Desde Dentro de Cuba.

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19 de Enero del 2001

FRESA Y CHOCOLATE. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- El capitán policía estaba sentado en la mesa próxima a la puerta. La heladería recién abría al público. Muchas personas esperaban el turno de entrada. Casi todas las mesas estaban ocupadas. Son mesas para cuatro personas. La única mesa que no estaba ocupada totalmente era la del capitán policía.

El oficial se había quitado la gorra de uniforme para degustar su helado. Su helado era de chocolate. Hacía rato que le habían servido. Se estaba tomando el helado despacio. Con notable prepotencia miraba a la gente dentro del salón. Se sentía cómodo. Su mesa era la única que nadie ocupaba.

El portero de la heladería salió al portal y preguntó a quién le correspondía la entrada. Entonces un muchacho delgado con apenas veinticinco años entró detrás del portero. Era él que lo tocaba entrar.

El portero le indicó ocupar la mesa donde estaba el capitán policía. Entonces el joven se negó rotundamente y salió del lugar como alma que lleva el diablo encima. El capitán sonrió y siguió tomando su helado con más confianza. Ahora la prepotencia era doble. La gente comentaba bajito y con algo de miedo.

Yo estaba de visita en ese pueblo. Había decidido entrar a la heladería porque me habían hablado de los buenos helados del lugar. No quise perder la oportunidad. Todo lo que estaba mirando me llamaba la atención. Algo raro sucedía con aquel policía que tomaba su helado de chocolate.

Un rato después el portero salió y llamó a otra persona de la cola. Entró un muchacho algo más joven que el anterior. Le indicaron ocupar la misma mesa y se sentó. El capitán lo miró con cara de pocos amigos. Allí mismo se puso de pie y le pidió el carnet de identificación al muchacho. El joven enseñó el carnet y hablaron algo. Entonces vi cómo el muchacho se levantaba y también abandonaba el salón sin pedir su helado.

Yo estaba terminando de tomar mi helado de vainilla. Lo deje sin terminar. Pagué en la caja a la salida de la heladería y salí detrás del joven que recién se había marchado. Pude alcanzarlo casi al final de la calle. Me di cuenta que estaba algo sorprendido. No nos conocíamos. Se percató en seguida que yo no era del pueblo. Es un pueblo pequeño y en un pueblo pequeño casi todo el mundo se conoce y los extraños nunca pasan inadvertidos.

Le expliqué al joven que mis intenciones eran sanas. Yo quería saber por qué aquel temor de todos ante la presencia del capitán policía. Nadie se había querido sentar en la mesa con el hombre y le dije que había visto cuando el policía le había pedido la identificación.

—Lo hizo porque pedí en su mesa helado de fresa.

El joven me dijo esto y empezó a explicarme. Me habló sobre un muchacho que era muy querido en el pueblo. Se llamaba Rodolfo. El muchacho estaba enamorado de la hija del capitán. Se hicieron novios y se querían en serio.

—Pero al Capitán Chocolate no le gustaba la relación de su hija con Rodolfo.

Me siguió contando el joven. Rodolfo era hijo de un señor que dirigía un grupo de la oposición en el pueblo. El capitán odiaba al padre de Rodolfito y extendió su odio al mismo Rodolfito. El capitán esperaba su oportunidad para el desquite y un día de fiesta en el pueblo tuvo esa oportunidad.

La noche recién había caído y el capitán encontró en el camino a su hija y a Rodolfito. Iban para la fiesta en el área de bailables del pueblo. Intentó impedir que la muchacha siguiera con el novio. Ella se negó a obedecerlo. El capitán la golpeó y Rodolfito intercedió. Todo terminó con Rodolfito en la estación de policía. Allí el capitán comenzó el acoso. Lo amenazó con enjuiciarlo y llevarlo a la cárcel. Rodolfo nunca había estado en la cárcel. Era un muchacho sano. Al parecer se puso nervioso por lo que el capitán le había dicho. Esa noche lo dejaron detenido en el calabozo. Al amanecer lo encontraron ahorcado en la celda.

La noticia corrió como pólvora por el pueblo. Todos querían a Rodolfo. A casi todos los que andaban con él los había enseñado a tomar helado de fresa. La gente en un pueblo de campo no sabe mucho sobre helados. Rodolfito había viajado a otras provincias y sabía de muchas cosas que eran nuevas para la gente del campo.

Después de la muerte de Rodolfito se le ocurrió a alguien tomar helado de fresa cada vez que el Capitán Chocolate entrara a la heladería. El pacto se generalizó en todo el pueblo.

—¿Usted no se fijó que todos allí en el salón estaban tomando helado de fresa menos el capitán?

Sonreí y le respondí afirmando.

—Tiene razón. Ahora recuerdo eso. Todos menos yo. El mío era de vainilla.

Entonces el joven me dijo sonriendo también como disculpandome.

—No, pero usted no tiene la culpa. No sabía nada del pacto. No vive aquí, así que no sienta pena por eso.

Me despedí dandole un fuerte apretón de manos y entrando para siempre en el pacto que tenían todos. Éso sí. En la próxima vez que yo visitara al pueblo y entrara a tomar helado, no pediría vainilla. Pediría helado de fresa, aunque tuviera en mi mesa la desagradable compañía del Capitán Chocolate.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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