Desde Dentro de Cuba.

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12 de Enero del 2001

EL CHARCO DEL RUSO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Ahogarse no es tan lastimoso como el intento de salir. Tres veces dicen el hombre que se hunde sube a mirar los cielos. Y luego se sumerge para siempre.

Emily Dickenson

—Ninguno de ustedes sabe la verdadera historia del charco del ruso, el que está detrás de la escuela secundaria.

Los bebedores dejaron sus vasos a mitad de camino. Las palabras de Cundejo fueron como un fogonazo de flash fotográfica. Entonces Alfredo el morterista cuando la guerra de Angola, rompió el silencio.

—¿Tu te la sabes, Cundejo?

Cundejo bajó la vista al vaso que tenía enfrente. Estaba vacío. Los bebedores de la barra miraron al Bizco cantinero a modo de señal. El Bizco bajó una botella de ron del estante y salió por el lado del mostrador, listo a sentarse al lado de Cundejo. Poco a poco se fueron acercando los bebedores. Alfredo el morterista se sentó al lado del Bizco. Cundejo se dio cuenta que saltaba uno de sus más fieles anfitriones.

—¿Qué le habrá pasado al mecánico Alcibiades que no está aquí hoy?

—Está de guardia en el trabajo, Cundejo.

Alfredo el morterista dio la explicación y destapando la botella le llenó el vaso hasta el borde a Cundejo. Primero había echado un poco en el suelo, cumpliendo con los muertos.

Entonces Cundejo arrancó con su historia. Empezó diciendo que el ruso era el hombre que más ahogados había sacado de las aguas del río del pueblo. También había salvado a mucha gente. El ruso era el mejor nadador que había por toda la zona. El ruso había sacado muerto del río al nietecito del viejo Abundio. El muchachito se le había escapado a la madre y se había ido hasta el río que estaba a unos pocos metros del bohío. Cuando vinieron a darse cuenta, ya el muchachito estaba en las trampas del agua y ahogandose sin remedio. Localizaron tarde al rubio. Sólo tuvo tiempo para sacar al niño ahogado. Lo sacó delante de todos los que estaban ese día allí en el río. El muchachito tenía el vientre hinchado hasta casi reventada. Abundio le quedó agradecido para toda la vida al ruso.

El ruso le había salvado la vida en el río a dos hijos de un coronel del gobierno anterior. Los muchachos estaban ahogando. Uno intentaba salvar al otro. Llegando el ruso se habían hundido para morirse. El ruso se tiró al agua y sacó uno a uno los cuerpos. En la orilla se fajó con la muerte y le ganó la batalla. Allí todo el mundo lloró aquél día cuando los dos muchachitos respiraron, botando el último buche de agua que tenían dentro. El coronel tenía un finca y le dijo al ruso que construyera allí una casa. Cuando aquello el ruso no tenía ni donde vivir. Quería casarse, pero no tenía techo.

Hizo la casa adonde el coronel le dio permiso y se casó después. El ruso parecía el tipo más feliz del mundo. Estaba casado. Esperaba un hijo y a cada rata sacaba a un cristiano de las manos asesinas del agua. No se podía pedir más.

Parecía que todo iría bien. Pero las desgracias entran de golpe como los vientos malos, y la primera desgracia vino a golpe de viento hasta la casita del ruso.

En ese mismo instante Cundejo corta la historia. Alfredo está mirando las gotas de sudor que le corren al Bizco por la frente. Al Bizco siempre le ocurre eso en las historias de Cundejo. Falta poco para que la gente le suplique a Cundejo que siga la historia. Se dan cuenta entonces que el cuentero ha parado para beber de su vaso. Se da el trago largo de siempre y limpia con el dorso de su mano los restos de alcohol en el bigote blanco por las canas del tiempo. Empata el hilo de la historia.

La mayor desgracia de un hombre es que la mujer lo deje sólo con un hijo, y si es porque la mujer se muere, peor todavía. La mujer del ruso se murió pariendo al muchacho. A partir de ahí, el ruso se convirtió en padre y madre de su único hijo. Oiga, no había quién se separara esos dos seres. Estaban como pegados a la misma tripa. Al lado del ruso el chiquito se volvió nadador de los buenos. Imagínense. Ya lo dice el refrán. El hijo del gato caza ratón. Las cosas parecían enderezarse para el ruso definitivamente, pero es que la desgracia a veces se empecina en torcerle la vida a un hombre y no se cansa de darle aguijonazos. El aguijón de la desgracia pinchó al ruso por segunda vez.

La cosa fue cuando el rusito (así le decían al muchacho) entró en la escuela secundaria. Entonces vinieron a decirle al ruso que el muchacho tenía que ir para una escuela que habían hecho en el campo. Era en un lugar lejos del pueblo. La cosa era por allá por Sandino, casi pegado al Cabo de San Antonio. El ruso se tiró en el suelo pero lo amenazaron con que lo iban a juzgar por negarse que su hijo estudiara. Le hablaron sobre lo obligatorio de la educación, que si el socialismo, en fin el pobre hombre tuvo que aflojar y resignarse a estar separado de su hijo. Los pases eran cada quince días, pero el ruso siempre estaba en el camino visitando al muchacho en la escuela.

La casualidad quiso que en la escuela del muchacho hubiera un charco dentro de sus límites. Es un charco grande. Está justo detrás de la escuela. Aquél charco es famoso por los ahogados que tiene. Ojalá ustedes puedan ir un día a ver ese charco.

—Yo lo vi una vez. Allí cerca pasé la escuela para lo de Angola —habló Alfredo el morterista. Cundejo asiente y sigue su historia. En el mismo lado bien pegado al agua el charco tiene una mata de ceiba que es del alto de una casa de seis pisos o más. Tirarse desde los gajos finales el en copo de la mata era el reto que nadie había podido cumplir.

Una tarde un grupo de alumnos se bañaban en el charco. Con ellos estaba el hijo del ruso. No se sabe a quién se le ocurrió hablar del salto desde arriba de la mata. Se habló también de la hombría y de la cobardía. Unas cuantas muchachitas estaban con los varones del grupo, entre ellas una niña que era la locura del rusito. Alguien habló con la muchacha para que sirviera de empuje y embullara al rusito al salto que nadie había dado.

La muchacha se le acercó sonriendo y le habló bajito al oído.

—El único que pueda hacerlo eres tú. Eres el mejor. Házlo por mí.

El rusito la miró sonriendo y le contestó.

—Por ti soy capaz de matarme si me lo pides —, y acto seguido subió por la ceiba para arriba hasta llegar al mismo copo. Se veía chiquito allá arriba. Era como estar pegadito al cielo. Todos olvidaron que en cielo están los muertos. No se dieron cuenta que camino al cielo iba el rusito.

El muchacho tomó posición y unos segundos después entraba al agua con un ruido ensordecedor de espuma y muerte. No salió más. Los primeros muchachos llegaron corriendo a la escuela. Dieron el aviso. Los de la policía fueron a buscar a las autoridades al pueblo. Llegaron buzos de la policía y no pudieron tocar un fondo. Se decidió avisar al padre del muchacho. Fueron a buscarlo en un carro de la misma escuela.

Cuando el ruso llegó a la orilla del charco lo hizo como pactando un juramento de muerte. Uno de los buzos le brindó una careta submarina. El ruso no aceptó.

—Nunca he usado eso. No me hace falta. Me gusta mirar con mis ojos la cara del agua.

Le dijo al buzo y se tiró al agua buscando el fondo donde estaba muerto su hijo para siempre. Salía y volvía al fondo. Era por gusto. El charco se negaba a dar la virginidad de su fondo. La noche fue cayendo y el ruso no salía del agua. Llegó la noche y el ruso en el agua. Algunos buzos quedaron acompañando al ruso. Él no quiso que ninguno entrara al agua.

Tres días después el ruso seguía entrando y saliendo al agua del charco. Trataron de persuadirlo y fue en vano. Al cuarto día lloraba entrando al agua y hablaba con la muerte. Daba un fuerte golpe en la superficie del charco y entraba buscando fondo.

La noche del cuarto día entro por última vez al agua. Parecía un fantasma. Apenas hizo ruido cuando se sumergió en su tumbadilla. Supo que la única manera de llegar al fondo era ahogandose con su hijo.

Cundejo terminó la historia de golpe. El cuerpo le pidió otro trago de los largos y se lo dio. Se levantó para abandonar la mesa y dijo a todos:

—Lo separaron de su machacho y se lo mataron. Estando con su padre nunca le hubiera pasado nada al muchachito.

Alfredo el morterista pudo ver los ojos a Cundejo. Le pudo ver las lágrimas. Entonces recordó que el pobre viejo también había perdido a su único hijo en Angola, de la que él, por suerte, logró llegar vivo.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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