Desde Dentro de Cuba.

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30 de Junio del 2000

EL ESCRITOR Y EL POLITICO. Por Emilio Ichikawa Morin.

"El científico y el político" es el titulo que recoge las conferencias que ofreció Max Weber a la juventud alemana de postguerra(1919) con el objetivo de aclarar puntos importantes para elegir adecuadamente una profesión. Parece ser una preocupación importante de la escuela alemana. Los marxistas no olvidaran que este fue precisamente el objeto de la composición que redacto el joven Carlos Marx para vencer el examen de lengua alemana, convocado en el Liceo de Treveris con tema libre: "Reflexiones de un joven para elegir profesión".

Lo primero que fija la normatividad moral de la ciencia es la invalidez de los argumentos "ad hominem", lo que pudiera regir también en el ámbito de las discusiones literarias, plagadas entre cubanos de cuestionamientos "extra-artisticos". La pasada semana se discutió en el Centro Cultural Español de La Habana, entre otros, el tema de la legitimidad que le asiste al literato para participar en política. Con sus ideas, quiero decir, ya que desde Maquiavelo sabemos que la política real, esa que depende del dinero, las armas y la información, trasciende los límites de la inteligencia y la fantasía, que pudieran ser, "per definitionem", los atributos principales de un escritor.

Particularmente se cuestiono la pertenencia gremial del escritor Rolando Sánchez Mejía al conjunto de los escritores cubanos, precisamente porque este escritor tiene criterios respecto a la política. Es un asunto interesante pues, tal y como esta planteado, no se limita a considerar si puede o no ser miembro de la Unión de Escritores, lo que seria apenas una cuestión administrativa; el punto es: dada una previa comprensión del escritor y la literatura, del político y la política? ¿A que gremio pertenece Rolando Sánchez Mejías?. El primer problema que se presenta aquí esta en que, a diferencia del Medievo, donde estos grupos estaban definidos jerárquicamente mediante una escala respetada de maestros, oficiales y aprendices, la Modernidad disloca estas estructuras jerárquicas que cohesionaban los oficios. Paradójicamente, los literatos alcanzan el orden, no artística sino políticamente, es decir, mediante el poder que faculta a la burocracia para despedir o recibir en sus planillas a un escritor. Esta decisión no depende de un criterio estrictamente literario, ni siquiera estético. Como se aprecia, el fondo del problema esta en que, desde el punto de vista histórico y hasta epistémico, estas autoridades tienen una visión medieval del arte. Lo enfocan como un feudo que participa del poder social y que se autoprotege cuidando de no interferir con los poderes vecinos. Cuando una revista como TEMAS se ve obligada a sacar en su portada un lema tan obvio como: ¿Sin cultura no hay sociedad cubana posible? ¿Con quien está dialogando? Claro que no es con una comunidad cubana que tiene esto como presupuesto, sino con otros grupos de poder dentro del castrismo que sencillamente no lo comparten.

A los escritores cubanos se les ha inducido a creer que ellos no deben opinar sobre la política; en respuesta, han convertido esta limitación en una virtud. No es de buen gusto, desde la perspectiva gremial, pensar y escribir sobre la política. Un destacado escritor cubano, cuya integridad moral esta fuera de dudas, ha llegado a decirme que de la política no se puede escribir bien, que las palabras no encajan unas al lado de las otras.

Esta tesis ignora hechos básicos de la historia de la literatura occidental, donde grandes poetas han logrado una escritura política de máximo interés y hasta belleza. Dante, por ejemplo, escribió su DE MONARCHIA, Milton AREOPAGITICA y José Martí NUESTRA AMERICA sin que esas incursiones afectaran en lo mas mínimo su condición de escritores. Es muy normal que los poetas opinen sobre política, y muy normal también que se equivoquen. Habría que preguntar entonces que intereses persigue la política literaria cubana al presentar un habito como una infracción.

Yo he conversado reposadamente con escritores cubanos que se han inventado todo un sofisticado discurso para autoeximirse de la cuestión política. El apoliticismo esta tan afectado, que mas parece una pose que una tesis. Un joven narrador me contó que en un pueblito alemán, donde lo habían invitado a leer un cuento, alguien le pregunto por la política de Fidel Castro. La réplica estaba preparada; argumentó que el era un literato, y era de literatura que deseaba conversar pues la política era cosa de los políticos. "Si yo fuera un novelista francés, no me preguntarán por el presidente de Francia", dice que respondió.

El joven escritor desconoce que si un político alemán permite que se utilice parte del presupuesto de sus contribuyentes para que se le invite a el, simple mortal que en un desconocido barrio de Marianao ha conseguido escribir una decena de cuentos, no es por la habilidad singular con que utiliza el idioma castellano para referir escenas de la vida habanera. Ese escritor se ha vuelto interesante, ante todo, como una pieza para la antropología política del centro metropolitano; disfruta de esa condición que Milán Kundera llamara "realidad histórica sublime"; un plus de curiosidad que carga la periferia política y que el mismo predio cuando Chekia y Slovaquia advinieron a la democracia.

Si este escritor no calificara, como ha dicho Iván de la Nuez, en términos de "exóticamente correcto", difícilmente hubiera sido invitado a ese pueblo apacible en la rivera del Rhin. Es legítimo que ese descendiente de aquellos campesinos que impresionaron a Marx en el valle del Mosela le pregunte por Fidel Castro, como a un escritor libio se le inquiere por Kadafi o a un poeta iraquí por Saddam Husseim.

Converse con Rolando Sánchez Mejías varias veces en La Habana. Sus textos mantienen un diálogo crítico y a veces nihilista con cierta tradición escritural cubana; están, por tanto, anclados en esa misma tradición contendiente. Su poesía es mas inteligente que bella. Lee y estudia mucho, piensa de manera aguda, por lo que no es extraño que su incomodidad con la trivialidad cósmica alcance a la política de la isla. Hasta donde conozco, no dirige ningún partido y su entrenamiento militar es nulo. Ha escrito cartas publicas, manifiestos, pero ello no lo hace calificar como político; y si calificara, ya dije que no encuentro nada anormal en ello, ni razón alguna para negar este hecho incontrovertible: Rolando Sánchez Mejías es uno de los escritores cubanos más relevantes de la actualidad.

El profesor Salvador Vilaseca observó una vez que aunque Einstein tocaba el violín, ello no bastaba para demostrar la unidad entre la música y la física teórica. Mucho menos, para expulsarlo del gremio selecto de los pensadores de Princeton University o el Tecnológico de Zurich. Que Sánchez Mejías tenga opiniones políticas no significa nada mas que eso; ni hay un mas allá en que tenga, como ha demostrado tener, criterios sobre las peculiaridades fenotípicas de los carniceros de la Habana Vieja y algún Premio Nobel de Literatura.

Últimamente los estudiosos de Kant han debilitado la comprensión del concepto de "imperativo categórico"; tratándolo incluso como "inclinación moral". De ahí resulta que aquella prescripción según la cual hemos de actuar de manera que nuestra conducta pueda ser considerada una norma universal, se contraiga juiciosamente hasta el punto en que esa "universalidad" tenga sentido "para uno mismo". Esto indica, sin absolutizar, que la sinceridad de la acción tiene prioridad ante la eficacia del resultado. Por tanto, un escritor o una bailarina, un ebanista o un sastre, ni "tienen" ni "no tienen" que participar en política. Eso pertenece al campo de su arbitrio como individuo. Fidel Castro ha terminado por convertir a la política cubana en un coliseo para ejercitar maldades. ¿Ante ese hecho? ¿Que mas pudiéramos apetecer que permanecer al margen de ella? Pero hay algo que explica que muchos escritores y artistas, no solo cubanos, hayan tomado posición frente al castrismo: no se trata verdaderamente de una cuestión política, es sobre todo una cuestión moral.

No obstante, es probable que en el futuro, cuando algún estudioso de la literatura cubana haga un balance de estos tiempos, anote sobre el gremio en cuestión: escritores hábiles y simpáticos en su mayoría, ocasionalmente exitosos; su espíritu, en cambio, carece de profundidad, sus creencias religiosas son poco complicadas y su pensamiento político escaso de interés. Rolando Sánchez Mejías pudiera contar entre las excepciones.

Emilio Ichikawa Morin. Homestead, Florida. Junio del 2000.

Emilio Ichikawa Morín es un filósofo y sociólogo cubano.


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