Desde Dentro de Cuba.

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25 de Septiembre del 2000

POLVO DE RUINAS. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Ayer demolieron el Bar 43. En la misma esquina había un grupo de vecinos. Eran testigos. Los mudos testigos ante la muerte del recuerdo.

El Bar 43 fue lugar de citas en épocas distantes. Fue también lugar de encuentros y secretos recientes. Allí tomó su última copa el joven asesinado por policías en la década de los ‘50. En las paredes del Bar 43 escribieron con sangre los amantes.

En todo el barrio se escuchó un sonido tremendo. Una enorme grúa daba golpes a las paredes. La gran esfera de acero iba y venía contundente. Salían alaridos de las esquinas y los huecos. Una rata fue a refugiarse a una alcantarilla cercana. Allí estaba mi madre en la acera. Se secaba los ojos con un pañuelito rosado. Yo me acerqué y me dijo:

—Allí me tomé con tu padre el último refresco. Nuestras palabras estaban grabadas en todos los ladrillos.

Mi madre me miró a los ojos y yo no tuve valor para soportarle la mirada. Por un momento pude escuchar también los gritos de mi abuela ya difunta. Me llamaba y su voz era un pretexto para sacarme de los juegos en medio de la calle. A mi abuela le gustó siempre verme bañado desde temprano. Aún el agua tiene el olor de cada arruga de sus manos.

Ayer cuando demolían el Bar 43 la calle del barrio se quedó sin sus recuerdos. El la barra del Bar 43 se dieron cita los proscritos de todos los gobiernos. Allí hablaron bajito los conspiradores de ayer y los de ahora. El Bar 43 era el refugio de los últimos suspiros de amantes. Un grupo de vecinas con las canas al aire lloraron con mi madre. Con la última pared cayeron también las memorias. Al llegar la noche, junto a las ruinas bien pegadito al olor del polvo recién sacado de la piedra, había un viejito llorando. La luna ya estaba asomando sin permiso. El viejo me sintió llegar y me puso en la mirada sus ojos gastados por el tiempo. Sacó también un pañuelo y se secó nervioso el llanto.

—Yo no soy de aquí. Me gustó este bar hace unos meses. Aquí yo me tomé el último trago con mi hijo.

Después el viejo siguió hablando conmigo. Fue cuando supe que su hijo había salido como balsero al extranjero. Al rato yo me quedé sólo entre el polvo por un rato. Un estremecimiento grande me sacudía a cada segundo. Yo había caído en cuenta sobre una cosa. El Bar 43 ahora demolido tenía una barra donde se tomaron juntos en tiempos disímiles el último trago de la suerte, como en un mano a mano, el combatiente asesinado y el último balsero.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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