Desde Homestead, Florida

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12 de octubre del 2000

"LAS PENAS Y LOS DELITOS: ¿HAY PRESOS COMUNES EN CUBA?" Por Emilio Ichikawa Morín, para el Centro Cubano.

El pensador Michel Foucault divisó en los antiguos griegos dos actitudes respecto al saber. La primera corresponde al círculo socrático, para el que la filosofía tenia sentido solo si conducía a la "verdad". Esta verdad, que era el objeto definitivo de la ciencia, radicaba en lo "general". Se trata de una actitud solemne, si se quiere demasiado "almidonada", que demuestra una vez mas el incumplimiento del mismo Sócrates con la segunda parte de aquel mensaje que le revelara el oráculo de Delfos. "Conócete a ti mismo", le había prescrito aquel que sabe las cosas que vendrán; pero también agregó: "y nada en demasía". Es cierto que desde el punto de vista gramático la frase se vuelve contra sí misma, pero su mensaje es claro; coincide con la concepción socrática de la "virtud" como "equilibrio", no como renuncia. A la verdad también hay que acercarse de manera grácil, "sencilla y naturalmente".

De este imperativo emerge el estilo lacónico de pensar, que alcanza a Pascal, La Rochefoucault, José de la Luz y Caballero, Adorno y Horkheimer, Ciarán, Julio Torri y muchos otros, hasta llegar al escritor cubano Orlando González Esteva y su "estética del garabato". La filosofía de la escritura breve la exponen Borges y Bioy Casares en su libro "BREVES Y EXTRAORDINARIOS"; pero el mas veloz de todos los "escritores" fue, definitivamente, Sócrates: no escribió nada; o nada percibimos, dada su agilidad, de lo por el escrito.

De cualquier modo ejerció seriamente el magisterio, logrando una notable veneración entre la juventud ateniense; éxito que, por cierto, le costo una condena por "corruptor" de almas. Fue excesiva la gravedad intelectual con que Platón reconstruyo los diálogos socráticos. La filosofía, que es también un gesto, un demán, tenia sentido para el solo si conducía a la verdad tremenda.

La segunda actitud ante el saber, mas relajada, la descubre Foucault en los sofistas. Sócrates trato siempre de mantener alejados a sus discípulos de Protágoras de Abdera, sofista mayor, ya que promovía un saber desprovisto de contenido. O con el, pero sin establecer un compromiso definitivo con lo que se postula. Debo decir que, en el fondo, a veces pienso que también había algo de envidia en esos desdenes de Sócrates.

Para los sofistas lo importante era el dialogo en si, no la "sustancia" ni el sentido gnoseológico del saber. Para ellos el conocimiento era básicamente una "tecne": dialéctica, retórica, etimología, lógica formal, elocuencia. Además de un oficio y hasta un negocio, pues fueron los primeros filósofos en cobrar por enseñar.

Sabiduría es también juego; es decir, una "agonística", una competición cuyo sentido es obtener una victoria dialéctica. Cuando todas las justificaciones del saber fallan, siempre queda en pie su reporte de placer, o de "gozo", que como decía Freud esta mas allá del principio del placer y, por supuesto, mas allá del principio del dolor.

En una "Teoría de los juegos" Roger Caillois advirtió que esta manera de enfocar el conocimiento presuponía la función de arbitro. Una instancia epistemológica inapelable capaz de decidir "arbitrariamente" quien es el ganador y poner fin, temporalmente, a lo que no es mas que un juego. Con esta situación tiene que ver una de las anomalías del castrismo: siendo jugador, Fidel Castro pretende también ser juez y además escribir las reglas. Reglas que, aun siendo suyas, viola incesantemente.

Los sofistas y los escolásticos fueron discutidores muy sutiles y sus diálogos alcanzan el desdello del genio y la simpatía. Me gusta compartir con los amigos algunos de estos silogismos, que los hay disponibles por decenas en el "DON QUIJOTE" de Cervantes, una de las pocas obras de la cultura hispánica que Hegel se digna en citar.

La apelación al texto sagrado sirvió de arbitraje en la escolástica temprana; pero cuando la hermeneútica y la gramática introdujeron legítimamente la interpretación en el debate en torno al cristianismo hubo que aceptar, para el bien del proceso dialógico, el monopolio de esa interpretación por parte de un tribunal eclesial. De ahí que Erigena y otros discutidores sutiles fueran vistos con mucha sospecha por las autoridades.

Siglos después, la ideología bolchevique revitalizaría estas formas medievales de administrar el conocimiento. En el caso del castrismo, con perdón de la Iglesia Católica, el Departamento Ideológico del Partido equivale a la Inquisición, los discursos políticos a la escritura sagrada, el revisionismo a la herejía, el disenso a la traición, el exilio al embrujo, la autocrítica al arrepentimiento, la "confesión" a la "confesión" y Fidel Castro, después de quedar vacante el rol de Papa, a un Dios infalible. No debemos ser ingenuos: esos tribunales ideológicos deciden de acuerdo a intereses y no necesariamente según doctrina.

El bolchevismo fue entre otras cosas una medievalización de la inteligencia. Con la diferencia de que se propuso tratar los textos marxistas, que eran laicos, como dogmas religiosos. La idelogización del marxismo encierra la paradoja de un fideísmo de la razón. El revisionismo no fue mas que el delito que un tribunal dogmático invento para castigar a los heterodoxos de una religión atea.

Lo que se espera de una persona capaz de un juicio político equilibrado es que acepte que en Cuba, como en un país cualquiera, hay presos comunes además de políticos. Pero el Comandante prefiere desfiar el sentido común y afirmar que "en Cuba no hay presos políticos". No se atrevió esta vez a llegar al escándalo postulando de forma extremosa que "en Cuba no hay presos"; ya esto es demasiado, pero que no quepan dudas de que este juicio es perfectamente posible en el estilo inescrupuloso de afrontar las cosas a que nos tiene acostumbrados Fidel Castro.

Bastaría, por ejemplo, que argumentara que en Cuba había, efectivamente, gente tras las rejas, pero que esos no eran precisamente presos porque quienes delinquen en la Cuba totalitaria pierden automáticamente la condición humana. No se les violan los "derechos humanos" porque dejan de ser hombres. Así, permaneciendo en los marcos de este razonamiento perfectamente posible en la perspectiva del Comandante, los abusos a los cubanos enrejados no serian prerrogativas del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos sino de la Sociedad Protectora de Animales.

Quien niega en Cuba el delito político, esta mintiendo, o se esta equivocando, o esta sencillamente bromeando, como los sofistas. En cualquier caso no propone un dialogo serio interesado en la "verdad" o por lo menos en el "equilibrio" de la opinión. No es aconsejable entonces que ofrezcamos contrargumentos basados en una argumentación sólida; no se le deben tirar margaritas a los cerdos. Podemos darle la espalda o aceptar sencillamente el descarado reto y subirle la parada: "No Comandante, en Cuba lo que no hay son presos comunes". Todos los presos cubanos son en ultima instancia políticos.

Esta es una interpretación valida en el sentido de aquella que hizo Foucault sobre la actitud sofista ante el saber: se trata de una competición sensacionalista, no de una búsqueda de la verdad; si se quiere alcanzar un dialogo agonístico es mejor desechar la "refutación", que nos esclaviza a la proposición ajena y hacer una propuesta de rango semejante que funcione como argumento alternativo. El recurso mas fácil es relativizar el punto de partida del adversario, pero es mas divertido tratar de hacer valida una tesis diferente de la inicial pero situada en el mismo rango de absurdo.

En un estado totalitario, panpolítico e ideologizado como el cubano, cualquier gesto tiene implicaciones políticas. Un estrechón de manos, un juego de pelota, un beso. Si un jonrón en un estadio de pelota puede ser tomado como un índice de las bondades de la revolución castrista, una carrera de menos es, en la misma lógica, una muestra del debilitamiento del socialismo. Eso explica los nervios de Alcides Sagarra, entrenador del equipo Cuba de boxeo que llegó a dar un bofetón ante las cámaras de televisión a un Pablo Romero un tanto pasivo; o la advertencia de José Ramón Fernández a Sotomayor, quien ni siquiera fue saludado por Fidel Castro: "No se puede ser a la misma vez estrella de rap y campeón olímpico". Según las reglas del castrismo, perder velocidad, bailar demasiado, trasnochar o debilitar el organismo en entregas sexuales, puede implicar una traición a la revolución; que es al unísono la patria, Fidel Castro y todo lo demás.

El lechero que "roba" el alimento para su hijo, violando la "ley" pero no la "justicia", no es un delincuente común. Esta desafiando la miseria política y económica del régimen; trata de ser un ciudadano normal. Al "conseguir" o "resolver" la leche, está por otra parte elevando su nivel de vida por encima de la miseria generalizada; lo que implica la introducción de la diferencia en una sociedad que aparenta una homogeneidad clasista.

Lo mismo sucede cuando los "topos" llegan hasta las tuberías soterradas de licor, o cuando los vigilantes (CVP) de las fabricas dejan sacar los productos a cambio de una comisión, o cuando un dirigente de la Federación Estudiantil Universitaria - FEU revende los boletos para el campismo porque necesita dinero. Todo eso, y mucho mas, es sancionado por la legislación castrista, puede llevar a la cárcel y al ostracismo social. En ese caso no estaríamos en presencia de prisioneros "comunes" sino políticos, porque en fin de cuentas el castrismo lo que ha hecho común es el delito; como régimen político no es mas que una rutinización de la delincuencia.

La pregunta es: ¿por que sancionar lo que no es mas que una práctica ordinaria, un hábito?. Cuando un cubano quiere comerse un chocolate y decide tirarse al mar en una balsa, puede dar la impresión de que ninguna idea le asiste; pero con ello demuestra ante el mundo que del "paraíso" de Fidel Castro la gente se va con cualquier pretexto, aun con el de la carencia de cacao. Los balseros forman una facción muy peculiar en el "partido político anexionista", o incluso en el "independentista": adjuntan o aíslan la única patria que el totalitarismo les ha dejado disponible: el propio cuerpo; "de la piel para dentro", como dice un filósofo español. Apenas se recuerda hoy un programa televisivo policíaco-propagandístico titulado "Sector 40" que demuestra el carácter político que el propio gobierno le da a las salidas en balsa de la isla; el heroísmo castrista de entonces se basaba en la desmantelación de planes de fuga, muchos de los cuales fueron planificados por los propios agentes encargados de reprimirlos. La invención del héroe pasa por la falsificación del delito.

En el totalitarismo todo es política. Cuando un cubano, harto ya de esa monotonía civil afirma, por miedo o prudencia, que a el "no le interesa la política" ya ha dado, tal vez sin querer, el primer paso dentro de ella. En los países libres, cuando se habla o no se habla de política, no se adjunta ninguna afectación retórica sobre el hecho, no se "intelectualiza".

En la Cuba de Fidel Castro cantar, bailar o llorar en la noche puede ser considerado un delito político porque, digamos, despierta a los trabajadores, a los estudiantes y soldados del barrio que al día siguiente deben darlo todo por la revolución. Un crimen pasional, un vulgar asesinato, también puede ser considerado un evento político; por ejemplo, porque tras el hay unos nervios incontrolados por la carencia de psicofármacos que antes se importaban de Checoslovaquia y la caída del socialismo trunco. La leche, el pan, el azúcar que los trabajadores "resuelven" en sus empleos para buscarse la vida, puede ser juzgado por un tribunal como un atentado contra la merienda del ejercito o el almuerzo del Ministerio del Interior, encargados a su vez de defender la patria socialista. Entonces, si la galleta que me llevo de la fabrica deja sin comer al soldado, no se trata de un delito común sino político. Detrás del mas elemental ratero cubano hay también una víctima de la política castrista. No hay pues delitos apolíticos bajo el totalitarismo.

Ningún absurdo es mayor que otro. Es algo que se sabe desde que los sofistas desafiaban con éxito al sabio Sócrates. No se trata tanto de un problema de contenido sino de actitud ante el pensamiento. El gran pensador Cesar Beccaria escribió un documento humanista donde procuraba un equilibrio racional entre los delitos y las penas; a un delito político debe corresponder un tratamiento del mismo tipo. Quizás mas adelante, cuando los argumentos se hagan responsables, llegue el momento de conversar en serio; por ahora es cuestión de eficacia.

Emilio Ichikawa - Homestead, Florida, oct. 2000.


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