Desde Dentro de Cuba.

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05 de Septiembre del 2000

LA HUELLA EN EL HUMO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Fonso Cuevas miraba orgulloso su finca de tabaco. Cuatro o cinco hombres trabajaban a sus órdenes. A Fonso Cuevas le gustan las cosas como son. Casi la mitad de su vida la pasó en el ejército. Vive orgulloso de éso. La vida de guardia ayuda a forjar el carácter. Muy cerca de la vega de Fonso Cuevas vive el chino Alonso. Fonso Cuevas y el chino Alonso no piensan igual. Ningún hombre piensa igual al otro. Pero Fonso Cuevas no quiere entender éso. Entonces fue cuando Fonso Cuevas se llenó de caprichos y empezó a sospechar del chino.

Todas las tardes se sentaba a mirar lleno de orgullo su vega de tabaco. Hablaba largas horas con su esposa. De pronto se le ensombrecía todo. Veía pasar al chino Alonso con la familia rumbo al pueblo. Ahí mismo descargaba Fonso sus ideas malas.

—Usted ve, mujer. Ese desgraciado está en negocio ilícito. Se lo digo yo. Él no está con el gobierno. La gente que no está con el gobierno siempre está fuera de la ley.

Todas las tardes era lo mismo. El odio de Fonso le iba creciendo en el cuerpo. A veces el hijo de Fonso Cuevas lo sorprendía en esas cavilaciones y lo aconsejaba.

—Déje que la gente se defienda, viejo. Además, usted no tiene prueba contra el chino para estarlo juzgando así.

Fonso taladraba a su hijo con la mirada de arriba abajo y contestaba.

—Yo voy a demostrarle un día a usted que tengo razón. Ese hombre está en algo ilícito. Y es con el tabaco. Él odia a este gobierno.

Siguieron pasando los días y el odio de Fonso Cuevas contra el chino seguía aumentando. Ya iba casi sin medida, sin control. Era un odio visceral lleno de espuma y de rabia. Fonso no lo pensó más y salió a buscar a su mejor amigo, el coronel de la policía en el pueblo. Fueron como hermanos desde niños. Fonso sabía que el coronel le haría caso. En seguida tirarían la investigación contra el chino y en cuestión de meses el chino estaría preso por negociante y de golpe pagaría también por estar contra el gobierno.

Con ese información contra el chino las autoridades policiales se pusieron en alerta. Hacía rato ya que había un negocio de tabaco en el pueblo. Alguien entregaba capas de la hoja a torcedores ilegales y de ahí salía un tabaco exacto al que se exportaba. Era vendido a turistas extranjeros en cantidades astronómicas en dólares.

El coronel quedó agradecido por la información que dio su amigo Fonso Cuevas. Éso facilitaría el trabajo policial. Sabían que había un gran negocio pero no sabían aún de dónde se sacaba la materia prima para hacer los magníficos tabacos. Es decir, no se sabía de dónde salía la capa. Ahora Fonso los ponía en la huella del humo. Fonso también estaba muy contento. No eran vanas sus cavilaciones. En el pueblo había negocio con tabaco. Ahora estaba más seguro de las trampas del chino Alonso.

Esa tarde Fonso miraba orgulloso su vega. Vio llegar por el camino de su finca los carros de la patrulla policial. Entonces saltó contento de su taburete y llamó a su esposa.

—Venga, vieja, vea como vienen ahora a llevarse al chino. Se jodió el gusano. Se le acabó el negocio.

Poco a poco la risa se le fue perdiendo a Fonso de la boca. Los carros entraban a su finca. Pensó que tal vez el coronel venía a saludarlo y a darle las gracias por la información. Casi seguro, después se llevarían preso al chino Alonso. Entonces se le abrió otra vez en la boca la risa.

El coronel bajó contrariado del carro principal. Era el primer carro en la caravana. Llegó al portal y saludó. Estuvo un rato en silencio mirando a los sembrados de tabaco como buscando las palabras precisas y rápidas. Miró entonces de arriba abajo a Fonso Cuevas y le dijo.

—Lo siento, Fonso Cuevas, pero yo soy guardia y cumplo con mi deber. Vengo a llevarme preso a tu hijo. Es el jefe principal del negocio de tabaco en el pueblo. La capa que se roban es la tuya misma. El chino está limpio. No tiene problema.

Fonso mira por última vez su vega de tabaco. Apenas puede darse cuenta que esa será la última ocasión en su pupila mire al verde que ha salido de sus manos. Esas mismas manos van ahora al pecho, como queriendo sacarse un cuchillo que por dentro le ha roto algo. Cae delante de todos, muerto para siempre. El corazón también le hizo la trampa de pararse.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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