Desde Dentro de Cuba.

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09 de Junio del 2000

EL PRECIO DE UN HOMBRE. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- “El pescador nunca se dejó poner precio en su estatura de hombre. Ahora está muerto y sigue siendo un hombre sin precio.”

Así me dijo esa noche de velorio José Menéndez. Fue amigo de Rosales el pescador toda una vida y esa noche estaba con las demás gente en el velorio. Después de hablar le dio una larga fumada al cabo de tabaco que tenía en los labios. Miró un rato a la caja por lo que quedaba del cuerpo de Rosales y habló otra vez.

- “Hay hombres se se dejan poner precio. Entonces pierden en tamaño. Un cabo de tabaco como éste que yo llevo en la mano los puede superar en estatura. Eso es en lo que se convierte un hombre cuando se deja poner precio. Algo superado por un simple cabo de tabaco.”

José Menéndez quería hablar sobre los hombres con precio y los que no se lo dejan poner. Le dije que me contara. Me habló sobre la vez que llegó la guardia rural del gobierno de Batista a la casa de Rosales. Rosales no pensaba aún hacerse pescador. Trabajaba su pedazo de tierra ahí donde vivía. La gente de la rural andaba buscando a un muchacho que había llegado a la costa con un grupo de desembarco para coger las lomas y hacerle la guerra al gobierno. Con la gente de la rural venía como guía el flaco Padilla. Llegaron a casa de Rosales al oscurecer. El jefe de la tropa le habló a Rosales. Le dijo que se le daban doscientos pesos al quién entregara a cualquiera de los que habían desembarcado y se daban trescientos por el muchacho porque era el jefe. En aquel tiempo eso era buen dinero para un guajiro como Rosales que andaba enseñando por fuera toda el hambre que llevaban él y su esposa por dentro. Se fueron los de la rural y con ellos Padilla el flaco. Al caer la noche Rosales se fue a la cueva que había en la parte de atrás de su casa. Ahí tenía escondido al muchacho. Estaba conversando con el jóven cuando vio a la entrada de la cueva la figura estirada y traicionera del flaco Padilla. Había buena luna y Rosales había puesto dos faroles dentro de la cueva. Padilla se fue entrando a la cueva sin nadie invitarlo. Le puso los ojos en el cuerpo al muchacho y sonrió.

- “Rosales, este muchacho vale mucho dinero. Tu estás necesitado de dinero. Yo sabía que lo tenías aquí. Te vi cuando venías para acá. Te puedo ayudar a llevarlo para el pueblo y entregarselo al coronel.”

Rosales se levantó como un gato. Sacó el machete que llevaba a la cintura y dio un grito que hizo temblar las piedras de la cueva. El grito era como una sentencia cargada de hombría.

- “Yo no me dejo poner precio por ningún hombre, Padilla. Si te acercas a este muchacho yo te abro el cuerpo en dos mitades. Además, ya no te vas de aquí de esta cueva.”

Ayudado por el muchacho, amarró a Padilla y lo tuvieron preso hasta que llegaron los alzados a recoger al jóven. Se supo después que en la misma loma le hicieron juicio y lo ahorcaron por delator. José hace un descanso en su narración y entonces me aclara algo.

- “Ésto que te cuento fue antes del ‘59. Después del ‘59 Rosales siguió siendo el mismo hombre sin precio.”

Entonces empezó a contarme sobre el Rosales pescador después del ‘59. Me dijo que Rosales tuvo que irse de su tierra huyendoles a los de la rural. Sospechaban que ya ayudaba a los alzados. Salió de aquel lugar con su esposa. Llegó a un pueblo al norte de la provincia y ahí se hizo pescador ayudado por un hermano. En los años sesenta llegó lo de la otra prueba sobre el precio de Rosales, el que ahora era pescador. La gente de la seguridad del estado del gobierno de Fidel Castro buscaban a un hombre que había entrado por la costa. El que venía al frente de los de la seguridad habló con Rosales. Le explicó que el hombre venía del norte a conspirar contra la revolución. Confiaron en que Rosales les diría algo si sabía. Le prometieron un barquito para él sólo. Podría pescar todo lo que quisiera en ese barco prometido a cambio de entregar al hombre. Ahí mismo los de la seguridad fallaron. Le quisieron poner precio a Rosales y no lo conocían.

A la mañana siguiente entró Rosales al manglar. Ahí tenía escondido al infiltrado llegado por la costa. Le había llevado algo de comida y abrigo. En ese mismo momento salió del mangle Rosendo. Iba acompañado por la gente de la seguridad.

- “Ahí lo tiene, teniente. Se lo dije. Rosales andaba en algo.”

Esta vez Rosales no tuvo desquite. Le dieron el barquito a Rosendo y a Rosales lo condenaron a quince años por contrarrevolucionario. Salió bastante viejo de la cárcel. Ya su esposa había muerto. Sólo le quedaba morirse a él también y lo hizo. Mantuvo su hombría por encima de todas sus miserias. Ahí terminó José Menéndez su relato sobre Rosales el pescador. Volvió a mirar a la caja con el muerto y le dio otra chupada larga al tabaco. Fue entonces que vimos entrar a Rosendo. Saludó a los que estaban sentados a la puerta de la funeraria y vino hasta donde estabamos nosotros. Traía un cigarro apagado en los labios. Intentó pedirle el cabo de tabaco a José Menéndez para encender el cigarro. Ahí mismo José tomó el desquite que contra Rosendo no tuvo tiempo de tomar en vida Rosales el pescador.

- “Yo no le doy candela de mi tabaco a los basuras que se dejan poner precio.”

Le dijo ésto a toda voz en medio del velorio a Rosendo y tiró el cabo de tabaco al suelo para después marcharse. Yo salí detrás de él hasta que pude alcanzarlo y seguir juntos. Le tiré el brazo por encima de los hombros a José y me di cuenta que sí, que cuando un hombre se deja poner precio por otro, hasta un cabo de tabaco se le va por encima en estatura.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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