Desde Dentro de Cuba.

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13 de Mayo del 2000

CARTAS EN UN PAÑUELO. Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Ella miraba los árboles del parque y se hacía mil preguntas. Todas las preguntas quedaban sin respuestas. En aquel mismo banco donde estaba sentada, su novio le había dado el primer beso. Fue un beso para no olvidar nunca. Habían decidido casarse el año entrante. Fue al finales de diciembre que se concocieron. Ahí estaba el mismo aire frío de aquellos días, pero faltaba él.

En el primer mes del año que escogieron para casarse él fue movilizado. A ella le dijeron que lo mandaban a una guerra distante. El no quiso decirle la verdad. Lo cierto es que lo llevaron a esa guerra. En toda la isla llevaban gente a la guerra. Pasaron los meses y llegaron las primeras cartas en las que él hablaba de selva, animales raros y otras cosas. Nunca le habló de balas y muertes. El entendió que no valía la pena preocuparla. También le hablaba en las cartas del matrimonio y de los muchos niños que tendrían. Los niños le gustaban mucho a él. Cuando iban a ese mismo parque jugaba con ellos. Quería tener muchos niños para llevarlos al parque cuando quisieran.

Un año y seis meses después no hubo más cartas. Ella siguió yendo al parque. Entonces comenzaron a llegar aquellas preguntas sin respuestas. Quizás en aquel lugar lejano él se había enamorado (pensó). Eso no era justo. Al menos debió escribirle contandole de sus amores nuevos y extraños. Eso sería lo justo pero no llegaban cartas. Una tarde sentada en el portal de su casa vió llegar el carro con dos militares. Llegaron serios como todo él que tiene que dar una noticia inesperada y desagradable. Entonces le dieron la noticia. Al principio supo soportarla sin llanto. Los hombres se fueron y ella entró a su cuarto. Entonces lloró con toda la rabia del mundo. La injusta había sido ella, inventandole amores inexistentes a él. Le pedió perdón mil veces y lluego se dió cuenta que los muertos no oyen. Por eso no perdonan ni buscan a nadie.

Más tarde comenzó la rutina de los viajes al mismo parque. Después de aquello el parque fue más triste. Miraba a los niños jugar y no escuchaba las risas. En un árbol junto al banco siempre hubo dos pájaros. Eran una pareja como ellos. Ahora había uno solo. Ella no sabía cual faltaba. Es muy difícil saber eso en las aves. Quizás fuera la hembra. Seguía mirando los árboles esa tarde y le pareció que el aire era mucho más frio que cuando él estaba. Siguió haciendose preguntas sin respuestas. Eran preguntas huérfanas de explicaciones. La dejaban en aquel desconcierto en el que se quedan las gentes que se pierden. ¿Por qué aquella guerra? ¿Por qué tuvo que irse tan lejos a matar o ser matado? ¿Quién había inventado las guerras?

Así pasó un buen rato hasta que llegaron los vecinos y le avisaron que iba comenzar la ceremonia. Ella se levantó del banco y el aire le dió suave en el pelo, haciendole sentir una de aquellas ya perdidas caricias. Al caer la tarde todos se habían ido. El cementerio era un callado imperio por partida doble. Ella estaba sentada en uno de los bancos del panteón donde los habían enterrado a todos por decreto. Ahí en el cementerio la siguieron acosando las preguntas. ¿Por qué lo habían traído tan pequeño? ¿Por qué esa pequeña caja para aquella estatura inmensa de besos y sueños? ¿Por qué le habían cambiado el parque por estos muros del silencio?

Entonces miraba los árboles del cementerio y se daba cuenta que sería de esa manera definitivamente. Ella estaría toda la vida sacandose del pecho mil preguntas sin ninguna tendría ya respuesta. Sabía que en la isla los sueños podían romperse como se rompe un pañuelo viejo. Aún te los rompen y no te dan respuestas. También pueden cambiar del aire diáfono de un parque por el silencio infinito de un panteón de un cementerio.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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