Desde Dentro de Cuba.

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02 de Agosto del 2000

EL REGRESO DEL PRINCIPITO AL PAÍS DEL NUNCA JAMÁS. Por José Orlando González Bridón, Cuba Free Press

Érase una vez en un lugar llamado País del Nunca Jamás, donde la ley eran los antojos de un temible y malvado imperador llamado Fofi, nació milagrosamente un niño al que los pobladores del lugar llamaron El Principito. Cuentan los más viejos que muchos años antes de nacer El Principito, el temible imperador había tenido muchos hijos con todas sus doncellas, a los que nunca pudo atender porque todo su tiempo lo dedicaba a explotar a sus súbditos y esclavos. No descansaba, siempre tratando de aumentar su poder, el que utilizaba para consolidar su dominio y control sobre todo lo que lo rodeaba.

El imperador Fofi era avaro, egoísta y malvado. Dicen que castigaba severamente a todo el que le desobedeciera o se opusiera su voluntad. Muchos fueron decapitados, torturados y otros desterrados, aunque sí gustaba hacer brillar su imagen ante otros imperadores vecinos, aparentando que su país era próspero con un gran futuro y que él era querido y acatado por todos voluntariamente. Aquel imperador, el del Nunca Jamás, en su afán de controlar todo, quiso también gobernar en la mente de todo aquel que viviera en sus dominios, aferrado en asegurar su perpetuidad y su poder. Pero pronto se dio cuenta de que ni con el terror podía obtener su propósito, por lo que siguiendo los consejos de su mejor aliado y consejero, el corpulento Ursi, imperador del este, ordenó la creación de centros de adoctrinamiento de niños para realizar su obstinado y malvado plan de dominar la mente de los pobladores del Nunca Jamás desde su niñez y lograr que sólo quisieran y obedecían su voluntad.

Muchos pobladores de aquel lugar comprendieron lo que significaría para ellos el plan del imperador Fofi con sus hijos y rápidamente comenzaron a enviarlos a los dominios del poderoso Usi, imperador del norte, quien les dio protección evitando el infeliz destino que les esperaba en el País del Nunca Jamás. Así pasaron los años. El imperador Fofi envejeció. Al mismo tiempo sus hijos crecían. Pero aterrorizados por su malvado padre, huían de él a otras tierras, quedando sólo en aquel país un imperador viejo, malvado, sin ningún hijo que lo heredara y continuara la dinastía del Nunca Jamás. Sólo contaba con aquellos que cuando niños no pudieron escapar, a los que adoctrinó y sometió, llamandolos hipócritamente “hijos del imperador”. Y aunque odiaba a todos y no confiaba en ninguno de ellos, de ahí tenía que elegir a su heredero. Esto le enfurecía mucho, sobre todo por no tener un hijo que lo amara sin temor, incluyendo a los hipócritamente llamados hijos del imperador. Pues habían crecido también sin amor. Sólo fueron enseñados a odiar, a obedecer y a defender con su vida al imperador.

Mientras tanto, Ursi, el corpulento imperador del este, el mejor aliado y consejero de Fofi, tan malvado como él, era derrotado por sus súbditos en rebelión provocada por la maldad y los abusos que éste ejercía sobre su pueblo. El imperador del Nunca Jamás, al enterarse de lo sucedido a su compinche del este, enfureció hasta la total locura. Daba gritos aterrorizadores que estremecían de pánico a todos los seres vivos de sus dominios. Juró vengarse de lo que llamó ingratitud de sus súbditos, en especial de los niños, que en el fondo él sabía que no lo querían por lo que por primera venganza ordenó quitarle sus días de fiestas y regalos. Le redujo la alimentación para que crecieran débiles y no pudieran enfentarlo. También ordenó que ningún niño podía nacer muerto porque ésto lo privaba del placer de vengarse de ellos. Y así lo hizo. Los niños nacían vivos para enfrentar la venganza del cruel tirano.

Ante esta situación, muchos pobladores del País del Nunca Jamás huían despavoridos con sus hijos, enfrentando peligros mortales. También a escondidas muchos de sus fieles y los nombrados hijos del imperador comenzaron a fugarse a otras tierras a sentir miedo e impotencia ante tanta maldad y por el peligro de ser víctimas de la locura de Fofi.

Fofi, desesperado y con miedo de tener la misma suerte del imperador Ursi, convocó a los tres demonios, al de los mares y océanos, al de las tierras y al de los cielos, prometiendoles riquezas y mucha sangre de sus esclavos como ofrenda en pago de su protección de aquellos que consideraba traidores por tratar de escapar del país. También aumentó sus ejércitos de espías y soplones que diseminaba dentro y fuera de su dominio. Aumentó la guardia de su palacio, de sus riquezas y de sus fronteras, sintiendose más fuerte y seguro ahora con la protección de los tres fieros demonios, sus espías y soplones y su guardia redoblada.

Mientras todo esto ocurría, El Principito, nacido de un milagro, crecía en un apartado lugar dentro de los dominios del malvado Fofi, el que al enterarse de la existencia del Principito ordenó incorporarlo a sus centros de adoctrinamiento. La madre del Principito, angustiada por el futuro de su pequeño hijo, y sabiendo que lo perdería para siempre, decidió, junto a otros pobladores, escapar a las tierras del poderoso Usi, imperador del norte, quien lo recibiría y lo protegiría. Desafortunadamente, la madre del Principito y los otros pobladores, para escapar de aquel lugar, sólo podían elegir un camino: entre el de los mares y el de los cielos, viendose obligados a escoger el más peligroso, el de los mares, pero era el más rápido para ellos y menos vigilado por lo que decidieron echarse a la mar, desconociendo el diabólico tratado de su imperador con los tres demonios, los que se mantenían atentos y vigilantes, prestos a cumplir el pacto con el imperador Fofi.

Ya en medio del mar en una rústica embarcación, los demonios hicieron que las aguas enfurecieran, los vientos soplaban con más fuerza y las tierras se alejaran de ellos. Al desatarse tanta violencia sobre aquellos infelizes, los dieron por muertos y corrieron veloz al contarse al imperador, quien lleno de júbilo preparó una gran fiesta por los resultados de su pacto. Pero su alegría duró muy poco, al enterarse por uno de sus soplones que de la feroz tormenta creada por los demonios había sobrevivido milagrosamente El Principito, quien custodiado por grandes caballitos de mar hasta cercanía de las tierras del norte, fue rescatado por pescadores de aquellos lugares, donde ahora vivía libre de las maldades del imperador del Nunca Jamás.

Esta noticia hizo que Fofi enfureciera nuevamente, pero con más odio y maldad. Se arrancaba los pelos, le crecían enormes uñas afiladas, su rostro se transformó convertido en un temible y horroroso ogro, el que convocó nuevamente a los tres demonios, prometiendole ahora mucha más sangre, más riqueza y más sacrificio de los pobladores del Nunca Jamás para que utilizando todos sus poderes en rescatar al Principito, llamó a sus ejércitos de soplones y lo puso en manos de los demonios, para que juntos intimidaron al imperador Usi y le devolviera al pequeño príncipe. Los tres demonios, satisfechos por tanta maldad en Fofi, y por la cantidad de sacrificio humano que les ofrecían, decidieron darle poderes sobrenaturales al imperador del Nunca Jamás hasta convertirlo en un demonio sobre la tierra y juntos atacaran al poderoso imperador del norte.

Ahora eran cuatro los demonios. Unido al ejército de soplones y a otros fieles a Fofi que solapados vivían en tierra del norte, arremetieron contra Usi, el que a pesar de su gran poder sintió pánico por la furia y la maldad de estos cuatro demonios, decidiendo en poco tiempo regresar al pequeño al País del Nunca Jamás. A pesar de la grande batalla liderada en tierra del norte por aquellos que habían escapados de las garras de Fofi para impedir el ya sentenciado regreso, el desafortunado Principito tuvo que regresar por decisión de Usi y sus seguidores, para librarse así de la furia y maleficios de los demonios y también del temible Fofi.

Así regresó El Principito al País del Nunca Jamás por la fuerza y poder de los demonios. Pero en su rostro reflejaba la tristeza de haber perdido a su madre y el terror de convertirse en uno de los hijos del imperador. El imperador del Nunca Jamás, a pesar de haber logrado su propósito, perdió mucha riqueza con los desorbitantes y constantes pagos a los demonios contratados, que para recuperarla, tuvo que imponer abusivos impuestos a sus súbditos. También los grandes sacrificios de seres humanos que les ofreció a los demonios hizo que sus más fieles seguidores le temieran y no confiaran en él. Dicen que Fofi sigue pagando el servicio de los demonios, el de sus soplones en la tierra de Usi y continua el sacrificio de los pobladores del Nunca Jamás para mantener impresionado e intimidado al poderoso imperador del norte, porque según cuentan, éste y sus seguidores eran supersticiosos.

Cualquier semejanza o coincidencia con situaciones actuales ocurridas en cualquier país es pura casualidad.

José Orlando González Bridón


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