Desde Dentro de Cuba.

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01 de Enero del 2001

OJOS DE PERRO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.—Hasta los ojos de un perro muerto tienen su historia. Se los digo yo.

Cundejo, el barrendero, soltó la frase en medio del bar. Los bebedores se dieron cuenta en seguida que Cundejo tenía ganas de hablar esa tarde. Entonces cada bebedor se fue acercando a la mesa donde estaba Cundejo bebiendo solo. Siempre bebe sus tragos por la tarde en la misma mesa.

Cundejo barre las calles del pueblo. Dice que ese es el oficio más lindo del mundo. Explica que el pueblo agradece que le limpien sus parques.

Todo el mundo en el pueblo conoce a Cundejo pero los que mejor lo conocen son los bebedores habituales del bar.

—¿Cómo es eso de sacar una historia desde los ojos de un perro muerto, Cundejo?

Alcibiades el mecánico le hace la pregunta a Cundejo y en seguida le indica al Bizco que traiga una botella de ron para la mesa. El Bizco coge la botella y viene hasta el grupo de gente con la botella. De paso se queda sentado con la gente para oir la historia de Cundejo. Al fin y al cabo la barra se ha quedado sola y no tiene a quien despacharle. Todo el mundo está ahora en la mesa de Cundejo.

Entonces Cundejo empieza a contar su historia. Dice que esa tarde llegaba barriendo al final de la calle donde está la fábrica de galletas, vio el bulto blanco a un lado de la acera. Siguió barriendo la calle y llegó al lugar donde estaba el bulto. Era un perro muerto. Un carro le había dado un golpe en algún lugar. Había sangre junto al cuerpo. Entonces fue cuando Cundejo le miró a los ojos al animalito muerto.

—Oiga, ahí mismo aquel animal me estaba pidiendo con los ojos que salvara su historia. No quería de ninguna manera que su historia se pudriera con él. Eso es del carajo, eso de ver un animalito muerto que pide a gritos por los ojos que no dejen morir su historia.

Diciendo esto Cundejo se calló la boca y miró fijo la copa vacía donde hasta hacía un rato estaba bebiendo el ron que despacha el Bizco. Entonces Alcibiades se dio cuenta y le llenó la copa de ron hasta el mismo borde.

Cundejo se dio un trago largo, se limpió con la mano la boca y siguió contando.

En seguida supo que aquel animalito muerto vivía en una casita de la ciudad. Era una casita que casi se estaba cayendo. Allí vivían una mujer, un hombre y la hijita pequeña de tres años. También vivía el perro que Cundejo había encontrado muerto esa tarde.

El hombre trabajaba fuera de la casa. Salía todas las mañanas acompañado por el perro. Llegaba a la parada del ómnibus que lo llevaba para el trabajo.

Cuando el ómnibus se perdía por la calle con el hombre adentro, el perro caminaba de regreso a la casa.

—Hasta en los ojos del animalito muerto se veía lo mal que vivían esa gente. Daba grima eso.

Cundejo se da otro trago largo y sigue contando. A la hora de regresar el hombre del trabajo, ya el perro estaba en la parada esperandolo. Era un perro flaco que enseñaba todo el costillar del hambre. Pero era un animal agradecido.

La última tarde que el perro acompaño al dueño de regreso a la casa fue una tarde triste. El perro vio que el hombre y la mujer hablaban mucho. La niñita se sentó cerca del perro y la cariciaba la cabeza. La mujer lloraba bajito. El perro y la niñita miraban a la mujer llorando. Vieron también cómo el hombre acariciaba a la pobre mujer consolandola.

Por la noche se sentaron el hombre, la mujer y la niñita a la mesa. Tomaron una sopa clara que tenían de comida. El perro acababa de llegar de la calle. No había encontrado nada y tenía hambre también. Cuando los dueños terminaron de comer le dieron lo del perro. Era una sopa mala pero se la comió con gusto. Después todos se acostaron. Soñaron con la miseria que cargaba cada uno. El hombre y la mujer se alegraron en sueños. Esa tarde el hombre había dicho que lo último que se perdía eran las esperanzas.

Por la mañana el hombre salió acompañado del perro hasta la parada de siempre. Subió a la guagua y el perro vino de regreso. Toda la mañana la mujer estuvo llorando. La niña y el perro se miraban largas horas en el patio. No jugaban. Por la tarde el perro fue a buscar a su dueño a la parada. No había llegado. Pasó la hora de llegar el hombre en el ómnibus. Hubo ómnibus, pero sin el hombre. Cuando la noche empezó a caer, el perro regresó a la casa. La mujer ya no estaba llorando. Se le veía algo de resignación en el rostro. Al otro día el perro volvió a la parada y fue por gusto. Una semana entera estuvo dando los viajes al mismo lugar. Lo hizo durantes meses y años. La última vez pagó por un descuido con su vida. Ya era un perro viejo y al cruzar la calle no vio venir el auto. Fue un golpe limpio. No se sabe dónde, pero sirvió para matarlo en el puesto.

—Yo pude sacar desde los ojos del perro muerto lo que pasó con el hombre, que era su dueño.

Cuando Cundejo dijo esto todo el mundo se miró. Se pudo oir el zumbido de una mosca que revoloteaba sobre la gorra sucia de Cundejo. Nadie habló. Sólo podía hablar Cundejo.

Entonces fue cuando Cundejo dijo lo del hombre. Desde lo más profundo de los ojos del animal muerto había sacado la tristeza. Todo lo que el pobre tipo había hablado con la esposa era que se iba del país. Lo harían en un barquito hecho a mano con un grupo de amigos. Después de irse y llegar, mandaría a buscar a la mujer y a la niñita. No se sabe si dijo algo sobre el perro. Tampoco se supo más del hombre desde aquella tarde que hizo esperar en vano al perro.

—Ya lo otro ustedes deben imaginarlo, no. La cosa terminó con la muerte del perro. No pude sacar nada más desde el fondo de aquellos ojos.

Cundejo se dio el último trago y se levantó en silencio. Salió del bar despacito como hace todas las tardes al final de sus historias. Todo el mundo volvió a la barra y empezó la bulla de siempre.

En la mesa donde estaba sentado Cundejo se habían quedado solamente Alcibiades el mecánico y el bizco cantinero.

—Tú oiste eso, Bizco. Tremenda historia. Muy triste. Cundejo es un tipo fuera de serie. Saca una historia desde los ojos de un perro muerto.

El Bizco asintió con la cabeza apoyando lo que acababa de decir Alcibiades. Cundejo el barrendero era un tipo único en Cuba.

No era fácil encontrar un tipo que supiera sacar una historia tan triste desde el fondo de los ojos de un perro muerto. El Bizco estaba pensando todo eso pero no le dieron chance a pensar más. En seguida una voz aguardientosa le reclamó desde la barra.

—¡Acaba de despacharnos los tragos, Bizco!

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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