Desde Dentro de Cuba.

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08 de Febrero del 2000

EL PECADO CAPITAL. Por Armando Añel, Cuba Free Press.

La Habana.- El pecado original de los periodistas (oficiales) cubanos, es no haber hecho la revolución. Sólo han conseguido que degenerara. Si revolución significa cambio, novedad, progreso, hay que ver que una buena parte de la culpa de que en Cuba la revolución haya expirado, la tienen los intelectuales, pero sobre todo los periodistas. La función crítica del periodista, cualesquiera sea el tipo de sociedad en que se desenvuelva, es tan necesaria a la nación como el martillo al carpintero. La nación, y con ella la revolución que la propulsa, necesita del periodista porque sin él carece de espejos donde mirarse. Sin espejo, sin la imagen de sí misma, la revolución naufraga irremisiblemente. Con su desmesurado servilismo, los periodistas oficiales cubanos no han querido echarle una mano a la nación, han enterrado a la revolución con las ruinas de sus propias escrituras. Sin inmutarse siquiera. En pleno ejercicio del papel que les han asignado.

Confieso, sin embargo, que no me gusta nada la palabra revolución. Uno tiene sus prejuicios, y entre los míos está el del dichoso término. Entre los míos y entre los de muchos que, como yo han sobrevivido al peso muerto de tanto "revolucionario". Prefiero la palabra ingenuidad.

El pecado original de los periodistas oficiales cubanos, el estremecedor segundo pecado, pudiera ser el de su ingenuidad. Pero esa ingenuidad, tomada como coraza, no necesariamente implica torpeza. En ocasiones, la ingenuidad también es la cortina de humo tras la que se atrinchera lo terrible (todo Ángel es terrible, decía el viejo Rilke). Aún así, ¿realmente son ingenuos los periodistas gubernamentales? Una pregunta nos conduce a la otra. ¿Y no será que están desinformados? ¿No será que les racionan los cables como a la población los frijoles? A juzgar por las apariencias, ellas no nos engañan. Pero aún cuando la cuestión de los cables, (o de los frijoles), no sea de segundo orden, la nueva generación de periodistas oficiales corre un riesgo mucho mayor: El de terminar mordiendo la cola que hasta ahora han agitado libremente.

Me explico. En la pasada Cumbre Iberoamericana uno de estos jóvenes periodistas cometió el error de preguntarle a un visitante por qué se reunía con "contra revolucionarios". Digo error porque la televisión cubana transmitía en vivo los pormenores de la actividad, de manera que el pueblo pudo escuchar la respuesta. Por estos días también en vivo y sin caer en la cuenta de las pocas neuronas que estaba en juego, la misma periodista interrogó demasiado incisivamente a una señora cuya contesta ha provocado una oleada de críticas del otro lado del charco. No quiero decir más porque creo que el amable lector haya captado la esencia del mensaje. No todos (los periodistas oficiales) son execrables u oportunistas. Los hay que meten la pata. Los hay que se creen lo que dicen. Los hay que hasta revelan una cierta independencia informal. Aunque con el tiempo y un empujoncito, acaben rectificando.

Por si se me disculpa la ligereza el pecado capital de los periodistas oficiales cubanos es que son extremadamente aburridos. Leer una publicación oficial en la Isla es como pescar en las turbias aguas de un parte meteorológico. Seriotes, apesadumbrados, invariablemente desabridos, los "informadores" al servicio del gobierno de Fidel castro parecen querer meterle miedo al susto con su cara de pocos amigos, su inagotable tremendismo, su grandilocuencia teatral por medio. Algo imperdonable para una nación que por sobre todas las cosas, necesita reír. Reír hasta descoyuntarse. Reír hasta las últimas consecuencias. Reír hasta olvidarse de qué rayos se está haciendo. Porque aunque no hayan motivos suficientes para hacerlo, la risa en Cuba es cuestión de vida o muerte. O te ríes de todo o terminas odiándolo todo, hasta a esos periodistas oficiales que con su almidonada verborrea, de cuando en cuando también mueven a risa.

Armando Añel, Cuba Free Press.


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