Desde Dentro de Cuba.

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30 de Junio del 2000

EL ALMA ENCARCELADA. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Desde que la conoció aquella mañana junto al mar la quiso. Ella le había puesto la verdad en las manos. No tuvo miedo hablarle de los lados oscuros de su existencia. Había estado presa. Fue llevada a juicio. Quería que el supiera todo eso si iban a amarse. Después le contó la causa de su encierro. Llevaba unas ropas de encargo a la ciudad. Le estaba haciendo un favor a su mejor amiga. La detuvieron en el trayecto. Las ropas eran robadas. No hubo modo de convencer a las autoridades de su inocencia. La amiga se negó a decir la verdad dejando para siempre de ser su amiga.

El supo oir sus confesiones. La besó dulcemente en la frente cuando ella guardó silencio y le dijo:

- “No importa. Estuviste presa tú. Pero nunca te podrán encarcelar el alma.”

Días más tarde le regaló a ella un libro de una escritora norteamericana. De ahí del libro el había sacado la frase que le dijo. Ella leyó el libro y le quedó agradecida a él por tanto amor y tanta confianza. Caminaban por las calles después de hacer el amor y se sentían los dueños del mundo. La lluvia les caía durante horas sobre los cuerpos y la sentían como una caricia de dios mandada desde el cielo. El amor les entró con la magia que le entra a los que se quieren de veras. Parecía que nada ni nadie podría separarlos. Al fin y al cabo estaban tocados por la magia de dios y contra eso nadie puede. Así pensaba. Se sentían tocados por la magia divina y pensaban que contra tanta felicidad nadie podría.

Una tarde que salían juntos del cine fue la sorpresa. El auto frenó de golpe junto a ellos. Dos hombres uniformados se acercaron a paso rápido. Le pedieron a él la identificación ciudadana. Vieron que era el hombre que buscaban y se lo llevaron sin darle explicaciones a ella. Quedó sola en medio de la calle atontada y tímida como la pluma de un pájaro tirada desde lo alto de una estrella. Supo que otra vez llegaba el estigma de la cárcel. Esta vez sería él el prisionero.

Después lo supo todo. El era opositor al régimen en Cuba. Llegó el día de juicio. Todo juicio deja casi siempre una condena. El fue condenado. Luego ella supo que siete años era mucho tiempo para demorar los besos. El día que se lo llevaron preso el la besó y la recordó su frase preferida, aquella que sacó del título de un libro:

- “Recuerda, no podrán encarcelar el alma.”

Ella cerró los ojos tras el beso y la frase. Sintió un fuerte ruido de barrotes y cerrojos dentro del pecho. El corazón le latía a ritmo de pasillos cargados de silencios. La piel se le estiraba viendolo partir. Creyó tener dentro del cuerpo una prisión enorme.

Fue a las primeras visitas tratando de ser la misma de antes. Al cabo de dos años le contó la verdad en la última visita:

- “Quiero otro hombre. Ésta será la última visita.”

Terminó el tiempo reglamentario que dan los carceleros para hablar y verse a todos los que se quieren en el mundo. Ella salió sin mirar jamás atrás. El dio la espalda rápido y no supo si ella había mirado. Iba a lo largo del pasillo acompañado por el guardia. El hombre le hizo una pregunta sin mala intención.

- “¿Tienen problemas tú y tu novia?”

El movió la cabeza suavemente y negando. No quiso dar respuesta para su custodio. Al fin y al cabo, la cárcel y los carceleros siempre cargarán algo de culpa. La prisión no deja nunca de romperle algo al hombre por dentro. El supo soportar que ella estuviera un día presa. Ella no tuvo suficiente amor para compartir con él su encierro.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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