Desde Dentro de Cuba.

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07 de Agosto del 2000

MÁS QUE UN SUEÑO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Alfredo el bibliotecario tuvo una existencia hermosa como un libro. Estoy seguro que a él le hubiera gustado escuchar esta comparación que hago de una vida con un libro. Su vida misma era estar ahí en la biblioteca estatal donde trabajaba. Siempre fue bibliotecario.

Había rebasado la edad del retiro pero siguió trabajando. Un día me confesó que no podía vivir ya sin el oler de las paredes encuadernadas de la biblioteca. En el mes de agosto del año 1994 el único hijo de Alfredo se va al exilio. Fue una salida que no le dio tiempo al viejo para prepararse. Decidió enfrentar la tristeza de la separación con el consuelo de los libros.

Una tarde llegaron a la biblioteca de la ciudad unos funcionarios estatales del Ministerio de Cultura. Orientaron de posiciones y reglamentaron censuras. Entregaron una large lista de libros que considerabon malditos. Alfredo el bibliotecario no pudo callarse en conformidad y habló.

- “No se debe prohibir un libro y mucho menos considerarlo enemigo.”

Ahí mismo Alfredo se estaba condenando mientras hablaba. Cuatro días después de la visita de los funcionarios, llamaron a la oficina del jefe de la biblioteca al viejo Alfredo. Empezaron con el intento de convencerlo para que definitivamente se jubilara. Tenía más de sesenta años y merecía un descanso. Así le dijeron. Alfredo expuso mil razones para no irse. La biblioteca era su vida misma. El jefe de la biblioteca no escuchó las razones de Alfredo y se decidió jubilarlo.

Nos encontramos días después de que lo jubilaran. Fuimos haciendo más rutinarios nuestros encuentros. Entonces pasabamos largas horas hablando de libros hermosos y de escritores grandes. Una tarde Alfredo me habló de su proyecto:

- “Quiero hacer una biblioteca en mi casa.”

Entonces yo le expliqué que eso era un sueño censurado en Cuba. El estado no toleraba bibliotecas privadas. Había un empeño enfermizo de controlar todo tipo de literatura y en una biblioteca independiente eso se le iba de las manos a la censura oficialista. Alfredo no me escuchaba. Sonreía y hablaba soñando.

- “Todo el que quiera podrá entrar en mi casa y pedirme libros. Mi casa es grande como una biblioteca. La gente podrá leer en mi sala, en mi patio, en los corredores. Será una linda biblioteca.”

Alfredo era un hombre hermoso como un libro. Estaba lleno de sueños y su biblioteca era uno de ellos que fue haciendo realidad. Todas las cosas hermosas son difíciles al principio. La biblioteca independiente de Alfredo no escapó a esta regla. Poca gente se decidían a visitar la casa de Alfredo en el nuevo papel de biblioteca. Algunos amigos cercanos lo hacían. Entre esos amigo yo me cuento. Mis visitas eran frecuentes. Alfredo y yo pasabamos largas horas entre libros y anécdotas. Me hablaba mucho de José Ingenieros, de Vargas Vila y de otro Vargas que él conoció cuando estuvo hace años por La Habana. Me refiero a Vargas Llosa, el escritor peruano que fue jurado del Premio Casa de las Américas y ahora es prohibido en la isla. En una de esas conversaciones fue cuando Alfredo me dijo la frase bonita de un escritor maliense muy famoso y de nombre difícil de pronunciar y recordar. La frase dice así: cada anciano que se muere es como una biblioteca que se quema. Entonces me dio tristeza saber que Alfredo era una biblioteca que inevitablemente un día perderíamos en las llamas del tiempo.

Una mañana yo vi llegar los carros a la casa del viejo Alfredo. Eran carros estatales. Tocaron tres hombres a la puerta de la casa de Alfredo. Otros tres quedaron parados en la acera. Un rato más tarde comenzaban a sacar libros de la casa. Alfredo los veía sacar los libros y no hablaba. Tampoco los ayudaba. Me di cuenta entonces que aquella gente se estaban llevando los libros del viejo.

Más tarde cuando los hombres se fueron en los carros lo supe todo. La policía política había confiscado todos los libros. La biblioteca de Alfredo había sido cerrado para siempre.

A partir de ese día yo supe que Alfredo empezaba a morirse poco a poco. Yo no estaba equivocado. Dos meses después el viejo bibliotecario se nos iba como una biblioteca hermosa entre las llamas de un fuego indetenible.

Tres meses después de la muerte de Alfredo el bibliotecario un grupo de amigos de él y míos decidimos no dejarlo morir nunca. La mejor manera de hacer inmortal a un hombre es haciendo que su idea respire cada día. Queríamos una biblioteca independiente con el nombre de Alfredo.

Ya lo habíamos dicho. Todas las cosas hermosas son difíciles al principio. La biblioteca aún la visitan poca gente. Sabemos que vendrán más. Sabemos también que nos la quitarán un día las autoridades. Pero estamos convencidos que nacerán otras. Siempre va a existir un hombre como Alfredo. Siempre habrá una biblioteca. Siempre existirá un libro. Y todo eso para el hombre es mucho más que un sueño.

Rafael Contreras, Cuba Free Press


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