Desde Dentro de Cuba.

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20 de Marzo del 2001

LA IGUALDAD FEMENINA EN CUBA DESDE LA ALTURA DE UN CAMELLO. Por María del Carmen Carro, Cuba Free Press.

La Habana.- ¿Quién se atreve a dudar que en Cuba se respetan los principios de la igualdad femenina? Tanto hablar en estos días sobre el tema, llegó a acaparar mi atención y me pregunté: ¿será cierto que tenemos los mismos derechos? Y fue así que observé a mi alrededor y de forma especial detallé en la vida de la mujer cubana y la nueva modalidad del transporte urbano: el camello.

Sin duda, la travesía en el famoso metrobus conocido por camello hizo que me sintiera igual a los hombres, y así entre empujones y maltratos vi a las mujeres trepadas como monas en el largo omnibus. A mi lado una joven trataba de sujetarse fuertemente para no perder el equilibrio. Su pelo rubio sujeto a la nuca, aunque su peinado no era de estilado, sí me hizo recordar al moño que hacían las madres a sus pequeñas niñas para rápido enviarlas a la escuela.

Miré su bata blanca de médico a la que asomaban visos de polvo del horrible transporte. Y aunque me esforcé en identificarla, no logré hacerlo porque ya son pocos los galenos cubanos que bordan su nombre en el traje, quizás haciendo alarde de modestia comunista -“doble moral.”

El cansancio de la joven médico la hacían recostarse con ansia al endeble tubo y entonces me atrevía preguntar: “¿Está cansada, doctora?”

Ella volvió el rostro y no con mucho entusiasmo contestó: “Estuve de guardia toda la noche.” Y se me ocurrió en que quizás pensaba en su futuro como médico, sin aspiraciones a un consultorio particular, con la única alternativa de integrase a una misión para cualquier pueblo indígena de América Latina, donde la labor que desempeñará se compara por ellos mismos como la de los misioneros.

Sentí lástima de esta joven médico y pensé en lo igual que es a un tractorista, o a un cortador de caña, o quizás a un campesino que tiene que arar guiando sus bueyes. Así seguí mi camino tratando de encontrar en mi sociedad la representación de estos principios de igualdad.

¿Quién duda que somos iguales y que nadie puede quitarnos el derecho a montar a empujones el famoso camello, o estar largas horas de pie, esperando que llegue el ya familiar transportador de carga humana?

¿Quién dijo que nos hacían falta las cremas nutritivas para la piel, cuando nos bañamos todos los días del sudor que nos purifica?

¿Quién nos impone un marido regañón cuando solas podemos soportar la economía de un hogar, aunque nuestros hijos sufran las consecuencias de no poderles dedicar horas de amor?

Antes de llegar a mi destino reflexioné y llegué a la conclusión: Claro, ¡quién lo duda! Somos iguales. Acabo de abandonar un transporte igual para todos. Allí dejé enjauladas a las pobres carneras que quizás sonrían cuando cualquier día de marzo les digan felicidades en esta fiesta propia de los comunistas.

Desde el Centro de Información Sobre Democracia:

María del Carmen Carro, Cuba Free Press


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