Desde Dentro de Cuba.

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05 de Diciembre del 2000

LA CADENA. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press

Pinar del Río.- A las doce exactas del mediodía del domingo, entraban los uniformados con el hombre a la unidad de la policía. Lo traían esposado. Tenía los pantalones salpicados de una sangre que aún era fresca. Dos horas después lo sacan del calabozo y lo llevan a la oficina de interrogatorios. Fue un interrogatorio largo, pero quizás por ser un interrogatorio de domingo, se hizo más tenso.

Los dos policías actuantes en el interrogatorio se turnaban para salir a darse largos tragos de agua en el bebedero instalado justo al frente de la puerta de entrada a la oficina donde interrogaban al preso de los pantalones salpicados de sangre.

El policía en turno para beber entraba ahora a la oficina. Se pasaba un panuelo por el cuello sudado. Era un negro de cuello grueso. El panuelo recogía sudor y un tisne oscuro se pegaba a la tela con el sudor. Era el polvo recogido por la piel del policía negro en su cuello grueso.

Habían estado toda la mañana en un campo cercano a la ciudad. Ahí fue la matanza. El interrogatorio se llevaba a efecto con toda la solemnidad que lleva un interrogatorio policial en Cuba para este tipo de matanza. Se trata de matanza de ganado mayor (una res) para ser exacto al lector.

El negro policía de cuello grueso salió otra vez de la oficina más contrariado que las veces anteriores. Miró al hombre de la carpeta y le dijo, haciendo una mueca de preocupación con sus labios también gruesos.

—Esto se complica. Ahora hay que traer al jefe de la granja. Tendrá que ser hoy mismo.

El carpeta toma el equipo de radio y da el aviso a un carro patrullero de guardia. Al rato el negro sale en el carro patrullero dejando dentro de la oficina a su compañero interrogando al preso. El carpeta decide dormir un rato sobre el buró. El guardia de posta a la entrada de la unidad deja salir un bostezo de envidia.

Al oscurecer llega el carro patrullero. No tiene al policía negro en él. El hombre que maneja el carro informa al carpeta que el caso seguirá el lunes. Hace rato que han mandado al calabozo al preso del pantalón salpicado con la sangre que ya no es tan fresca.

El lunes en horas de la tarde el capitán jefe de la unidad decide estar presente en el interrogatorio. Esa visita del capitán va a romper la cadena.

Una de las respuestas del preso saca de balance al interrogador rubio que hace pareja de trabajo con el negro de cuello gordo y sudoroso.

—Oficial, ¿por qué no trae al jefe de granja? Él fue el que me dijo de matar a la vaca. Ahora ustedes me quieren echar el muerto porque el jefe de granja es militante del partido comunista. Yo le dije que si me dejaban sólo, hablaba.

El capitán da un salto de sorpresa en el asiento. Presiente que hay algo opaco en el asunto y da como órden determinante que traigan de dónde sea al jefe de granja.

En horas de la noche de ese lunes traen al jefe de granja. Ahora el mismo capitán que se había dado cuenta que algo opaco había en el asunto, es el que lleva la voz cantante en el interrogatorio. Están interrogando al jefe de granja, militante del partido. El capitán lo tiene acorralado. El hombre está aceptando todo, o casi todo. Entonces el jefe de granja suelta la pregunta que hará saltar al capitán por segunda vez desde su silla ese día.

—¿Dónde está el policía negro, capitán? El del cuello gordo.

El capitán le explica que el policía negro está en merecido descanso. Aprovecha para decirle al jefe de granja que si coopera y habla de una vez, se pueden ir a descansar merecidamente ellos dos también.

Y la respuesta dada esta vez por el jefe de granja, decidido definitivamente a cooperar, hace que el capitán casi toque con la cabeza el techo en su tercer salto de sorpresa para un día.

—Traiga entonces para esta oficina a su negro policía, capitán. Yo le dije que la mitad de la carne de la res matada era para él si yo escapaba de ésta. Le dije al negro que esto era una cadena, y que por el eslabón más debil, se partía.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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