Desde Dentro de Cuba.

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03 de Julio del 2000

ENEMIGO MÍO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Girón extiende su mano ante mí solicitando algo de limosna. Es un negro de casi siete pies. La mano del negro Girón puede esconder dos manos de hombre ella sola. A uno le parece increíble que un gigantón como el negro Girón esté así tan derrotado. Todas las mañanas se sienta al borde de la acera del parque a pedir limosna. Lo que llama la atención a uno es que ese hombre era policía. Girón fue uno de los policías más mencionados en Pinar del Río en los años ochenta. Aplicó la ley del terror a su manera. Era el hombre escogido por las autoridades policiales en la ciudad para controlar cualquier tipo de anormalidad. Pocos se atrevían a enfrentarlo y los que lo hicieron aún guardan marcas en el cuerpo. Girón daba golpes y después hacía orgulloso los cuentos a los demás policías. El negro vivía contento de tener la fama que tenía entre los policías de la ciudad. Le habían puesto Girón porque así se llamaba un perro que tenían en la estación de policía. Era un perro muy fiero. A Girón le gustaba ser comparado con aquel perro y aceptó que le pusieran el nombre de ese perro encima.

La desgracia le llegó a Girón cuando entraron los años noventa y ya no existía el campo socialista. Entonces en Cuba las cosas empezaron a cambiar y con las cosas empezaron a cambiar la gente. Uno se iba dando cuenta que mucha gente llevaba máscaras por largos años. Aparecieron funcionarios estatales corruptos, tipos que no enseñaban nada de impuros antes, sacaban ahora a la vista pública todo lo que llevaban por dentro de torcidos y corruptos. La escasez y la necesidad ponen a prueba a los seres humanos. La escasez y la necesidad pusieron a prueba a Girón y él no pudo ganarles.

Un día lo sorprendieron en algo sucio. Girón y los que lo acompañaban esa tarde en la patrulla de recorrido ocuparon un cargamento de alimentos y ropas a unos traficantes ilegales (ahora en la isla abundan). Ya la necesidad y la escasez habían tocado a las puertas de Girón. Período especial era una cuchilla implacable y no respetaba tampoco a los policías. Girón y sus hombres se repartieron lo ocupado. Días más tarde la jefatura de la policía lo supo. Hubo juicio sumario y Girón fue expulsado de la policía junto a los otros implicados.

La primera vez que lo vi en la calle sin uniforme de policía me pareció más pequeño.

Cuando lo vi pidiendo limosna al borde de la acera mi di cuenta entonces de lo pequeño que era verdaderamente. No lo vi pequeño porque estuviera pidiendo limosna. Uno conoce gente que se han visto obligadas a pedir limosna y no las ve pequeña. Son gente que mantienen la dignidad y se enfrentan a lo adverso con lo que pueden. Yo vi a Girón enano porque en el mismo lugar donde pide limosna se dedica a informar a la policía política sobre las actividades de la gente de la oposición. Ahí en el parque se reunen muchos disidentes que Girón conoce. Girón no pierde tiempo y siempre informa detalladamente a los agentes de la policía política del gobierno cuando aparecen por ahí los disidentes. No hay duda, Girón se va a morir perdiendo día a día en estatura. Los que lo conocen le pasan por el lado cuando él le estira la mano pidiendo dinero. Algunos escupen frente a él. Los que no lo conocen le dejan caer alguna que otra moneda en la enorme mano. La vida tiene esas cosas. Sabe pasar la cuenta. Esa misma mano enorme que ayer partió cabezas y dejó cuerpos adoloridos por los golpes, pide hoy limosna. Esa misma boca que alardeaba amparada por un uniforme de policía, reclama hoy algo de caridad. Pero también, espaldas de otro, delata. Viendo esto a uno se le van todas las dudas respeto a los hombres como Girón. No importa que sean negros o sean blancos. Uno se refiere a hombres en el sentido total de la palabra hombre que es una palabra hermosa cuando se lleva bien. No hay duda. Girón nunca fue hombre. Es lo que siempre fue, una serpiente uniformada ayer, una serpiente hoy al borde de un contén arrastrandose entre los que le dejan caer y los que le escupen el rostro.

Por eso hoy cuando Girón extendió su enorme mano para pedirme algo de limosna, yo tuve que hacer lo que hice. Le miré fijo a los ojos para que viera que soy uno de los que en el parque se reune con los demás disidentes que él delata. Sólo hice eso. Lo miré fijo a los ojos y seguí mi camino. No le dejé caer nada en su miserable mano. Tampoco escupí delante de él. Yo creo que ustedes, los que están leyendo esta crónica, pensarán lo mismo que yo. No valía la pena hacerlo.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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