Desde Dentro de Cuba.

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07 de Marzo del 2000

MEMORIA DE LA LLUVIA (LLEGO CON TRES HERIDAS). Fragmento del Poema de Miguel Hernández. Por Rafael Contreras Bueno, Cuba Free Press.

"Llegó con tres heridas, la de la vida, la de la muerte, la del amor". Miguel Hernández. Miraba caer la lluvia y sabía de sobra que tendría sólo eso. Muchas lluvias futuras, incontables amaneceres y otra cantidad infinita de atardeceres y noches atados a la cuadrada dimensión de la ventana por donde ahora miraba.

La vista era buena desde la segunda planta. Toda la calle se entregaba a la amplitud de la mirada como una mujer recién bañada y dispuesta a la entrega. La madre le había hablado hacía un rato pero no entendió nada. Cuando se metía en los recuerdos viajaba lejos. No tenía entonces tiempo para comprender lo que se hablaba a su lado. Ahora la lluvia lo hacía viajar bastante lejos. Llevaba la mirada hacia la esquina y veía pedazos de parque. En aquel parque había jugado sus primeros juegos, llevado de la mano de su padre. También allí tuvo sus primeros encuentros de amor de manos de la vida. Recién cambiaba la piel de adolescente cuando conoció a Lisandra. Ella entró a sus poros como el viento que no avisa. Fue llenando cada pedazo de su sombra y puso en cada banco de aquél parque el ruido tumultuoso de los primeros besos llenos de miedo. Cubriéndolos de un polvo que aceptaba los retos y ofensas del olvido.

Recordaba también que en medio de un atardecer que se empeñaba en dejar caer la lluvia sin permiso, le dijo a Lisandra que quería casarse. Ella enseñó todo el verde de sus ojos de embrujo y le dio un beso grande y ancho como el suspiro de un cíclope. Faltando apenas un mes para la boda llegó la guerra.

La de la muerte.- La muerte podía respirarse en el interior del blindado. Alguien bostezaba queriendo aparentar confianza. Entonces recordó la similitud que existe entre la muerte y el sueño. Aún no había salido el día. El tanque le iba rompiendo los aires a la noche de la selva. Horas antes el jefe de la división había ordenado al teniente reunir la brigada. Luego anunció que serían los primeros en la caravana. Fue cuando se dio cuenta de que estaban en la antesala de la muerte.

La muerte tiene habitaciones como una enorme casa. Deja la puerta de entrada y salida abiertas. Uno apenas se da cuenta cuando va entrando. Nadie hablaba en el blindado. Nadie se miraba. Sólo se escuchaba el ruido monótono del pesado equipo mordiendo el polvo de la carretera. De un momento a otro el ruido podía ser cambiado por el estruendo implacable de una mina enemiga. Entonces, en breve, todos o casi todos, podrían estar muertos. Dentro de un blindado pocos escapan al manotazo de una mina. Para eso se fabrican, para que nadie escape. En medio del acero y del silencio no podía sacarse a Lisandra de la cabeza. Podía sentir hasta su perfume. Un perfume que retaba a cualquier otro olor. Se atrevía a enfrentar hasta los olores de campaña dentro del carro de guerra. Siempre el olor de Lisandra ganaba. Lisandra olía a lluvia, a flor de lejanía virgen, Lisandra era un manantial perfumado que ganaba a los olores de la guerra. Pero ni todo el perfume de Lisandra ni todas las flores del mundo se hicieron para ganarle al ruido infernal de la metralla. Nadie escuchó el estruendo de la mina en contacto con la rueda. Tampoco él. Reinaba el silencio de la muerte. Contra este silencio, no puede ni el ruido de la guerra.

La del amor.-

El amor le había preparado su trampa. El creyó siempre estar listo para todo. Se escudaba en aquel amor tremendo que le daba Lisandra. Había toda la confianza del mundo para enfrentar la vida con sus dardos de incertidumbre y sorpresas. Pero el amor le había preparado una de las suyas. Llegó de la guerra diferente. Llegó huérfano de pasos. Todos lo esperaban en el barrio. Su madre lloraba, el padre enseñaba el orgullo, pero también se le veía en la mirada algo de lástima. Y el no quería que se la tuvieran. Ahora en toda la Isla la recibían como héroe. Pero no valía la pena. Era una guerra impuesta. Nadie pagaría nunca el saldo dejado. La guerra es como una prostituta de larga carrera, siempre pasa la cuenta. Más tarde llegó Lisandra. Lo besó suavemente en la cara. Un beso de alivio. Un beso que preparaba el camino de la eterna lejanía. Los primeros días, Lisandra lo visitaba, después se fue alejando. El pudo darse cuenta de que a ella le faltaba valor para la confesión final. La llamó. Ella vino y hablaron de cerca y por última vez. Le dejó abiertos todos los caminos demostrándole con ello cuánto la quería. Demasiado. El amor le gana todas las peleas a los demonios del egoísmo. Se enteró después que Lisandra se había enamorado, que se iba de Cuba al exilio. Sabía que ella ya estaba lista para salvar el amor en otros lugares. A salvarlo habían aprendido juntos pero...esa guerra impuesta, a él le truncó los sueños.

De la Vida.-

Ahora miraba caer la lluvia. En el espejo de la lluvia se veía más viejo. Habían pasado los años, casi 20. También las heridas eran más viejas. Pero seguían siendo serias. Todas son serias en el hombre. La que más le dolía era la de verse mantenido por sus padres. Regresado a una niñez que no quería. Lo habían dejado sin trabajo. A nadie en este mundo se le va a ocurrir darle trabajo a un bailarín sin pasos. Esa mañana llegaron noticias del exilio, supo que Lisandra era feliz y tenía dos hijos. Seguía bailando, en la vida, en los escenarios. Dijo que se alegraba, pero su madre lo vio llorando. La vida le había enseñado a Lisandra, una deuda que jamás podría pagarle. La muerte le rompió las esperanzas. Lo dejó marcado por la culpa de la guerra. Le llenó de ruidos el silencio de los oídos. Ruidos internos, silencios exteriores que le mutilaron también las palabras.

La vida también le había dado el tiro de gracia. Se cansó de mirar caer la lluvia, llamó a su madre que tejía en un rincón de la sala. Le dio las buenas noches. Fue a su cuarto, sin otra compañía que su sillón de inválido.

Rafael Contreras Bueno, Cuba Free Press.


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