Desde Dentro de Cuba.

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22 de Enero del 2001

EL BURRO Y EL CARNERO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Aquella tarde en la esquina del Bar 43 fue la cosa. El negro Mauricio fue el de la idea. Vio llegar a Mateo. Soltó una carcajada y le gritó:

—Coño, Mateo. A ti hay que ponerte el nombre que llevas. Tú eres un burro, compadre.

Mateo no le dijo nada y entró al bar. Un grupo de bebedores que estaban junto al negro Mauricio se rieron y a partir de ahí todo el mundo le decía al pobre Mateo “El Burro”.

Después dentro del bar el negro Mauricio explicó por qué había que decirle a Mateo “Burro”.

—Es un burro porque no supo educar a su hijo. Por eso el muchacho se le fue para el norte. No le dio buen ejemplo. Eso es cosa de burro.

Y sonó otra carcajada cuando terminó de hablar. Mateo se dio un sólo trago esa tarde y salió del bar para su casa. Siguieron pasando los días y Mateo sintió como su nombre se le caía a pedazos. Ahora era El Burro.

La mejor casa que había en el puerto era la de Mateo. Era una casita con un jardincito frente al portal. Al fondo tenía una terraza amplia y llena de sol todo el día. La casa se la había hecho a mano el hijo de Mateo que ahora estaba en Miami. El viejo no quiso irse a los Estados Unidos. Se sentía algo cansado para empezar de nuevo.

Un día llegaron unos hombres en un carro y le explircaron a Mateo algo sobre unas leyes de la vivienda. Le deletrearon párrafos indescifrables para él. Con los hombres venía el negro Mauricio.

—No le expliquen tanto. El tipo es un burro. Díganle por las claras que hay que confiscarle la casa porque su hijo era el dueño, y su hijo es un apátrida que abandonó el país.

Eso que dijo el negro sí lo entendió Mateo. Ahí mismo se dio cuenta que estaba en la calle. Lo cierto es que le quitaron la casa y lo pusieron a vivir en un cuarto que había a la entrada del puerto. Era un cuarto pequeño de una sola pieza. Allí estaba todo junto. Baño, sala, en fin el cuartico de Mateo tenía dimensiones de calabozo de prisión.

A Mateo le dio entonces por ir todas las mañanas a la costa. Se ponía a mirar lo lindo que entraban las gaviotas en el agua a buscar los peces. Se entretenía viendo cómo se ponía el sol en los atardeceres repetidos de cada día que moría sin remedio. No fue más nunca al bar, pero en la calle le seguían diciendo “El Burro”.

Una tarde que estaba sentado en la arena llegó el negro Mauricio.

—Oye, Burro. Si no te pones a trabajar para la Revolución, te vamos a quitar también el cuarto donde vives. Le hace falta a una gente revolucionaria y agradecida. Tú eres un burro y los burros no agradecen.

Mateo no le contestó nada. Esa tarde se dio cuenta que le tenían preparada otra trampa y sabía también que detrás de esa trampa andaba el negro Mauricio, porque el negro era de las autoridades policiales del puerto.

Mateo era uno de los mejores pescadores del puerto, pero le había llegado un retiro por enfermedad. Ahora querían que trabajara en algo. Era un asunto de caprichos.

Allí en el silencio de su cuarto estrecho se puso a pensar cómo podían venir las cosas. Fue cuando el diablo le entró en el cuerpo y decidió matar al negro Mauricio. Sacó un espléndido cuchillo que tenía en su gabeta. Era uno de los cuchillos que siempre llevaba en su barco para abrir peces grandes. Le dio algo de pena con los peces. Pensaba que no valía la pena comparar a Mauricio con los peces, pero sí valía la pena rajarlo como a un pez.

Salió a la orilla del mar una mañana y pensó que eso sería su último mañana libre. Miró largas horas al mar. Ese día las gaviotas volaban más alegres que nunca. Hasta se dio gusto de reirse sólo. El aire entraba a las uvas caletas de la orilla y hacía sonar con música los pinos. Entonces se dio cuenta de todo lo que perdería si mataba al negro. Le quitarían el mar, le quitarían las gaviotas, las uvas y la música bonita que ponía el aire en los pinos.

Cuando cayó la noche se fue temprano a la cama. Soñó que seguía siendo libre y mirando las cosas que le gustaban. Entonces por la mañana fue a ver al negro Mauricio.

—Vengo a verlo para que me dé trabajo. Puede darme un barquito chiquito si quiere.

El negro lo miró de arriba abajo. Escupió en el piso a los pies de Mateo y le dijo:

—Te voy a dar aquel bote para que saques esponjas. Lo harás tú sólo. El bote no tiene motor, Burro, así que no hay invento. A lo mejor te da por querer ir para adónde está tu hijo.

Cuando el negro terminó de decir ésto, soltó la carcajada de siempre a la cara de Mateo. El pobre hombre se mantuvo en silencio con la cabeza baja.

—¿Cuando empiezo?

—Mañana por la mañana te quiero aquí sin falta. Si no lo haces mañana mismo, te boto y pasado mañana te estamos sacando del cuatro para la calle.

Al otro día el primero que llegó a la capitanía del puerto por lo del permiso para salir fue el viejo Mateo. Una hora después estaba con su botecito de remos en el agua. La tarde cayó y fueron entrando los botes de la captura de esponja. Faltaba el viejo Mateo.

La noticia se regó como pólvora. Un día después lo dieron por ahogado en altarmar.

—Se jodió El Burro. A lo mejor se cansó de remar y decidió morirse en el agua.

—O se fue pa’l carajo— le contestó uno de los adulones al negro.

Entonces el negro respondió confiado.

—Ése no se atrevería nunca a irse a remo. Era un viejo. Además era un burro. Los burros no tienen valor.

Sonó la carcajada y fueron entrando al Bar 43 a la rutina de todas las tardes. Un mes después llegó la noticia que estremeció las cuatro esquinas del puerto.

Mateo había mandado a casi todas las casas del puerto copias de una misma carta y muchas fotos. Era una carta dedicada al negro. En las fotos se veía Mateo con su hijo. Había una mesa con mucha comida. En otra foto estaba Mateo al lado de un flamante carro, abrazado a su muchacho.

—Coño, negro. El viejo Mateo te jodió. Se fue en el bote para el norte.

Lo peor para el negro vino después. Fue cuando le leyeron por primera vez lo que decía el final de la carta. La estaba leyendo el bizco cantinero, el que despacha la bebida en el bar. Leyó bien alto para que todos los bebedores oyeran el final de aquella carta escrita por Mateo El Burro. Decía:

“Bueno, negro, allí tomando fotos con mi muchacho. Quiero que todo el pueblo en el puerto las vea, y también que lean la carta para que sepan que no te guardo rencor, esbirro de basura. Ya tú ves, tu revolución enseñó a escribir a los burros como yo, pero yo sé que tú vas a leer la carta porque tu revolución no se olvidó de enseñar a leer a los carneros.”

Y a partir de ahí por obra y gracia de una carta mandada desde Miami por Mateo El Burro, todo el mundo le cambió el nombre al negro Mauricio en el puerto, para decirle hasta el mismo día de su muerte, “El Carnero”.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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