Desde Dentro de Cuba.

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15 de Enero del 2001

LAS TENTACIONES DEL DIABLO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río. —Le dije hace tiempo que el cigarro lo iba a matar. Ahora le digo que el cigarro lo está matando, mi viejo.

—Mejor entonces, médico. Así acabo de ver a mi hijo. Es lo que más busco en esta vida.

Yo estaba en la consulta de mi amigo el médico. Cuando el viejo le dio aquella respuesta,. me estremecí. Aquel hombre sabía que estaba empezando a morirse y parecía contento por aquéllo.

El hombre salió de la consulta. Entonces mi amigo se dio cuenta que yo buscaba una respuesta ante lo insólito que había escuchado.

—Tiene cáncer y está contento porque sabe que se va a morir.

Mi amigo me dijo eso y empezó a tomar notas en un pequeño bloc que tenía sobre la mesa. Yo seguía atento con ganas de escuchar más. El médico suspiró profundo y empezó a contarme.

La historia de aquel hombre que había salido de la consulta era bien triste. Fue testigo de Jehová. En Cuba un testigo de Jehová es un maldito ante los ojos de las autoridades. Toda la familia de aquel hombre era testigo de Jehová. Cuando el hijo del hombre fue llamado al servicio militar obligatorio, ya estaba registrado como testigo de Jehová.

Entonces comenzó el acoso contra el muchacho. La prueba del diablo se la puso al muchacho un teniente. Día y noche acosaba al joven. Los trabajos más dificiles, cada guardia que se perdía, cada humillación, todo lo malo se le daba al muchacho por encargo del teniente.

La unidad militar estaba bien lejos del pueblo. Estaba en otra provincia. Si a un recluta le correspondía el pase, tenía muy poco tiempo para llegar a su casa, ver a la familia y regresar puntual a la unidad. Las impuntualidades se pagaban caro. A los reclutas no se les perdona la impuntualidades. Un recluta testigo de Jehová paga castigo doble si cae en la impuntualidad.

La prueba definitiva del diablo llegó un día sábado. Al muchacho le correspondía el pase reglamentario. El teniente estaba al frente del peletón ese día y pasaba lista. Entonces vio al muchacho listo y arreglado para salir de pase.

—¿Adónde piensas que vas tú, patiblanco? (Así le dicen despectivamente a los testigos de Jehová los adictos al sistema en Cuba.)

En el tono provocador del la pregunta por parte del teniente iba todo el odio. Ahí mismo el oficial le ordenó al muchacho salir de la fila y coger un pico y una pala. Lo llevó hasta una fosa que había a un lado de la unidad.

—Limpia esa fosa. Ni te cambies de ropa —le dijo. El joven soldado le respondió.

—Estoy vestido para salir de pase, teniente. Esta es mi ropa limpia.

—Ni se cambia de ropa. Si ensucias la ropa, es problema tuyo.

Era esa la prueba del diablo. El muchacho no tuvo paciencia para soportar la prueba.

—Yo no voy a limpiar esa fosa.

El teniente no perdió tiempo y le dio un empujón. Todos los del pelotón vieron lo sucedido. El muchacho cayó en la fosa. Salió lleno de suciedad y fango. Recogió la pala que se le había caído y sin pensarlo la descargó con fuerza en la cara del teniente. Lo demás vino después. Le aplicaron la corte militar. Agresión a un superior y desobediencia. Todo eso dio una suma total de siete años de cárcel.

El médico dejó de hablarme por un rato y encendió un cigarro. Me acordé otra vez la frase del padre del muchacho al salir de la consulta. Tuve ganas de fumar pero no lo hice. Yo quería que el médico siguiera la historia. Me vio en los ojos la intención de súplica para que continuara.

Mi amigo el médico siguió contando.

Llevaron al muchacho a una prisión militar. La segunda prueba del diablo estaba ya en camino. Una mañana un cabo de la prisión que intentó abusar con el muchacho. En uno de los pasillos de la cárcel fue la pelea.

Una hora antes el cabo le había botado al joven la bandeja con el almuerzo delante de los demás presos. No fue una pelea limpia por parte del cabo militar. El hombre tenía un machete en la mano y dio un tajo fuerte al cuello del recluta. Lo mató en el puesto.

Un día después llevaron el cadáver a la casa de la familia. Fue un velorio triste. Sólo asistieron los testigos de Jehová que conocían a la familia del muchacho. El viejo se entregó depués al vicio del cigarro.

Nunca había fumado. Primero eran tres cajas. Después más. Un día fue a la consulta de mi amigo y allí fue la primera advertencia.

—Vino a la consulta mía porque nos conocíamos. Me di cuenta que se quería morir. Dejó la religión para cumplir sin remordimientos su pecado de suicidio. No comía tampoco apenas.

El médico dejó de hablar otra vez. Yo no tuve valor para decirle que siguiera contandome. Lo demás lo había visto por mis ojos ese día en aquel viejo.

—Tiene cáncer en los dos pulmones. Será una muerte dolorosa. Lo último que habló el médico fue eso. Fue a encender otro cigarro y le dije:

—Estás fumando mucho, médico.

Sonrió y definitivamente encendió el cigarro. A lo mejor mi frase le pareció paradójica después de lo que me había contado.

Un día después me senté a escribir esta crónica y me di cuenta de la paradoja constante que rodea la vida. Estoy fumando mientras escribo y no dejo de acordarme que aquel día yo había visitado a mi amigo médico para decirle que iba para mi cuarto día sin fumar. Tampoco se me va a olvidar nunca la frase dicha por el padre del muchacho en la consulta médica aquella tarde, cuando le dijeron que iba a morir.

—Mejor entonces, médico. Así acabo de ver a mi hijo. Es lo que más busco en esta vida.

Ese era su sueño. Quién busca de ese sueño, saltó al vacío.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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