Desde Dentro de Cuba.

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23 de Diciembre del 2000

JERUSALÉN AÑO ZERO Y LA REALIDAD CUBANA. La canción de Navidad. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

La noche había caído ya de golpe. Desde el oriente venían los tres sabios.

Ahora a un costado del cielo resplandecía la estrella. Por la estrella se guiaban los tres enviados. Justo debajo de la estrella era el acontecimiento que partiría en dos la historia del mundo. El antes y el después, la división milenaria de la era.

Llegaron los tres y no se sacudieron el pólvora del camino. Entraron encaminandose al pesebre. Tenía el recién nacido la blancura de paloma en la piel aún virgen. Aleteaba el Espíritu Santo dentro de la humilde estancia. La virgen madre se echó a un lado y entonces los sabios dieron el vaticinio: los padres tenían que huir con el niño. Estaba destinado ser el rey de los judíos.

Los padres cumplieron el reclamo y a Nazaret se fueron con el niño. Al palacio del rey Herodes llegó el rumor como una sombra: había nacido un niño en Belén y venía destinado a ser rey. El monarca demente ordenó la matanza y corrió sangre inocente en cada casa. Todo niño menor de un año fue degollado. Inmanuel, el enviado de Dios, seguía a salvo en Nazaret.

Supo cambiar el rostro a la madera enseñado por su padre. A la edad de 33 años se definió su vida: salía a salvar el mundo. Una paloma bajó del cielo. En el río Jordán fue nombrado Jesucristo.

Cada año mi abuela me repetía la historia. En ocasiones agregaba partes no contadas. Cerca de las doce de la noche del día 25 de diciembre junto al pesebre en miniatura y al inevitable arbolito hablaba la abuela.

La Navidad cubana era de las más hermosas. Las calles se llenaban de amigos. Todo el mundo se deseaban la buena suerte. El odio escapaba asustado.

A la vuelta de la esquina de la calle donde nací, estaba el jardín con las flores de Pascuas. Eran hermosas y rojas cada diciembre. Yo tenía el presagio de que faltaría un día. Era un presagio que me avisaba también que la Navidad me la quitarían. Mi abuela me aliviaba contandome que era imposible quitarle a un hombre el día de Navidad. Con la Navidad sea fiesta de todos los hombres. Me alegraban esas cosas que me decía la abuela y eso me hacía olvidar por un momento que también un día se iría ella sin regreso.

El primer diciembre que tuvimos sin Navidad en Cuba está fresco en la memoria como un espanto. De golpe por el decreto nos habían quitado la dicha.

La abuela no tuvo explicación para convencerme. Entonces me conformé a perder la Navidad como definitivamente perdería la abuela sin remedio.

Lo último que despedí en mi barrio fueron las flores de Pascuas en aquel jardín que era memoria de mi infancia. Una tarde vi el camión cargando escombros en la vía a casa de la esquina. El enorme vehículo estaba dentro del jardín con sus grandes ruedas de caucho. Aún no era diciembre pero las plantas se aprestaban al alumbramiento. Nadie quizás se dio cuenta pero yo sentí gritos de criaturas vegetales muriendo. Dos horas después al salir el camión el jardín quedaba como un camposanto.

Otra vez por decreto han llegado las Navidades. Estas son improvisadas. Jamás serán las mismas. Falta la abuela en los rincones. Nadie tiene acceso a un árbol de Navidad y mucho menos a un pesebre. La historia del niño rey es siempre eterna pero en Cuba alguien me la contaba como no sabrá contarla nadie. Las flores de Pascuas que me asesinaron un día son irrepetibles. Es imposible retornar a infancia cuando fuiste obligado a ser viejo antes de tiempo.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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