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La Habana, 15 de julio de 1998, Cuba Free Press.
LA CONCIENCIA DE OBRAR BIEN El autor de este trabajo perdió a su hijo, a un nieto, y a varios familiares en el hundimiento del remolcador "13 de Marzo" Colaboración especial para Cuba Free Press de Jorge Andrés García Mas.
La Habana, Cuba Free Press.- Mi casa siempre fue un recinto de amor y esperanzas. Un palacio de melodías.
En el verano del '94 se convierte en santuario a donde acuden infinidad de peregrinos. No viene a venerar imágenes, como suele hacerse en los templos. Comparecen en comunión con nuestro dolor y para rendir tributo a mis muertos.
La calle es un calvario creciente. Confundidos en la multitud menudean quienes conjugan el odio y la violencia. Estos últimos parangonan a los encapuchados del KKK. Si bien no blanden la cruz de fuego, esgrimen la mordaza de hierro para socavar las raíces de la dignidad humana. Una especie de flagelo cuyo contraste moral lo exponen a la medida de la degradación que los envilece.
Adentro todo es luto. Mi hija se debate entre lo temporal y lo eterno desde su lecho de recuerdos. Ella escapa, milagrosamente, de las entrañas del mar, montada en la caracola de socorro de Poseidón pero queda inmersa entre los abismos de la vida. Su mente conserva la imagen de aquel venablo con tres filos de agua que hunde el honor marinero y le arranca al hijo de su regazo, del que sólo alcanza a ver las pompas de aire salidas de sus pulmoncitos encharcados, reventados en la superficie del litoral.
En medio de este panorama desolador, la conciencia de obrar bien siempre queda por encima de la voluntad del mal. El encargo viene facturado bajo la misericordia samaritana de Sor Judiht y Sor Lucía, dos monjitas, hijas de Dios, de la iglesia de nuestra Señora de Guadalupe, en Regla.
Ellas salvan peligrosos escollos y llegan a hasta nosotros animadas por la voluntad divina. No traen porras ocultas bajo sus atuendos civiles. Sus armas son sus almas henchidas de cielo. Lo imprescindible para llevar a cabo su misionera labor de fe, a merced del ejercicio de la plegaria.
El par de horas junto a las monjas son un bálsamo para mitigar el impacto sufrido. Nunca antes mi hija oró con tanta fuerza, nunca antes fuimos objeto de tanto altruismo. Una Biblia, una flor y la promesa de futuras visitas sellan el efímero encuentro. En tanto, recuperamos el consuelo, se reparten los cumplidos por espacios de varias semanas y germina la semilla de una amistad eterna.
Desde entonces ha corrido algún tiempo. Ya las penurias nos abaten menos. Estamos más conformes y mis sentidos no dejan de inquirir: ¿Gozarán esta misma suerte de paz aquellos mezquinos que sirvieron como medios a otros para legitimar la esclavitud y los males peculiares del tribalismo?
La parábola pone al desnudo una lección: un hombre sin dignidad carece de encumbramiento y pierde la ruta. En fin, deja su frente sin luz para emprender senderos sublimes.
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