Desde Dentro de Cuba.

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08 de Mayo del 2000

UN VIEJO Y EL MAR.Por Rafael Contreras, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- El viejo se pasaba largas horas frente al mar. Había convertido eso en una rutina. Pero los que lo conocían sabían de sobras que eso era mucho más que rutina. Entre el mar y el viejo había lazos. En ocasiones los lazos atan. Los que existían entre el viejo y el mar eran lazos de recuerdos. Los recuerdos el mar y el viejo formaban fuertes lazos.

Frente a ese mismo mar el viejo había visto salir el barco que se llevó a su hijo. Fue en los años ochenta. El hijo del viejo fue llevado a una guerra ajena y lejana. Era una guerra que no tenía nada que ver con la isla. Pero metieron los cubanos en ella y hubo que ir y morir también si era necesario.

El hijo del viejo fue de los que murieron en aquella guerra en Africa. Un tiempo después trajeron lo que quedaba del hijo del viejo. También trajeron lo que quedaba de muchos que habían sido llevados a la guerra. Después el viejo hablaba con los amigos sobre su hijo. Les decía que le molestaba mucho que lo hubieron traído a su hijo reducido a tan poco espacio. Era del carajo ver como un muchachón de casi seis pies cabía en una cajita tan pequeña. La muerte era algo demoledor.

Con la muerte del muchacho fue cuando el viejo empezó su cosa con el mar. Seguía viendo el barco grande llevandose a su muchacho y a los otros que con él se fueron a la guerra y la muerte.

Después, fue lo de la salida de la hija del viejo. Una tarde le vinieron con la noticia. La hija se le había ido en una lancha para Estados Unidos. La cosa había sido en una embarcación de la cooperativa pesquera del pueblo. Se fueron unas cuantas gentes. Lo triste del caso es que no se sabía nada de la hija del viejo. Sólo eso, que se había ido. También se sabía que la lancha había tenido problemas y alguna gente se habían ahogado.

El viejo no supo más de su muchacha. El vivía solo con ella. La vieja no pudo soportar el golpe de la muerte de los dos muchachos y el corazón se le paró una noche. En este mundo sólo el viejo tenía a esa hija que ahora no aparecía. Por eso el viejo se iba al mar. Algunas veces se metía en conversaciones duras con el mar. El le decía “la mar” y le decía hasta “puta”.

Pero cuando más odió el viejo al mar fue el pasado diciembre. Todo el mundo supo lo del muchachito cubano náufrago. Luego, todo el mundo supo hasta dónde estaba llegando lo del muchachito náufrago. El viejo vió todo lo que se publicaba. Vió a los familiares del niño aquí en Cuba hablando y pidiendo al niño. Entonces empezó a confundirse y a molestarse. En medio de un acto político de lo se dan ahora, el viejo gritó.

--¡Que no me jodan, carijo! ¡Yo también perdí a mis hijos y no le importó a nadie! ¡Esos son unos falsos! ¡Sabían lo del viaje del muchachito!

La gente no hizo nada en el acto. Fue grande la sorpresa. Muchos pensaron que el viejo no escapaba de esa. Aquí estaban los de la policía del pueblo y tampoco hicieron nada. Parece que también la suerte andaba por ahí cerca y se arrimó al lado del viejo.

Ahora lo que dicen es que le viejo está loco, que las visitas sequidas al mar le aguaron el cerebro. En fin, no le hacen caso aparentemente a lo que dice. El otro día el viejo volvió a soltar una de las suyas. Había un grupo de pescadores en el bar. Estaban hablando sobre el viaje de las abuelas del niño náufrago a los Estados Unidos. El viejo venía de hablar con el mar. Llegó ahí al bar. Miró al grupo de gente y luego miró por la ventana del bar a la costa antes de soltar la frase.

--Es una cabrona la mar. Jode a unos y a otros los salva. Se salvó el vejigo y se salvó en tierra la parentela que vive aquí en Cuba. Esa gente no va a odiar nunca a la mar como yo la odio.

--Contra, viejo, pero a ellos también la mar les ahogó a su muchacha.

Así le contestó Tejeiro, el patrón de barco. El viejo lo miró de arriba abajo, metió un suspiro que se oyó en todo el bar del puerto y dijo:

--¡No jodas, Tejeiro! La mar se prestó para arrancarme a los míos ayer. Hoy se prestó para limpiar a esa gente.

Salió rápido del bar. Se fue otra vez rumbo a la costa y la arena. El viejo iba a seguir diciendole cosas al mar esa tarde. Se daba cuenta que la gente no querían entenderlo. Por eso prefería pasarse largas horas frente al mar hablando. Él la hablaba al mar y eso era señal de que sabía escuchar.

Rafael Contreras, Cuba Free Press.


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