Desde Dentro de Cuba.

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11 de Diciembre del 2000

RECLUSOS EN REFLEXIONES. Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Alonzo está acostado boca arriba en la cama. Mira fijamente al techo de la celda y reflexiona. La hora de silencio en la prisión es la mejor hora para empezar a reflexionar los presos. En la otra cama de la litera debajo de la cama de Alonzo duerme Apolinar.

—Ya empezaste a pensar en tus días en la calle, Alonzo.

Casi todas las noches Apolinar le hace la misma pregunta. Casi todas la noches Alonzo se enoja con esa pregunta de Apolinar. A ningún preso le cae bien que le estén interrumpiendo sus reflexiones.

Desde que Alonzo llegó a la prisión le ha tocado estar con Apolinar en casi todo. Trabajan juntos en el mismo comedor de la cárcel. Juegan dominó juntos. En fin, son como dos siameses. Apolinar lleva dos años preso. Alonzo apenas lleva tres meses. Cumple una condena de diez años por matar una res. En Cuba usted mata a una persona y sale mejor que matando una res. Alonzo se está dando cuenta de eso ahora en sus reflexiones nocturnas a la hora del silencio en el penal.

En esas reflexiones él recuerda la buena vida que se daba en la calle. Tenía dinero para botar. Él nunca le cuenta a su amigo de celda cómo fue que cayó preso. Se limita a decirle a Apolinar que está preso por matar unas cuantas reses. La última fue la que más caro le salió. En esa matanza lo cogieron. Tampoco le dice a Apolinar que fue traicionado.

Ahora sigue recordando, mirando al techo de la celda. Piensa en la rubia Rosaura. Ella era la encargada de buscar a los compradores para la carne de las reses que sacrificaban. Alonzo y Rosaura se entendieron desde la primera vez que fueron presentados. Ella vive en un pueblo cercano al de Alonzo. Rosaura tiene casi 50 años pero es una de las mujeres más hermosas en aquel pueblo.

Las cosas empezaron a complicarse para Alonzo el día que llegó el jefe de la policía nuevo al pueblo de Rosaura. Ella nunca le había hablado a Alonzo sobre un hijo que tenía preso. Una tarde se cruzaron en la acera Rosaura y el nuevo jefe de la policía. Hubo un intercambio de sonrisas y algo de palabras por parte del policía celebrando a la mujer. La segunda vez que se vieron hablaron más que la primera, y en la tercera ocasión durmieron abrazados toda una noche en un cuarto de la estación de policía.

Rosaura estaba tejiendo un buen plan. El jefe de la policía sería de buena ayuda en lo del caso de su hijo preso. Sólo había un inconveniente y se llamaba Alonzo.

Una tarde ella vio en la calle al jefe de la policía. Le censuró algo sobre los días que hacía que no se veían. Entonces el hombre le explicó en parte.

—Hay unos matadores de vacas por la zona. No me dan chance para nada. Necesito coger a esa gente o me va a costar el puesto.

Con estas últimas palabras el policía puso la señal de alarma en Rosaura. Si sacaban a su amante del puesto que ocupaba todos los planes de ella caerían como castillo de naipes.

—Te voy a poner a los ladrones en la mano, mi amor.

Sólo eso le dijo Rosaura. Besó en la cara al policía y se alejó moviendo las nalgas a ritmo de provocación. Por la noche le ponía sobre el pecho desnudo al policía un papel con el nombre y las señas de Alonzo. También le indicaba hora, día y lugar de la próxima matanza. El policía leyó el papel y después le hizo el amor tres veces a Rosaura.

Dos días después detuvieron a Alonzo cometiendo el delito. El jefe de la policía arregló todo para que Rosaura no tuviera problema. Supo después que Alonzo había sido el hombre de Rosaura y a modo de venganza le contó al infeliz recluso cómo Rosaura lo había delatado.

Alonzo reflexiona ahora y recuerda todo cada noche. Tiene el tiempo de diez años para pensar hasta el cansancio sobre eso. Ahora Apolinar le interrumpa otra vez la reflexiones.

—Cuando estemos en libertad iremos a mi pueblo, Alonzo. Nos vamos a comer un puerco y todo.

Apolinar sigue hablando. Le dice el nombre de su pueblo al reflexivo Alonzo. Esto hace que Alonzo caiga en la cuenta de que el pueblo de Apolinar fue el mismo de sus desgracias. Tampoco le dice nada pero se pone a pensar que el mundo es bien chiquito. Piensa también que sería bueno darle una lección a Rosaura cuando salga de la prisión.

—Yo estoy aquí por matar a un tipo, Alonzo. Yo nunca te había hablado de eso. El tipo le dio golpes a la madre mía. Estaba con ella.

Alonzo deja de reflexionar y pone asunto a lo dicho por Apolinar.

—Lo corté en mil pedazos con el machete, amigo mío. Yo no permito que nadie me le ponga un dedo arriba a mi madre. Mi madre es la mujer más linda de mi pueblo. Un día te la voy a presentar. A lo mejor tú y mi madre se entienden. Me gustaría eso. Serías como el padre mío. Cuando me toca visita, te voy a presentar a mi amdre. Se llama Rosaura. Que no se te olvide el nombre. Mi madre se llama Rosaura.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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