Vivían en una casa con patio forrado de árboles enormes. Allí encontró el padre de Lisandra un buen lugar para llorar. A su lado estaba echado el perro que le había regalado un amigo del ejército. Lisandra llegó despacio. Acarició al perro y después puso una mano en el hombro de su padre.

—No vale la pena llorar, papá. Ellos te han traicionado.

Lisandra sabía que a su padre le habían quitado todos los privilegios. Lo habían perseguido hasta el cansancio y descubrieron finalmente que era amigo de un exiliado que visitó la isla. El padre de Lisandra se confió y vio la trampa. Para todo funcionario cubano había prohibición de roce con exiliados. Tildaban de traidor a quién lo hiciera.

Lisandra vio como su padre la miró a los ojos. Supo que iba a hablar. Su padre hablaba como dictando sentencias siempre.

—Ahora estoy sin trabajo. Creo que sobramos ya en este país.

Ella se dio cuenta entonces que sobraban de verdad. Sobran todos los caídos en desgracia en Cuba. La familia aceptó la vía del exilio. No sabían que algunos sueños les serían todavía prohibidos.

Casi con todo aprobado para salir, llegó la maldición terrenal. Las autoridades cubanas negaban al padre de Lisandra la salida al exilio por razones estratégicas. Alegaban que durante mucho tiempo fue funcionario del estado, y conocía cosas de extremo secreto. Era director de una empresa importante.

Una noche llena de estrellas y sin lluvia (como casi todas las noches de estrellas) Lisandra sintió en su cuarto un estremecimiento de trueno. Al rato su madre entró llorando a la habitación.

—¡Está muerto! ¡Está muerto, hija! ¡Tu padre está muerto!

En medio del cuarto estaba el hombre. Un fino hilo de sangre salía de su cabeza para terminar convertido en un charco a los pies de la cama. El padre de Lisandra se había matado por su propia mano con una pistola que guardaba como trofeo desde sus tiempos de juventud y guerra.

Cinco años después, a la entrada de un baño, Lisandra sintió un estremecimiento parecido al de la noche en que murió su padre.

—¡Levántate, puta! Creo que te pasaste en la dosis.

El hombre le golpeaba con fuerza el rostro. Lisandra sintió como pistoletazos que no la mataban. Quería morirse de una vez a las puertas del cielo. El fuerte olor dentro del baño le enseñó que estaba a la entrada del infierno. Dos horas más tarde, en la estación de policía, supo que su hombre la había dejado sola y endrogada. Así la encontró la policía.

A las dos de la tarde del día de hoy, le dieron la libertad. Está parada en medio del cuarto donde una vez se mató su padre. Se mira en el espejo y siente miedo. Busca una pistola que durmió callada mucho tiempo en una gaveta. Sonrie pensando en una frase que dijo un loco que soñaba mucho y no era el único soñador en esta tierra: la felicidad es una pistola caliente.

No encuentra la pistola. Recuerda que aquella vez se habían llevado el arma con el cuerpo de su padre.

Se sienta en la cama y se va dando que sólo tiene una puerta de salida hacia las nubes. Un ligero pinchazo en el brazo la va llevando despacio hasta el primer celaje. Sonrió recordando que esta vez había puesto el triple de la dosis. Era su viaje definitivo sin regreso. No vale la pena volver desde las puertas del cielo a los pantanos del infierno.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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