Desde Dentro de Cuba.

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31 de Julio del 2000

SIN PERDÓN. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Matar a un hombre es quitarle todo lo que tiene y todo lo que pudo tener. Yo recuerdo esa frase porque ahora un amigo me está hablando del viejo Joseíto y me dice que a Joseíto lo mataron sus mismos compañeros. Yo primero recuerdo la frase. La vi en un oeste protagonizado y dirigido por Clint Eastwood. En esa película trabajó también Morgan Freeman. Me gusta mucho ver actuar a Morgan Freeman. También me gusta bastante la frase que vi en esa película.

Uno oye que a un hombre lo matan sus propios compañeros y entonces a uno le entra en el cuerpo mucha tristeza. La palabra compañero es linda si la saben poner donde va. Un compañero es lo mismo que un amigo y eso de tener amigos también es lindo. El viejo Joseíto era una persona linda. Era amigo y era compañero. Uno piensa en él y entonces parece que le salen alas en el recuerdo. También le parece a uno que vuelve a ser niño. El viejo Joseíto hasta después de muerto tiene esa maravilla de hacerlo niño a uno.

Estabamos hablando de Joseíto frente al café del pueblo. Nos gusta sentarnos frente al café porque nos parece que estamos sentandonos frente al pasado en nuestras vidas. Fue un pasado lindo también. El viejo Joseíto cuando aquello no era viejo. Entonces nosotros eramos niños. Siempre se las arreglaba para traer con él a uno de nosotros hasta el cine y después nos llevaba al café. Ahí nos pagaba la taza de café con leche y el pastelito. Ahora uno se sienta frente al café y saborea aquel pastel en el recuerdo. Sólo eso. Ya ni sombra queda de aquellos sabrosos pastelitos, mucho menos queda del café con leche.

Recordar aquellos tiempos es cosa linda de verdad. Dicen que si uno recuerda, vuelva a vivir. Entonces uno se va creyendo el cuento y empieza a recordar y hasta se hace la idea de que está viviendo otra vida y eso es lo lindo de la cosa, que uno se sienta alegre con aquellos momentos. Lo triste es cuando uno pasa lista y ve los que faltan. En esa lista está el viejo Joseíto. Entonces es cuando en medio del recuerdo a uno le salta una lagrima y uno no quiere que lo vean llorando por eso de la hombría. Y ahí mismo uno se defiende sacando otra frase linda y uno dice que lo de la lagrima ha sido el viento y ya está. Pero se extraña la gente buena y se llora por ellas.

Hoy nos dio por recordar al viejo Joseíto. Trabajaba al otro lado de la esquina. Esa fue siempre su fábrica. Estaba a punto de jubilarse ya. No había tenido hijos pero cada uno de nosotros veíamos un padre en él y eso le daba la esperanza de no morirse sólo. Nos decía eso y reía contento cuando lo decía.

Una vez llegaron los de una llamada comisión del Partido Comunista Cubano a la fábrica. Vinieron haciendo averiguaciones sobre la lucha contra Batista en Cuba y la participación de la gente de la fábrica y esa lucha. Se estaba preparando en toda Cuba una entrega de medallas para los que habían peleado contra Batista. Decían que eso iba a ayudar a la gente a la hora del retiro, pues se jubilarían con más salario al tener la medalla.

La reunión empezó. Todos los obreros de la fábrica estaban ahí aquel día. Alguien habló y propuso al viejo Joseíto para la medalla. El que habló dijo que Joseíto había ayudado mucho a la gente en la lucha contra Batista. También dijo unas cuantas cosas bonitas de Joseíto que a casi todo el mundo le gustó oir. Pero sólo eso, a casi todo el mundo. Alguien pidió la palabra después del que habló bonito de Joseíto. Ahí mismo vino la desgracia. Había pedido la palabra el rubio Mendoza. Nadie confiaba el el rubio Mendoza. Siempre tenía preparaba la traición. La guardaba en la vaina de lo oportunismo como si fuera una espada. Ahí mismo el rubio dijo que Joseíto era un cobarde. Cuando Mendoza dijo eso las personas que estaban en aquel salón grande se callaron. Ahí estaban todos los obreros de la fábrica y podía oirse el zumbido de una mosca. Nadie hablaba. Nadie respiraba. Mendoza siguió hablando y su palabra era como una hacha que cortaba a pedazos las lindas ramas de aquel árbol hermoso y viejo que era Joseíto. Terminó la reunión y con ella terminaba la existencia del hombre más bueno del pueblo. A partir de ahí sus compañeros montados en la maquina del oportunismo empezarían a matarlo también.

El rubio había dicho que Joseíto se había acobardado porque se había negado a llevar en su carro a un hombre que el Movimiento 26 de Julio iba a justiciar. Al hombre iban a matarlo por negarse a poner una bomba en un cine. Lo consideraron traidor. Se le dio la tarea a Joseíto de llevarlo en su carro al lugar de la ejecución. Joseíto se negó. Dijo que matar a un hombre sólo era cosa de Dios.

A partir de lo dicho por el rubio, Joseíto fue un apestado en la fábrica. Los trabajadores lo siguieron queriendo, pero nada podían hacer por Joseíto. Los confiables “compañeros” de la dirección en la fábrica se dieron a la tarea de empezar a matarlo en vida poco a poco. Ya no lo consideraban confiable.

A Joseíto lo trasladaron del puesto del trabajo. Le dijeron que estaba muy viejo para seguir en su puesto. Ahí había trabajado toda su vida. Fue colocado de jardinero. Cuando uno pasaba cerca de la fábrica sentía pena al verlo en el jardín castigado por el sol. Joseíto saludaba sonriendo y nos hacía señal con la mano para que lo esperaramos en el parque a la salida de la fábrica para hablar de los tiempos lindos. Sólo le quedaba eso. El recuerdo de aquellos tiempos lindos que se fueron de Cuba para siempre. Ya a Joseíto lo otro que le quedaba era morirse. Decidió hacerlo el día que le dijeron que tenía que jubilarse. Supimos que acababan de matarlo. La fábrica era su vida.

Lo jubilaron y entonces venía todas las tardecitas al parque a llorar en solitario. Cuando uno de nosotros se le acercaba decía lo mismo.

- “Sólo Dios puede matar un hombre. Yo no mato ni a una mosca. Me han matado por negarme a matar.”

Y lloraba como un niño. Y era triste ver llorar a un hombre tan bueno como el viejo Joseíto. El viejo se cansó de llorar en solitario y una noche decidió cortarse el llanto.

Vinieron a darme el aviso a mi propia casa en horas de la mañana. El mismo amigo que hoy hablaba conmigo en el parque fue quien me lo dijo. Venía temblando de pies a cabeza y lloraba mucho.

- “Se mató Joseíto. Lo encontraron ahorcado en su cuartico.”

En la misma puerta mi amigo me dijo eso así de golpe. La tierra se movió en mis pies y casi me caigo. Habían matado a Joseíto.

Pero uno a nombre de los buenos sigue sacando las cosas buenas. Por eso hoy hablamos largo y lindo de Joseíto, hasta nos pareció verlo riendo junto al mostrador del café de enfrente, invitandonos a un pastelito y a la entrañable taza de espumosa leche coloreada de sepia con café. Entonces la aceptamos la invitación porque sabemos que es un café con leche bueno, inventado por él mismo desde su rincón de muerto hermoso como en un sueño.

Y uno vuelve a ponerse triste cuando se da cuenta que está soñando y que Joseíto ya no está vivo, y que también con él cada día nos vamos muriendo, pues matar a un hombre es quitarle todo lo que tiene y todo lo que pudo tener.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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