Desde Dentro de Cuba.

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08 de Enero del 2001

REGRESO A LA INOCENCIA. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

El hombre.

El grito de la tía le rompió los pensamientos.

—Levántate ya, mi hijo. Tienes la comida servida.

Oyó bien la voz de la tía pero no hizo caso. Siguió acostado en la cama mirando las tablas desgastadas del techo. Dentro de dos horas tenía que presentarse al tribunal de urgencia. De allí sería llevado a la prisión provincial. Iba a cumplir una condena de cinco años.

La palabra inocente le daba vueltas y más vueltas en la cabeza. Era una palabra inalcanzable para él. Ahora sólo podía pensar en la inocencia como etapa de la vida. Desde sus 45 años entró súbitamente por la puerta de lo quince.

Adolescencia.

—Ya es hora de la escuela. Vas a llegar tarde hoy.

Saltó de la cama y besó a su madre. La madre estaba de espaldas a él recogiendo unas piezas de ropa que estaban sobre la mesa del cuarto. Él las había dejado allí desde la noche anterior. En la adolescencia no se tiene tiempo apenas para recoger las ropas dejadas en el camino. Ya la madre le tenía preparado el desayuno. Tomando la leche recordó la infancia. Tuvo una infancia bonita. Cuando niño aún vivían los abuelos. Tenía los abuelos en su infancia y tenía Reyes Magos. La sala se llenaba de juguetes cada 6 de enero. Podía escuchar desde el cuarto a los abuelos y a su madre colocando los juguetes en la sala por las madrugadas de Días de Reyes.

La niñez.

La abuela llegaba despacito a la cama y lo despertaba con un beso tibio.

—Felicidades, mi hijo. Levántate para que veas los regalos de reyes. Son muchos regalos.

Salía del sueño y se dejaba llevar por la abuela hasta la sala. Allí la madre lo besaba también. Entonces el abuelo le daba un ligero apretón de mano. Al abuelo le gustaba saludarlo como si fuera un hombre. Él sentía un gran alivio cuando su mano se perdía en la inmensa mano del abuelo.

Con el tiempo se dio cuenta que también su mano tendría la oportunidad de ser grande como la del abuelo. Pero le gustaba más tener su mano inocente y pequeña.

Todo el día 6 lo pasaba jugando con los demás niños del pueblo. Allí estaba Alfredo. Era niño como él. Todo iba a cambiar en la adultez, pero ahora lo importante era saber ser niño, vivir con ganas la oportunidad única de la infancia.

Sentado en la acera con uno de los juguetes se dio cuenta que tenía frío. Entonces pensó en su madre.

Salió corriendo hasta su casa. La madre estaba sentada en un sillón de la sala. Se abrazó a ella y quiso entregarse a sus calores maternos. La madre lo abrazó fuerte contra su pecho. Era un calor único el que salía del pecho de su madre. Sintió que estaba dentro de su madre.

El nacimiento.

Ahora todo estaba oscuro. Lo rodeaba un líquido tibio y tenía la inocente seguridad de no ahogarse. Sintió contraerse las paredes de su encierro. En unos segundos lo fue sacando hacia afuera una fuerza maravillosa. Un resplandor enorme lo hizo cerrar los ojos y llorar asustado. Escuchó voces que no entendía. También oyó una especie de música desconocida para él. Más tarde le explicaron que habían sido risas por su nacimiento. Era un recién nacido y lloraba a todo pulmón para que el tiempo y la gente no le arrancaran un día la inocencia.

La mejor cárcel del mundo.

La voz de la tía lo trajo otra vez a la terrible realidad de sus 45 años.

—Por Dios, levántate para que llegues temprano a ese lugar. Tengo miedo que llegues tarde y sea peor para ti.

Él se fue levantando de la cama. Cerró por un momento los ojos y salieron dos lagrimas a la luz del día.

Jamás le perdonaría a la gente haberle quitado su inocencia. Jamás le perdonaría haberle quitado a su madre. Odiaría hasta el resto de sus días su estatura de ahora, por no haberle permitido a tiempo ocultarse en el vientre materno nuevamente. Supo entonces que el vientre de su madre había sido durante nueve meses la mejor cárcel del mundo, hasta que el día de su nacimiento, le arrancaron para siempre y sin permiso la inocencia.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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