Desde Dentro de Cuba.

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02 de Febrero del 2001

BUSCANDO A SAMANTHA. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Era una niña de siete años. Se detuvo en la acera frente al hombre.

—¿Dónde queda la cárcel del cinco y medio?

Ante la insólita interrogante el hombre le preguntó a la niña el nombre. Ella dijo llamarse Samantha Sánchez Lobo. La niña le había preguntado al hombre una dirección extraña en boca de un infante. La cárcel del cinco y medio, la prisión provincial de Pinar del Río. Al hombre no le quedó más remedio que tratar de interrogar a la muchachita. Así supo que la pequeña tenía siete años y que vivía en el poblado de San Vicente en las afueras de la ciudad.

La muchachita también le dijo al hombre que había salido de su casa desde tempranito en la mañana.

—Salí por la mañanita cuando vi que mi mamá estaba muerta. Yo vivo sola con mi mamá. Mi papá está preso.

Entonces el hombre se dio cuenta que la cosa era bien en serio. Tomó de la mano a Samantha y se dirigió a la estación de policía. A principio casi no la hacían caso. Le decían que esperara y que había asuntos más importantes que tratar en la estación. Entonces el hombre que acompañaba a Samantha le dijo al policía de guardia:

—Señor, el asunto este es acerca de un muerto.

El policía saltó en la silla y llegó entonces al hombre. Lo llevaron a una oficina donde interrogaban a las gente. Allí los atendió otro policía con grados de teniente y rostro de mujer. Parecía una joven de secundaria. Al hombre le dio la impresión de que aquel policía era afeminado, pero decidió no preguntarle.

Le contó al policía como había encontrado a Samantha en la calle. Después le habló sobre lo que la niña le había contado. El policía entonces interrogó a la niña sonriendo.

—¿Por qué tú dices que tu mamá está muerta? A lo mejor duerme. Debe estarte buscando. Te llevaremos a tu casa.

—No. Mi mamá está muerta. Llévenme a la cárcel a buscar a mi papá. Mamá se puso una soga en el cuello y está en la salita de mi casa.

No hubo más preguntas por parte del policía con cara de muchacha. Avisaron al carro de guardia y salieron en busca de la dirección que dio Samantha.

Llegaron al lugar y de inmediato irrumpieron dentro de la casa. Allí mismo estaba la mujer colgando del cuello por una soga en medio de la sala.

Era una mujer joven aún. Tenía la cabeza inclinada a un lado y parecía sonreirle a la muerte. Al borde de una pequeña mesa de madera había una nota escrita a mano.

El policía leyó la nota. Miró a la mujer muerta colgando de la soga. Se guardó la nota en el bolsillo y le indicó a los otros uniformados que bajaran el cadáver. Entonces le dijo bajito al hombre que había encontrado a Samantha en la calle esa mañana.

—Era la esposa del hombre que nos mató a un policía la semana pasada. Lo van a condenar a muerte.

Una hora más tarde estaban todos en la estación de policía levantando acta. Había llegado una tía de Samantha a recogerla. La niña seguía preguntando por su padre. Un rato después en la calle la tía de Samantha le contó al hombre un pedazo de la historia.

—El padre de Samantha era un desocupado. El policía muerto lo tenía amenazado. También había estado enamorado siempre de la madre de Samantha. Una persona tiene un límite siempre para soportar. El papá se Samantha llegó a su límite y una tarde en medio de una discusión, mató al policía.

El hombre vio cómo la tía se llevaba a Samantha. La manito de la niña se perdía en la mano grande de la mujer. Entonces pensó mucho en Samantha cuando fuera una mujer con las manos grandes así como las de la tía. Quiso saber donde encontrarla. Pensó que tal vez estaría lejos de estas costas un día, o quizás colgando en medio de una sala con una nota triste escrita en un papel esperando sobre una mesa de madera antigua por unos pocos que quisieran leerla.

Samantha ese día que la encontró el hombre en la calle había caminado ocho kilómetros buscando a su padre. Es una distancia bastante larga para una niña de siete años.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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