Desde Dentro de Cuba.

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06 de Octubre del 2000

EL PUEBLO Y LAS CASAS. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Recuerdo aquella etapa de mi infancia. Siempre es bueno recordar la infancia. Uno se deja llevar por la memoria en una especie de vuelo lacio y dulce. Mi abuela me llevaba de la mano. La mano de mi abuela era como esa mano del recuerdo y la memoria. Ella me paseaba casi siempre por la zona residencial más linda de la ciudad donde nací y vivo. Mi ciudad es Pinar del Río. Pertenece a una provincia que tiene el mismo nombre y está al oeste de esta isla de Cuba. Cuba tiene sus puntos cardinales igual que otro país cualquiera. Tiene norte, sur, este y por supuesto, el oeste. Como les decía, allí está mi ciudad.

Yo tenía apenas cuatro años en aquel tiempo. Mi abuela y yo caminabamos largas horas por la zona residencial más linda de la ciudad. Ahí están las casas que hicieron los hombres más adinerados de la provincia. Son buenas casas. Jardines bien cuidados, fachadas de cristalerías impresionantes. Aquellas gente hicieron esas casas con buen gusto y además las hicieron con el dinero de ellos, sus ganancias.

—Este es el barrio de los ricos. Aquí viven los dueños de la ciudad.

Mi abuela me decía así casi siempre. Era como un intento de remedio para que yo no olvidara a quiénes pertenecían esas casas que aún están en pie y retan el tiempo. El reparto se llamaba Casanova. A partir del 1 de enero se le puso el nombre 26 de Julio.

Fue a partir del mismo 1 de enero del año ‘59 que los dueños moradores de esas hermosas casas decidieron irremediablemente abandonarlas. Comenzaban los tiempos del éxodo masivo en la isla. Tener no es signo de malvado. Pero el discurso político de la isla se iba encargando de juzgar como malditos a los que tenían. La virtud estaba en no tener. Médicos, ingenieros, arquitectos reconocidos y banqueros fueron dejando la isla de Cuba en viaje sin regreso. Hombres como esos residían en ese reparto.

Pasó el tiempo y no puedo decir que pasó un aguila por el mar, no hay aguilas en Cuba (me refiero al ave). Poco a poco los mandatarios del régimen el la provincia se fueron adueñando de las hermosas viviendas en el lujoso reparto.

Anoche fui a visitar un amigo que padece una dolencia incurable. El vive lo poco que le queda por vivir al otro lado del reparto elite del que estoy hablando. El barrio de mi amigo es marginal. Siempre lo ha sido. Nadie se ha ocupado de ese barrio nunca.

Yo sé que mi amigo va a morir inevitablemente. Está muy enfermo de cáncer. Ojalá se inventara algún remedio bien rápido y se pudiera curar ese amigo mío. Pero yo sé que eso no es tan rápido y me pongo bien triste escribiendo esto. También me lleno de tristeza cuando pienso en la casita de tablas de mi amigo al otro lado del lujoso barrio residencial donde hoy viven los que gobiernan en mi provincia. Los que mandan sacaron de esas casas a los ricos que las hicieron y los llamaron malditos. Las ocuparon y dicen ahora que todo es del pueblo. Vemos que sí. Todo es del pueblo menos las buenas casas como esas de las que hablo. Para el pueblo siempre serán las casas como la de mi amigo que se muere poco a poco. También parece una casa enferma sin remedio.

La noche en que yo volvía de regreso de la casa de mi amigo pasé por el lujoso reparto que ayer se llamaba Casanova y hoy llaman 26 de Julio. Bellos carros que manejan los funcionarios de la nomenclatura oficial resplandecían en los garajes. Elegantes esposas tomaban el fresco en enormes sillones de portales. Los autos y las esposas de los funcionarios que hoy habitan esas casas se mostraban satisfechos. Yo sentí la mano tibia de mi abuela muerta. Intentaba sacarme con fuerza materna del lugar. Ya no podía decirme que era el barrio de los ricos. A mi abuela le sería muy difícil poner un adjetivo a esos señores de hoy. Un adjetivo duro y atacante como usurpadores. Quizás sería bueno otro como arribistas. En fin mi abuela era casi analfabeta. Yo creo que sería bien difícil para ella buscar el adjetivo adecuado a los que hoy mandan en mi provincia.

Llegué a mis casa cargado aun de penas por la incurable situación de mi mejor amigo. Llegué con mucha pena por mi abuelita muerta. Sentí pena por las hermosas casas huérfanas de verdaderos dueños. Entonces quise escribir esta crónica. Pensé que sería bueno hacerla. Evitaría de ese modo que los que me conocen digan por ahí que el periodista está en el pueblo y no ve las casas.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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