Desde Dentro de Cuba.

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16 de Febrero del 2001

EN LA LÍNEA DE FUEGO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Un lugar de Angola, año 1979.

Llevaban dos días en las posiciones bajo el fuego de la artillería. Alfredo el morterista había discutido con el teniente jefe del pelotón. Lo enviaron a cumplir una misión en la misma línea de fuego y la cumplió. La discusión con el teniente lo llevaría a un consejo de guerra. Estaba dispuesto a enfrentar las consecuencias. Ahora lo importante era salir vivo de la encerrona donde estaban. De día y de noche el fuego de los morteros de la artillería enemiga caía sobre las tropas cubanas.

Esa misma mañana habían recibido por radio el aviso. Las tropas de salvamento heli-transportadas cubanas llegarían al lugar a sacarlos.

Sólo quedaba esperar. Alfredo miró al lado oeste hacia el otro sitio donde estaba el resto de la tropa cubana cercada. Allí estaba el gordo Palacios manejando su pieza de artillería. Le hizo una señal con la mano y Alfredo le contestó. Todo esto fue bajo el fuego. Llevaban más de una semana en las trincheras. Durante estos dos días fue que la artillería enemiga los cercó completamente. Ahora sólo quedaba esperar por los helicópteros que vendrían a sacarlos del lugar, al menos a los heridos y a los vivos.

Alfredo pensaba en Cuba y eso lo hacía olvidar por un momento el ruido de la metralla, pero siempre recordando que la muerte andaba cerca, bordeando las trincheras.

De pronto sonó una explosión que se destacó por encima de todo el ruido que habían soportado hacía dos días. Era un descomunal bombazo. Todo se llenó de humo y olor a pólvora. Alfredo se dio cuenta que los oídos le sangraban. Se tocó en todo el cuerpo y supo que no estaba herido. Entonce miró hacia la posición del gordo Palacios cuando el humo se recogió y no vio ni al gordo ni la pieza de artillería que éste manejaba.

Un rato después llegó al lugar donde el gordo tenía la pieza emplazada. Había un hueco enorme y no encontraba al gordo. Vio una parte del monte devorada por el fuego y el olor a carne quemada le indicó lo que ocurría. Se veían las botas del gordo Palacios con los pies dentro. La otra parte del cuerpo había desaparecido. Tuvo fuerzas para evitar llorando bajo el ruido de la metralla enemiga:

—¡Gordo! ¡Gordo!

No atinó a decir nada más. Allí a sus pies vio lo que quedaba del gordo Palacios, su amigo del barrio y de la escuela. Un amasijo de carne chamuscada y sangre oscura como aceite de motor de auto. Supo que era el gordo Palacios por la cadena que siempre llevó el gordo en el cuello desde niño.

Al rato escuchó el ruido de los helicópteros de salvamento. Venían por ellos, por los vivos.

Cuando los helicópteros despegaron con lo que quedaba de la tropa cubana, Alfredo vio desde la altura el lugar donde había caído el gordo Palacios. Aún el montecito ardía por el fuego y allí dentro se quemaba lo que quedaba de los veintidos años del gordo. Alfredo tenía en ese entonces la misma edad. Con veintidos años había visto lo que era capaz la guerra cuando se estaba en la línea de fuego.

Cuba, año 2001.

Se dejó caer desde lo alto del camión. La mañana estaba fría y sintió un agudo dolor en la planta de los pies. Los tenía dormidos. Había hecho un viaje largo en aquel camión lleno de gente. Ahora quedaba sólo en medio de la carretera.

Llevaba su mochila a la espalda. Era la mochila que lo acompañó cuando la guerra en Angola. La tenía llena de recuerdos y olores pasados. También la llevaba llena de mercancía que iba a vender en la capital.

“Otra vez en la línea de fuego.”

Se dijo eso mentalmente. En la mochila llevaba productos del mar que ahora están vetados para los cubanos. Cuba es una isla rodeada de agua salada y lo cubanos tienen prohibido adquirir productos del mar. Es delito pescar langostas, peces, en fin lo prohibido se cotiza más y mejor. Alfredo lleva más de cinco años desempleado y se defiende en el mercado negro con la venta de esos productos prohibidos. Perdió su puesto de trabajo por un despido masivo que hubo en los años noventa cuando la crísis cubana tras el derrumbe del régimen soviético.

La línea de fuego es esa ahora, lograr vender para alimentar a su anciana madre que se muere enferma y sin remedio en una cama. Todo esto va pensando Alfredo el morterista mientras camina por la carretera solitaria que lo lleva a la capital.

Una hora después decide sentarse al borde de la carretera para descansar un rato. Ha caminado bastante. Busca un lugar limpio en la yerba que bordea la autopista y cuando va a sentarse oye el ruido de un auto.

El instinto de vendedor clandestino le da la señal. Divisa el vehículo y se da cuenta que es un carro de la policía. Sin tiempo para más se saca la mochila de la espalda y se deja caer por la orilla de la carretera. Sin la mochila se siente más ligero. Lo importante es alejarse del lugar.

Al caer la noche va entrando el camión al pueblo de Alfredo. El camión se detiene y Alfredo se deja caer despacio hasta la carretera. Estira las piernas y ve alejarse el vehículo. Sabe que fue un día perdido. La mercancía quedó abandonada. No hay dinero de entrada a la casa, pero sonríe un rato. Después llora. No sabe qué hacer. Maldice su mala suerte y piensa entonces en el gordo Palacios, muerto hace ya veintidos años, destrozado por la metralla en una guerra alejana y ajena.

Le hubiera gustado que el gordo estuviera vivo. Tendrían entonces la oportunidad de estar juntos también en esta otra línea de fuego.

Rafael Contreras, Agencia Abdala, Pinar del Río


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