Desde Dentro de Cuba.

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18 de Septiembre del 2000

CALIBRE .45 Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- El hombre llegó a la provincia de Pinar del Río a finales del ‘57. Venía enviado por Fidel Castro. En su lucha contra Fulgencio Batista, Castro había aplicado la estrategia de colocar hombres de su entera confianza en todas las provincias del país. Con grados de comandante, envió al hombre a Pinar del Río.

El enviado subió a las montañas de la provincia y organizó allí un frente de combate. Lo menos que se hizo en ese frente fue combatir. Cada noche se repetían las orgías. Tenían patrullas encargadas de recoger por las casas de los guajiros de la zona la comida necesaria para los banquetes. La bebida la enviaban emisarios de confianza también desde el pueblo. Así hacía el comandante enviado a la guerra contra Batista. Mientras tanto, los jóvenes pinareños incorporados a la lucha morían abatidos en las calles.

El año ‘59 nace sin Batista en Cuba. Los rebeldes de Castro logran el poder. En la provincia de Pinar del Río se mantiene como jefe del territorio el comandante enviado por Fidel. En esos primeros años de locuras y barbarie toda la población de Pinar del Río fue testigo de los desmanes y excesos del enviado. Se exhibía en los bares como el único hombre capaz de tomarse de un tirón y sin respiro una botella entera de ron Bacardí. Los seguidores incondicionales le celebraban la gracia y después ellos mismos en su mayoría eran víctimas de los desmanes alcohólicos del comandante. Los hombres que no eran de su agrado iban a parar a los calabozos del recién creado ejército. Finalmente a Castro no le quedó más remedio que destituirlo.

Pasado el tiempo se sabía del hombre cuando la provincia conmemoraba alguna que otra fecha importante en el calendario de la cúpula (entiéndase los 26 de julio, primeros de enero, etc.) Algunos lo saludaban entonces con respeto y otros se le acercaban y disfrutaban viendole en el rostro los estragos de la vejez y el alcohol. Llevaba aún oculta en la cintura la inseparable pistola Colt calibre .45 niquelada. Era lo único que no le habían quitado al destronarlo.

La última vez que estuvo en Pinar del Río nadie fue a recibirlo. Sólo los incondicionales adulones lo vieron y tuvieron la escasa sinceridad de contarle a los demás por las angustias que pasaba el comandante de sus adulaciones. Los adulones contaron que la esposa del comandante había marchado al exilio y con ella los hijos ya mayores. El comandante se peleó a muerte con ellos preferiendo la soledad de un hombre obstinado.

Contaban sobre las locuras alcohólicas del comandante cuando los recuerdos lo atormentaban. Eran malos recuerdos. Injusticias comentidas en un pasado desempeñaba día a día en acercarse. Injusticias con su esposa y los hijos perdidos para siempre en la distancia que separan las mareas.

Quizá una tarde el comandante olvidado se vio sólo en la enormidad de su casa. Estuvo largo rato parado frente al espejo. En una mano tenía un vaso lleno de ron hasta el mismo borde. En la otra mano tenía la inseparable pistola calibre .45. Pensó por un instante en la famosa leyenda propagandística que hacía famosa a la Colt .45. Se habló siempre que la fábrica daba una pistola de oro macizo, copia fiel de la Colt .45, al ser humano que se atreviera a colocarsele en la cabeza con una bala en el directo, aprentar el gatillo y además de eso quedar vivo. Hasta el momento nadie ha salido vivo de los se han atrevido a enfrentar la prueba.

Esa tarde tal vez el comandante pensó en todo lo que de ganacia le daría a su soledad una pistola calibre .45 de oro macizo. Debió pensar mucho en toda la soledad que tenía procurada por él y la que le habían impuesto los que lo olvidaron para siempre. Había caído en desgracia para Castro y eso se paga bien caro en Cuba. De la noche a la mañana se transformó en un apestado. Todos lo sabían. Los pocos que se le acercaban lo hacían con miedo. También pensaba el comandante en eso.

Imaginamos entonces que esa tarde quizás apuró de un tirón el vaso de ron. Se llevó la mano con la pistola a la cabeza, dulcemente movió el dedo índice en el disparador, conciente de que por el cañon saldría la bala puesta en el directo. Todos los momentos de su vida pasaron breves y coloreados por su memoria. La enorme explosión en su cabeza lo borró de golpe para siempre. No sintió dolor. No escuchó nada. La muerte lo dejó sin la oportunidad de oir el ruido del disparo.

Pero sabemos que esa tarde nunca la vivió realmente el comandante. Sólo sería una de las tantas pesadillas de sus sueños. Nunca se mató. Nunca se mataría. La leyenda de la Colt .45 seguirá de por vida revoltando en las paredes de su cabeza, llenandolo de infinitos complejos. La Colt ofrecida por los fabricantes sigue intacta, luciendo las bondades de su armazón de oro. El comandante está convencido de que nunca va a tenerla. El comandante prefiere seguir cargando sus millones de culpas y olvidos. Prefiere seguir vivo en medio de su fango. El comandante nunca tuvo valor para ser justo con nadie. Nunca lo va a tener tampoco para matarse.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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