Desde Dentro de Cuba.

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20 de Mayo del 2000

UNA VOZ SIN MIEDO. Pinar del Río.- -“No hay combustible pero los jefes siguen en sus autos.” Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Con esas palabras el anciano rompió el silencio en la parada de omnibus.

Nadie respondió pero todo el mundo pensaba lo mismo. El viejo había hablado confiado en el respaldo de sus años. Los niños y los viejos dicen lo que sienten y nadie puede juzgarlos. La parada estaba bien llena de gente esperando el omnibus. Pasaban muchos carros con matrículas del estado y ninguno se detenía. La gente empezaba a desesperarse. Muchos llegarían tarde al trabajo. Otros tenían que resolver problemas domésticos y otra infinidad de asuntos que siempre tiene que resolver el cubano y no tenían condiciones para ello.

Pasada unas horas todas la miradas fueron dirigidas al anciano. Tal vez querían que volviera a hablar. Las palabras de acierto del viejo eran a lo mejor un alivio. Todo sería fácil. El viejo podía hablar y no tendría problemas. Era como si hablara un niño.

-“Estas cosas pasan aquí hace cuarenta años porque todo el mundo tiene miedo. Hay gente que protestamos pero el rebaño es más grande y no se oyen las protestas.”

Había un policía al otro lado de la caseta de la parada de omnibus. El policía oyó esta frase del viejo y entonces salió hasta el grupo de gente junto al anciano.

-“Déme su carnet de identificación, viejo.”

Entonces el viejo suspiró profundo como queriendo llevarse en los pulmones todo el aire que había ahí con ganas de ahogar al policía y con más ganas aún de ahogar en su miedo a los cobardes que no hablaban.

El viejo le entregó el carnet al policía. El hombre de uniforme lo notificó y le entregó el comprobante de la multa. El viejito recibió el papel con el recibo de la multa y preguntó:

-“¿Y esta multa? Yo no manejo.”

Algunos en la parada sonrieron pero seguía el miedo.

-“Es por difamar del gobierno, señor. Por eso lo multé.”

El policía volvió a su lugar al otro lado de la caseta de la parada de omnibus bien separado de la otra gente.

Algunos de los de la parada habían empezado a marcharse derrotados. El viejo parecía no darse por vencido. Estaba ahí en el mismo sitio como quien se ha quedado con ganas de soltar algo y no puede hacerlo. Entonces cuando uno está en esa situación no puede ir a ninguna parte. Se queda como clavado en el suelo. Así estaba el viejo después de ser multado por hablar.

Pasada una hora después de la multa un carro con matrícula estatal llegó a la parada. El chofer sin saludar a los demás llamó por su nombre al policía. (Quien escribe ésto se reserva el nombre del policía.) Sin saludar a nadie más y lo invitó a subir al carro. Cuando el carro se alejó con el policía y el amigo que lo había recogido, todo el mundo miró al viejo. Entonces el anciano movió a un lado y al otro la cabeza contrariado y soltando las palabras como quien da una receta sin remedio dijo:

-“Es lo que yo digo. No hay combustible pero los jefes siguen en sus carros. Y el rebaño sigue creciendo.”

Sacó el papel de la multa de su bolsillo y lo botó despreocupado, abandonando con desgano la parada con su gente silenciosa.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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