Desde Dentro de Cuba.

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29 de Septiembre del 2000

EL GALLO DE ORO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- El jerezano saltó, picó y volvió a esconderse debajo del ala del contrario. La valla se vino abajo en un bullerío tremendo. Algunos estaban borrachos por la euforia de ver los dos gallos haciendo una pelea brava. Otros estaban ebrios de aguardiente clandestino y cerveza barata. El jerezano tenía desconcertado al canelo con el tipo de pelea que le hacía. Picaba y se tapaba. Escondía la cabeza, tiraba y volvía a esconderse. Era un buen agachón. Así se le llama al gallo que emplea la táctica que empleaba el jerezano. Lo cierto es que estaba haciendo una pelea de campeón y merecía ganar. Se mantuvo dos vueltas tapado debajo del ala del canelo. De pronto botó hacia arriba en vuelo de muerte y tiró con exactitud la espuela. La valla se vino abajo en un alarido de asombro. En canelo viró los ojos en blanco con la cabeza hacia el cielo. La espuula le había partido la vena del cuello. Ese golpe se llama en las lides galleras “un venazo”. Poco a poco el canelo se fue quedando quieto sobre el aserrín del ruedo. Los apostadores que perdieron empezaron a pagar sus apuestas a los ganadores contentos. Espinosa y yo salimos juntos. El guajiro Espinosa estaba contento. En sus años de gallero experimentado, nunca un gallo le había hecho la pelea que mostró el jerezano aquella tarde.

—Te lo dije. Éste es el gallo de oro. Ahora lo voy a dejar descansando un buen tiempo. Se lo merece. Es un campeón.

Espinosa habla y al mismo tiempo le acaricia la cola al jerezano. Ese tipo de gallo, el jerezano, fue traído desde Jerez de la Frontera en España. Es un tipo de gallo con pecho fuerte, resistente. Ligado con el criollo, es la mezcla perfecta. No hay gallo bravo como el gallo criollo. Todo esto me lo va contando Espinosa por el camino de regreso. Me dice que la buena temporada para pelear el gallo es de diciembre a junio. En ese tiempo el gallo pelea bueno y agradece. Uno nunca los debe topar en los meses de julio o noviembre. En esos meses están mudando la pluma. Tienen etapas de calenturas por la fiebre y las plumas les están retoñando. Los cañones también. No es fácil tener que hacer pelea enfermo. El animalito está indispuesto y eso no es justo. Espinosa me cuenta estas cosas y me doy cuenta que es un tipo que sabe bastante de gallos. Algo de eso que él me cuenta lo leí en alguna parte. Lo que pasa es que Espinosa lo explica con más sabiduría.

Ayer estaba Espinosa tusando un de sus gallos. Tusar es hacerle al gallo el corte de la cresta. También se le rebaja la pluma del lomo y se le recorta la golilla. Me gusta ver Espinosa tusando. Es un especialista. El gallo no sufre apenas. Digo apenas porque siempre sufre. El corte de cresta se hace a sangre fría y sin anestesia. Es de suponer que eso duele algo. Uno supone porque uno no es gallo y tampoco se le puede preguntar al gallo porque no habla. Terminando ya de tusar el gallo, es cuando Espinosa vio llegar al hombre vestido con uniforme de policía. Me puso el gallo en las manos y salió a recibir al hombre. Yo me di cuenta que Espinosa no tenía interés alguno en que yo participara de su conversación con el policía. Hablaron y entonces Espinosa le dio un rollo de algo envuelto en un papel. El hombre se llevó rápido al bolsillo lo que le dio Espinosa. Después sonrió agradecido y le dio unas palmaditas suaves y en hombro a Espinosa despidiendose.

Pasada media hora del encuentro de Espinosa con el policía, ya yo me iba. Entonces Espinosa me contó. Me dijo que el hombre era él que custodiaba la zona donde estaba la valla de gallos. Al tipo se le pagaba un buen dinero entre todos los criadores y se hacía el de la vista gorda cuando había pelea y no intercedía. Las peleas de gallos están prohibidas en Cuba. Sólo pueden pelear en lugares escogidos los extranjeros. Es bueno que ésto se sepa. Así el lector se dará cuenta de por qué Espinosa y los demás galleros tienen esa “bondad” con el corrupto policía.

—Ahora la cosa se nos va a poner más difícil. Éste se va trasladado para otro lugar. Para acá viene un policía que le dicen El Gato. Nadie de nosotros los galleros lo conocen. Tendremos que trabajar en eso de meterlo en el negocio para que nos deje pelear tranquilos.

Espinosa termina de explicarme sobre sus preocupaciones y mete el gallo recién tusado en el jaulón. Tiene una de las mejores crías de la zona. Allí en sus jaulas hay casi todas las pintas de gallo fino. El orgullo de Espinosa es el jerezano que vimos pelear el otro día, el agachón, el del venazo al canelo. Al rato me despedí de Espinosa y le acepté su invitación a la pelea próxima dentro de dos meses a lo sumo.

Pasaron más de dos meses y cargué la pena de poder ir a la pelea prometida a Espinosa. Una tarde me sentí algo aburrido y decidí ir a ver a mi amigo el gallero. Fui preparado para soportar sus reproches por lo de mi ausencia a la pelea. Creí que lo mejor sería hablarle sobre su jerezano y decirle que estaba seguro de que el gallo de oro había ganado. Naturalmente eso debió ocurrir así. Llegué a su casa, lo saludé y sin darle tiempo a nada, hablé.

—No me lo digas. Tu gallo de oro seguro que ganó. Eso ni se pregunta, ¿verdad? ¿Ganaste mucho dinero, Espinosa? Es un buen gallo.

El viejo gallero me miró y bajó la mirada a la tierra de su patio. Yo no veía eso normal en Espinosa. Miró después a un lugar y yo seguí con la vista su mirada. Allí estaba la jaula vacía del jerezano de oro. Pensé que yo había cometido un error tremendo al hablarle a Espinosa sobre su gallo sin saber nada. Al parecer, le habían matado al jerezano. Había perdido. Aquella ausencia en la jaula lo decía todo, o casi todo. Dejé que Espinosa hablara entonces.

—No perdío. Ese gallo mío nació para no perder. Tuve que matarlo. Con estas mismas manos tuve que matarlo.

Entonces rompió a llorar. Es duro ver llorar a un hombre como Espinosa. Un guajiro que a cuchillo limpio ha defendido sus ganancias en las apuestas al sentirse timado por perdedores mentirosos. Todo cubano que está leyendo esta crónica y ha estado en una valla, sabe que ningún gallero saca el cuchillo por gusto cuando reclama su apuesta. Lloraba mucho Espinosa y me contaba de cómo crió al jerezano desde de que era apenas un pollito y que por poco se le muere, y todo el trabajo que pasó para lograrlo. Entonces yo me lleno de dudas y no entiendo por qué tuvo que matarlo. Hay galleros que no perdonan que sus gallos pierdan. Entonces si queda vivo, lo matan. Lo sacrifican por la deshonra. Espinosa no es así. Además, su gallo, él me dijo, que no había perdido. Sus gallos pierden y si quedan vivos, él los deja morir de viejos. Yo no sabía qué había pasado con el jerezano. Pero tampoco quería hablar sin saber. Dejé que Espinosa el guajiro me hablara. Entonces él se enjugó el llanto y habló.

—El policía nuevo me quiso chantajear. Estuvo casi dos semanas detrás de mí.

Espinosa cortó de un golpe las palabras y se limpió los ojos de lágrimas recién caídas. Me pareció un muchacho bien pequeño. Un muchacho que llora impotente porque le han quitado algo y lo da por perdido sin remedio. La última confesión de Espinosa me dejó sin aire en el pecho.

—El policía nuevo quiso que le diera mi gallo. No aceptó todo el dinero que le brindé. Él quería quitarme el gallo, mi jerezano de oro. Yo nunca le iba a dar a ese desmadrado mi gallo. Preferí matar al jerezano. Con estas mismas manos maté a mi mejor gallo.

Casi lloro con Espinosa. Estabamos parados los dos en medio de la valla que él tiene en su patio para probar los gallos. No lloré. Era una valla de prueba. Pero al fin y al cabo era una valla. Y no es bueno eso de estar llorando dos hombres en medio de una valla donde se preparan unos gallos tan bravos como el jerezano de oro de Espinosa.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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