Desde Dentro de Cuba.

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14 de Noviembre del 2000

MEMORIA DEL PEZ. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press

Llevaban más de tres días a la deriva. La voz del rubio se escuchó como una advertencia de alarma.

—Si no pescas algo, el Flaco se muere, Negro. Ya vomitó sangre.

El negro sacó entonces la lata con el nailon y el anzuelo. Puso en el anzuelito algo que habían guardado de carnada. Eran dos o tres pedacitos de pellejos de la carne que habían comido el primer día. A poca distancia de la balsa se veían los peces. Con un poco de suerte se cogería un buen pez. Lo picarían el filetes y le darían de comer al Flaco. Lo importante era que el Flaco no se muriera. Tendrían que comerlo crudo.

Al rato el Negro sintió un tirón fuerte en la mano donde tenía cogido el anzuelo. Había estado medio dormido a causa del sol. Despertó y vio el pez enganchado. Era un buen pez. En ese mismo instante sintió como un fogonazo en la memoria, una especie de “flash”.

La primera vez que fue a pescar salió con su padre. Vivían en un pueblo cercano al río. En aquel tiempo se pescaba bastante en aquel río. Al Negro le gustaba salir con su padre. Hablaban de todo. Se llenaba de admiración cuando veía a su padre tirarse desde lo alto del puente al río.

Esa mañana tiraron el anzuelo temprano. El primero que tuvo un pez fue el padre. El Negro nunca había sentido la sensación tremenda de coger un pez en su anzuelo. Ese día esperaba mejor suerte. Se entretuvo mirando a su padre sacar el pez que había enganchado. Fue entonces que sintió un tirón fuerte en la mano.

—Lo tengo, viejo, lo tengo. Creo que será mi primer pez.

El padre lo oyó decir eso y salió en su ayuda. El Negro se llenó de confianza cuando sintió la mano callosa de su padre encima de la de él ayudandolo a sacar el pez, su primer pez.

Ese día fue uno de los días más recordados en su vida. Llegaron a la casa y el padre quiso que hicieran para la comida el pescado capturado por el Negro. Se sintió el héroe de la jornada.

Una semana después las cosas fueron bien distintas. Entonces llegó otro de los días más recordados de su vida. Llegaron los de la policía a la casa. El Negro estaba en la cocina con su madre. No tenía más hermanos. Sólo él, su padre y la madre. Los de la policía dijeron las cosas sin rodeos. Habían detenido al padre del Negro, pero lo peor no era eso. Estaba ahora en el hospital. Había intentado matarse en el calabozo.

Por la noche de ese mismo día estaba el Negro junto a su padre en la cama del hospital. La madre estaba preparando algo de comer en la casa. Después lo traería. El Negro le había dicho a su padre que no comiera. Esperarían la comida de la casa, comerían juntos. El padre aceptó.

—¿Qué fue lo que pasó, viejo? ¿Por qué te hiciste eso? ¿Por qué te llevaron preso, papá?

El viejo miró al techo de la habitación y empezó a contarle lo ocurrido.

Una muchacha llegó al parque a media mañana (el padre del Negro cuida el parque del pueblo. Es un parque para niños.) La muchacha se le acercó y el pudo notar que estaba ebria. Cuando fue a decirle algo a la muchacha, ella empezó a desnudarse. El padre del Negro trató de impedir que lo hiciera y la mujer se puso histérica. A los gritos, llamaron a la policía. Nadie le quiso creer. Lo acusaban por intento de violación y lo detenían. Le dieron unos cuantos golpes al entrarlo al auto.

—Lo que me dolió no fueron los golpes —le dice el padre al Negro—. La pena mayor fue ver a todo el mundo mirandome a los ojos y creyendome culpable.

—Yo confío en tí, papá. Mi madre también. La gente sabe que tu eres bueno. No habrá problema.

Y el Negro se equivocó. Un mes después fue el juicio. La muchacha negó haber estado ebria. Nadie probó que ella mentía. Había una atmósfera extraña en el juicio. El juez dictó sentencia. Seis años de privación de libertad para el padre del Negro, acusado por intento de violación en las personas y agresión. Luego se supo todo. La muchacha era hija de uno de los personajes más influyentes en la provincia. Había llegado al pueblo extraviada en sus delirios alcohólicos. Ahí nadie la conocía, pero al otro lado del la provincia, sí. Todos sabían quién era y conocían bien a su padre. El padre del Negro llevaba todas las de perder.

Una semana después volvieron los de la policía. La madre tuvo en la cocina un mal presagio unas horas antes. Se estremeció al ver los hojos de muerto de un pez traído por el Negro. Sintió lástima por el pez. No quiso prepararlo. Por la tarde fue que llegaron los policías. Esta vez el padre del Negro no había dejado cabos sueltos. Preparó su corazón para que le explotara dentro del pecho. Murió de un infarto masivo mientras participaba en labores en el penal.

A partir de ahí las cosas fueron bien distintas. La madre se negó a comer. Un día se dio cuenta el Negro que la madre no tenía memoria. Hubo que internarla. La última vez que fue a verla se despidió de ella sabiendo que no entendería nada de lo que él decía. Por la noche salió en la balsa con el Rubio y el Flaco. La habían preparado en el otro pueblo. Había una buena salida al norte en aquel pueblo y ellos decidieron tomar la salida. El Rubio le había dicho unas horas antes al Negro.

—El Flaco y yo no tenemos nada que perder. Por eso nos vamos.

—Yo tengo menos que nada. Me voy con ustedes.

Esa fue la respuesta del Negro. Ahora llevaban más de tres días en la balsa y el Flaco se les estaba muriendo. Había vomitado mucho. El Negro dio un tirón fuerte al nailon. Trajo el pez a la altura de sus manos.

El Rubio estaba de espaldas al Negro. Intentaba reanimar al Flaco. Le frotaba los labios con un trapo humedecido en agua del mar. Tampoco tenían agua para beber. El Negro le miró a los ojos al pez. Eran unos ojos tristes y asustados. Eran como la memoria del pez borrandose porque lo perdería todo. Sin pensarlo, sacó el pez del anzuelo y lo devolvió al agua. Recordó entonces a su madre sola allá en un sanatorio en la isla.

—¿No ha sacado nada, Negro?

—Nada, compadre. Voy a tirar otra vez el anzuelo.

Se limpió una lágrima que el Rubio no vio y tiró otra vez el anzuelo al agua, esta vez sin carnada. No tenían carnada ya para más peces. Miró al rato hacia el sitio donde estaba el Rubio con el Flaco. Vio que el Rubio se había botado también. Pensó entonces que los tres correrían igual suerte por estar en la misma balsa. Se morirían sin remedios.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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