Desde Dentro de Cuba.

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04 de Agosto del 2000

NOCTURNO DE AMOR. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- La bala llegó sin previo aviso. Llegó como llegan todas o casi todas las balas en la guerra. Él sintió un corrientazo en la espalda y al instante se dio cuenta que no caminaría jamás.

Antes de llegar la bala a morderle la piel, todo iba normal. El día había despertado lindo. Él seguía con su vieja costumbre de saborear amaneceres. Lo habían mandado a la guerra. Le habían quitado la tranquilidad de su pueblo. Pero nada ni nadie podía quitarle los amaneceres. Es imposible quitarle los amaneceres a un ser humano.

Rompiendo el día, seleccionaron el pelotón al que él pertenecía y con los primeros rayos del sol fueron tomando posiciones en el bosque. Ya se esperaba el asalto enemigo. Todos los del pelotón enseñaban seriedad en las miradas. La muerte tiene la mágia de poner seria la mirada de las gentes. Momentos antes del ataque enemigo el se acordó bastante de Sandra. La recordó tanto en medio de aquella selva que pudo casi olerla. También creyó oir los acordes de aquel instrumental bonito que él y Sandra escuchaban en las noches de diciembre cuando terminaban de hacer el amor repetidas veces. Era un instrumental de Liszt. Se llamaba “Nocturno de Amor.” Sandra le decía riendo que la música de aquel instrumental le recordaba un río largo y misterioso. Él le decía a Sandra que también le recordaba un río, pero con mucha miel en las aguas y que a la orilla de aquel río siempre estaban ellos dos haciendo el amor hasta el cansancio. Sandra reía mucho cuando él le decía aquellas cosas. Ahora él recuerda que estaba pensando en todo eso cuando sonaron los primeros disparos. El ruido de la guerra le había entrado sin permiso en los recuerdos. Le había destrozado de golpe los rincones de aquel tiempo con Sandra. Le había despedazado el tibio roce de aquella música de Franz Liszt.

Cuando la bala llegó él no lo sabía. Despertó tres días después en el hospital militar. Ahí los heridos habían formado el escándalo. Gritaban y reían. Al principio a él le parecieron gritos de muerte en medio de un combate. Pero se fue dando cuenta que eran gritos de alegría.

- “¡Nos vamos para Cuba! ¡Nos vamos para Cuba!”

Oyó decir eso un muchacho que estaba a su lado. El muchacho había perdido las dos piernas a causa de una mina anti-tanque. Era un pedacito de gente en medio de aquella cama que parecía tragarselo. Pero ahora se veía como un tipo grande aquel muchacho dando aquellos gritos de alegría.

La alegría hace crecer a la gente. Él pensó eso y sonrío en silencio. Después se dio cuenta que en medio de toda aquella gente él era el único que no estaba contento por el regreso a Cuba. Sentía lástima por todos los que amaba. Ahora iba para allá como una pesada carga, un inválido,un casi muerto de la cintura para abajo, un tipo que no podía contener las ganas. Se orinaba como un niño. Se corregía como un viejo y le molestaba que no era ninguna de las dos cosas. Era un inválido. La bala le había partido la mitad de la existencia.

Los primeros días en Cuba fueron los más terribles. Sabía que todos lo miraban con lástima. Después vino lo de Sandra. Ella se demoró en ir a verlo. Le mandaba decir que no tenía valor para aceptarlo en aquel sillón de ruedas. Decidió por fin ir un día.

La tarde en que Sandra decidió ir a verlo hacía mucho frio. Él la había pedido una manta a su hermana para cubrirse sus piernas huérfanas de pasos. En las piernas no sentía nada. Pero había pedido la manta por costumbre. La grabadora la tenía a un lado del sillón en una mesa. “Nocturno de Amor” era el instrumental que estaba oyendo al entrar Sandra. La culpa fue de aquella música. Sandra se detuvo en la puerta sin hablarle. Se dio cuenta de la música que había en la grabadora y le salieron dos lágrimas hermosas por los ojos. De la misma puerta salió otra vez hacia la calle y no regresó ya nunca.

Por eso hoy él se acordaba de cómo aquella bala entró de golpe sin aviso. Era una bala sin nombre. Así como son las balas de la guerra. Tuvo ganas de llorar, pero vio que su hermana llegaba con la manta para las piernas. Hoy hacía bastante frio. La hermana le puso suave y dulce la manta sobre las piernas tristes. Luego lo besó en la frente y él no dijo nada.

“Nocturno de Amor” sonaba suave también en medio de la sala. Esta vez no había llegado la música de golpe como aquella tarde en que apareció Sandra a la puerta. Ahora él sentía verdaderas ganas de llorar hasta morirse. “Nocturno de Amor” también le había roto un día la existencia.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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