Desde Dentro de Cuba.

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07 de Julio del 2000

ODIO EL MAR. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Está ahí parado frente al mar. Tiene un puñado de arena en las manos. Dejando caer suavemente la arena a su lugar de origen en el suelo, él me habla.

- “Odio el mar, periodista. Tanto el odio que lo sigo retando. ¿Sabe por qué lo odio?”

Yo niego con la cabeza. Entonces él recoge otro puñado de arena y repite lo mismo de hace un rato antes de explicarme.

- “Lo odio porque me quitó lo único que yo tenía en este mundo. Lo sigo odiando porque me tiene preso. Es como una celda con barrotes de sal y agua. Me tiene preso aquí.”

Me fui dando en cuenta entonces del por qué tanto odio al mar por parte de Roberto. Roberto quizás tenía un record, pero un record negativo a su favor.

Era el cubano que más veces había sido regresado en intentos de salidas ilegales hacia Estados Unidos en Norteamérica. En eso iba también algo del odio que Roberto sentía hacia el mar. También el mar le había tragado a su esposa y a su único hermano. Todo eso me lo fue explicando mientras seguía cogiendo de la arena puñados intermitentes que después iba dejando caer despacio a sus lugares de origen en el suelo. Le hablé entonces sobre lo injusto de la ley de ajuste. Él me dijo que la consideraba una especie de ruleta rusa, pero que celebraba que no la hubieran quitado aún.

- “Es lo único que nos queda a los fatales, periodista. Si la quitan, nos joden. Ojalá esta vez no le hagan caso al tipo. Si la quitan no vamos a tener adonde tirarnos para salir de esta basura. Nos quedaría ir al infierno, y a ese lugar no se va en balsa.”

El tipo al que se refiere Roberto es Castro. (Eso el lector lo sabe.) Y el infierno tiene muchos caminos, pero le doy razón a Roberto. No conozco de nadie que haya llegado a el en una balsa. Pero se pueden comparar el viaje en balsa hacia Estados Unidos con un intento de viaje al infierno. He conversado con hombres y mujeres que me cuentan llenos de espanto la pesadilla de un viaje ilegal al exilio. Me han hablado de la altura de la ola que amenaza. Me han hablado con la voz del susto sobre el acecho constante de los tiburones perpetuos. También me han contado de la decepción amarga del retorno obligado. Muchos se han sentido derrotados y no viajaron más en la espuma del riesgo.

Sobre esos que han decidido no viajar más por estar decepcionados, le hablé a Roberto. Él me respondió con lógica.

- “Cada hombre hace con su destino lo que quiera”- me dijo. - “Pero aquí en Cuba uno no tiene ni derecho al destino. Aquí en Cuba te vas ahogando en la superficie. Es preferible entonces tirarte al riesgo y buscar aunque sea una vida diferente en el fondo del mar.”

Cuando Roberto me dijo todo eso fue que me di cuenta del odio que sentía por el mar. Pero supe también que ese odio era una especie de agradecimiento. El mar era para él como la mujer difícil. Le daba la oportunidad de tenerla hoy y mañana, pero no le daba el gusto de un orgasmo definitivo. El mar era para Roberto como la mujer maldita que no deja que uno llegue al final del acto. Roberto se sentiría hombre completo el día que tocara costas de Estados Unidos cumpliendo con la ley de ajuste.

Yo me di cuenta de todo eso la última tarde que lo vi junto al mar mientras me hablaba recogiendo puñados de arena intermitentes que después iba dejando caer en el suelo a su lugar de origen. Tal vez no veía bien obligar a la arena de la playa a un exilio impuesto. Por eso la dejaba ahí donde había nacido hacía millones de años quizás. También me di cuenta que el mar le iba a dar la solución a su disyuntiva enfermiza. O lo dejaba definitivamente en su ir y venir eterno, o le daba la oportunidad de tocar costa y hacía de él un hombre salvado para siempre.

Roberto miró al mar como se mira a una mujer en reto. Ya no tenía arena en las manos. Toda la arena estaba quieta en su lugar de origen en el suelo. Roberto me dijo entonces a modo de despedida.

- “Ya sabes cuánto odio al mar, periodista. Pero voy a tirarme ahora mismo en esta balsa al agua con esta gente. Prefiero vivir allá en el fondo con los míos que seguir muriendo en la superficie de este país de mierda.

Ahora estoy parado frente al mar. Recojo puñaditos de arena de vez en cuando y me acuerdo de Roberto. Nada se ha sabido de él. Entonces uno se da cuenta de toda la razón que tenía Roberto. Quizás él sea feliz allá en el fondo con el silencio de los peces mientras otros vamos muriendo aquí en la superficie.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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