Desde Dentro de Cuba.

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05 de Marzo del 2001

UN SALTO EN LO OSCURO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

El hombre se detuvo en el mismo borde de la azotea. La noche estaba oscura. Entonces pensó en algo que había leído en un libro. Era algo que hablaba sobre la muerte. Decía que la muerte era un salto que dábamos en medio de lo oscuro sin saber adónde caeríamos. El hombre sonrió al pensar en eso. Estaba parado en el borde mismo de una azotea elevada a doce pisos sobre el nivel de la calle. Miró por último lo que había de noche en el cielo y saltó al vacío.

Tuvo cinco segundos para pensar en todo durante la caída. Recordó sus años de cárcel. La cárcel le había costado parte de la vida. Había tenido un pequeño negocio en su propia casa. Todo le fue bien un tiempo. La desgracia llegó cuando alguien le vendió unos productos robados. Su negocio era vender alimentos preparados en la propia casa. Aquellos productos que le vendieron eran para preparar alimentos, pero eran robados al estado. Los inspectores detectaron la ilegalidad y llegaron a la casa del hombre. Todo le fue confiscado. Le quitaron lo que podían quitarle. También le confiscaron la casa. Era una hermosa casa. Tenía pasillos largos y corredores interiores con adornos y cristales de colores en las ventanas. Cuando lo llevaron a la cárcel ya era un paria en su tierra. No tenía nada material en este mundo.

Cumplió cinco años de condena en una cárcel terrible. La cárcel provincial de Pinar del Río es terrible. Ninguna cárcel es buena, pero las hay que merecen calificativos duros. Muchas cárceles en Cuba merecen que se les llamen terribles. Todo eso pensó el hombre en el aire mientras caía en su salto suicida. Recordó que al salir de la cárcel tuvo deseos de pasar cerca de la que había sido su casa. Llegó a la calle donde estaba ubicada y se cansó de buscarla. Entonces alguien le dijo que había sido demolida y le enseñaron el edificio levantado donde estaba antiguamente la casa. Era ese edificio desde el que había saltado hacia apenas unos segundos. Por esa misma razón escogió ese edificio para su salto. Era como saltar buscando su casa en lo profundo de lo perdido. Prefirió la noche para dar su salto. Era como eso que había leído en un libro sobre la muerte: saltar en lo oscuro sin saber adónde se iba a caer definitivamente.

En ese breve espacio de caída tuvo tiempo para pensar más cosas. Pensó que su vida había sido también como un salto en lo oscuro. Los lugares donde fue a caer se los escogió el destino. Pensó también que en Cuba todo era como dar un salto en lo oscuro y no saber nunca donde caer.

El hombre sintió la última caricia del aire en su cara. Segundos antes de chocar con el asfalto recordó aquel aire en su infancia. Tuvo tiempo para sonreirle al aire. Era como reirle a su niñez escapada para siempre.

Recordó a su madre, a sus hijos que emigraron a un país extraño. Pensó en su esposa muerta allá lejos. Se dio cuenta entonces que la vida ya no le alcanzaría para llorar un rato. Para eso hacía falta haber saltado desde un edificio más alto. En la ciudad ése de donde saltó era el más alto. No habían más. El hombre se dio cuenta de que iba a morir sin llanto, pero en vida había llorado suficiente. Entonces sería una buena muerte. Fue a pensar también en . . .

No tuvo tiempo para más. Sintió un terrible golpe en las piernas y supo que sus vísceras le explotaban dentro del cuerpo. La muerte lo esperó en el asfalto y no le dio permiso para seguir pensando.

Rafael Contreras, Agencia Abdala, para Cuba Free Press


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