Desde Dentro de Cuba.

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22 de Septiembre del 2000

ANGUSTIA EN LAS ALAS. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- La profundidad del mar estaba tranquila en su mundo de silencios. Cada criatura tenía su rutina de costumbre. Estrellas de mar, corales, delfines, todo era un concierto de armonía para cada cual. La mañana del día 19 de septiembre del 2000 llegaba la ruptura. Un ruido lejano se acercaba como un alarido de amenaza. Cada criatura tuvo en el cuerpo la ansiedad del miedo. En cuestión se segundos sólo dominó el instinto de la salvaguarda. Un estremecimiento descomunal elevó las aguas al cielo en macabra danza de espuma.

Minutos antes en la orilla lejana en la isla de Cuba el piloto Angel Lenin Iglesias Hernández se encaminaba a las labores de otro día de rutina. Al menos esas eran las apariencias. Los que con él compartieron hasta ese momento las labores pensaron eso. Sería otro día de rutina para Lenin y para todos. No fue así. Ya Lenin tenía decidido borrar de un golpe las angustias para él y los suyos. Borrar la incertidumbre también para los que habían decidido hacer con él lo que sería quizás el vuelo más suicida de sus vidas. En un avión empleado en la aviación agrícola civil cubana con apenas capacidad para cinco personas, se remontarían al cielo buscando la esperanza. Ocho individuos en calidad de pasajeros improvisados y dos más que irían como piloto y co-piloto respectivamente. No era un día normal de rutina para Lenin este 19 de septiembre.

Si un hombre es condenado al infierno por su carga de pecados no tiene otro remedio para él que la resignación. Pero el infierno cubano es condena para justos y pecadores. Lenin Hernández llevaba una vida de hombre justo. Para su familia y amigos era persona amada. Él se sintió con el derecho pleno que cada hombre justo tiene de buscar el lado que brilla de la vida. En Cuba se empeñaban en arrebatarle ese brillo merecido. Buscó amigos y familiares. Les propuso el salto a la ventura y aceptaron elevarse a la esperanza por encima de todas sus miserias. Lenin decidió esa mañana levantar vuelo desde su base de trabajo, recoger a los que con él serían en viaje ilegal hacia el exilio y juntos tocar el cielo en un avión AN-2 de fabricación rusa. Con las almas que llevaba y un enorme peso adicional en las alas por la angustia, habían salido a las siete de la mañana de ese día 19 de septiembre en la provincia Pinar del Río desde el municipio Los Palacios. Destino: La Florida.

Nadie sabía quién iba a morir. Nadie sabía si morirían todos. Pero cada uno de los que subieron a la nave estaba convencido plenamente que también la muerte iría a bordo.

A las 8:30 de la mañana de ese mismo día, tras una escueta conversación con los autoridades costeras de la Florida, se pierde el avión en la pantalla de los radares.

Minutos más tardes todo el aire se repleta de angustias. El cielo ya era demasiado espacio para el pequeño avión carente del necesario combustible para la llegada normal a tierra. Lo inmenso del mar esperaba abajo, casi perceptible como un dibujo maldito.

Así las cosas. En la misma mañana del día 19 de septiembre había tranquilidad en las aguas profundas del Atlántico al sur del Estrecho de la Florida. En la superficie un mar picado anunciaba mal presagio. Cada criatura marina se abrió paso en medio del ruido cercano que llegaba. Cada pez, cada coral, cada estrella y casi todo lo vivo sufrieron la amenaza de algo malo inevitable. Arriba en lo alto un pequeño avión con matrícula cubana se entregaba a la caída sin remedio. Hubo estruendo de espumas. Sólo quedaba la esperanza. Hubo gritos sacados del llanto. Hubo muerte. Cada criatura marina retornó a su costumbre y cada ser humano dentro de la nave sintió el tacto de la muerte. Quiénes quedaron vivos juraron seguir atento por el resto de sus vidas al ruido cercano de un barco, un avión, o un soplo divino de Dios enviado por alguien al rescate.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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