Desde Dentro de Cuba.

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21 de Febrero del 2000

EL FRUTO PROHIBIDO. Por Rafael Contreras Bueno, Cuba Free Press.

Pinar del Río.- Andrés Serrano tiene una familia grande. Cinco hijos, la esposa y una madre inválida. El guajiro Andrés es uno de los mejores criadores de aves de toda la zona. Desde el día en que instalaron la granja estatal ahí, todo mundo supo que el guajiro Andrés trabajaría en ella como criador de pollos. Ya lleva tiempo en la Granja. Cuenta siempre sobre la cantidad de pollos que han pasado por sus manos. Dice que es bonito coger al pollito recién nacido y encaminarlo hasta que sale listo para el consumo. "Ahí se ve el fruto del trabajo de uno, no?". Pero hace poco el guajiro Andrés se dio cuenta de lo lejos que tiene el fruto.

Ese domingo Andrés decidió ir de visita al pueblo. Hacía días que en su casa el asunto de la comida andaba flojo. Ninguno de los muchachos probaba carne hacía rato. Y eso que siempre que cae algún pedacito de carne en la mesa, se les da a ellos y a la anciana madre inválida. Andrés y su esposa se contentan con mirarlos comer. "Primero están la "vieja" y los muchachos".

Ese domingo salió al pueblo el guajiro. Anduvo por los mercados y no encontró lo que buscaba. Desde la noche del sábado tenía la idea rondándole. Llevaba algo de dinero, pensaba poder comprar un pollo y llevarlo a la casa. A lo mejor el pollo que comprara, sería uno de los muchos que él ayudó a crecer. Sería como probar el fruto del trabajo.

Tomó por la calle principal de la ciudad y los ojos se le llenaron de asombro. Hacía tiempo que no la visitaba y nunca imaginó que hubiera ahora esa cantidad de tiendas nuevas, exhibiendo cosas que él nunca había soñado ver en su vida de guajiro. Maravillado llegó a la tienda de los víveres. Casi no puede entrar. Le resultó extraño y complicado el mecanismo de la puerta. Lo ayudaron y al fin se vio adentro.

Exhibían todo tipo de carnes. El guajiro se fue acercando al mostrador y a través del enorme cristal de la mesa refrigerada vio lo que buscaba. Un jugoso pollo ahumado enseñaba todo su esplendor dorado. Andrés lo supo enseguida. Ese era el pollo que merecía. Ahí estaba el fruto de su trabajo. Justo era que probara de él. Pero la decepción llegó cuando el joven tendero le dijo el precio. Aquel lugar era de venta por divisas (dólares) y Andrés nunca ha llevado un dólar encima. El guajiro tiene un salario de 138 pesos mensuales y con eso debe mantener a sus hijos y su madre. El pollo estaba a 5 dólares, al cambio son 110 pesos. Andrés supo entonces que jamás podría comprarlo.

Salió de la tienda despacito, como contando los pasos, con pena, avergonzado. Sí pasó la pena y la lleva ahora por dentro, como una espina maldita, como un deseo insatisfecho, como una inseguridad, como una congoja. Se fue rumbo a su casa sabiendo que al terminar el domingo y llegar el lunes, bien temprano él se iría a la Granja, tendría en sus manos de criador bueno otros pollitos, recién nacidos, y de la anterior satisfacción por hacerlos crecer, nadie le puede quitar ya la amargura de saber que nunca estará a su alcance el fruto de su trabajo. Lo que gana, no le da. ¿Cuántos domingos más deberá pasar este guajiro sabiendo que jamás verá un pollo en su mesa? Ya no puede, como antes, criarlos en su patio, está prohibido. Los dos o tres que alguien tenga, son considerados "emergencias" y es imposible sacrificarlos. Por otro lado, los que se atreven corren el riesgo de ser robados y luego, además, tener que pagar la multa. No, los domingos con pollo a la mesa, han pasado a ser una quimera para Andrés, el campesino cubano.

Rafael Contreras Bueno, Cuba Free Press.


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