Desde Dentro de Cuba

Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.

La Habana, 17 de abril de 1998.

Manolo y el Tiempo Roto. Por Raúl Rivero, Cuba Free Press.

En París, ahora en abril, lejos de Camagüey, de Arroyo Naranjo y del Vedado, acaba de morir el escrtor cubano Manuél Granados, un tipo alegre y controvertido que en 1991 tuvo que asilarse en Francia. Era un pecador intenso y consuetudinario, pero el pecado que emparenta definitivamente a todos los escritores - la vanidad - no era el mas sobresaliente de su biografía. Se movió siempre en un segundo plano en el llamado mundo cubano de la cultura porque le gustaba dudar, sospechaba de las certezas y se sentía mejor en el territorio particular que se había agenciado en la compleja Cuba de las últimas décadas. En 1958 se alzó en la Sierra Maestra contra la dictadura de Fulgencio Batista. Un amigo de su Camagüey natal, le dió un revólver con cuatro balas y unos meses después entró triunfal en La Habana. Con esa vocación enunciada de no permanecer en la arboleda, sino en el follaje circumdante terminó su marcha de héroe como policía y casi sin transición pasó de vigilante a vigilado.

Manolo Granados era sobre todo un gran irreverente. Un cubano genuino, que nunca, ni aún cuando tenía fe en el proceso político de este país, aceptó la tontería ceremonial, las orgía de ortodoxia marxista ni el patrioterismo verbal de las autoridades. Se burlaba de los funcionarios y de las instituciones vacías, porque ante los reflejos sociales del fraude ético, ponía un carga de cinismo, conocedor de que el cinismo a veces ayuda a defender la libertad.

En estos días las decenas de amigos escritores y artistas que comentan su muerte, conocida sólo por la radio de onda corta, recuerdan con mucho sentido del humor, que Manolo fué un precursor del cuentapropismo y del mercado libre. En los 80 sin empleo, siempre sonriendo y un poco misterioso, Granados solía visitar la sede de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, en medio de una culta exposición sobre los abatares de Carlson McCuller o después de recordar un pasaje de Savonarola, Manolo se inclinaba sobre alguno de los presentes y lanzaba esta propuesta insólita: ¿te interesa comprar unos aguacates? Tengo también conejo, pollos, mangos, malanga, ajos, cebollas, cilantro, zanahoria y jugo de tamarindo. Granados viajaba en la madrugada a ciertas zonas de Pinar del Río y por las tardes regresaba con varios sacos de yute y cajas de cartón con productos del campo. De eso vivía. Y de eso moría. Su gestión de ventas alcanzaba lo mismo a un amigo escritor que a un atildado funcionario del Partido. Si alguien le recomendaba discreción, respondía invariablemente con este verso de su coterráneo Nicolás Guillén: "Que se avergüenze el amo." Así, como impulsor involuntario y clandestino de esa corriente económica, escribiendo en la noche sus relatos y novelas, lo sorprendió la década de los 90, pobre y en la lucha por sobrevivir, libró otra batalla abierta en la búsqueda de un espacio para sus libros.

No estoy enfrascado en la narración de su vida, trado sólo de hablar de Manolo Granados, como amigo, como cubano que se empeñó en permanecer en una sociedad que ya lo había excluído, lo había etiqueteado, y le había marcado su destino. Su obra que estoy seguro habrá de difundirse con amplitud en su momento, que es ahora pasto de críticos, aunque sus trabajos finales, lo que hacía en sus últmos años, pertenece a la categoría de lo inaccesible, porque para quienes vivimos aquí a veces es imposible saber, incluso, que escribe un amigo de Mantilla, por ejemplo.

Me gusta recordar ahora aquél verano de 1991, cuando junto a Manolo Granados y a otros escritores, Luque Escalona, María Elena Cruz, Bernardo Marquéz, Nancy Estrada Ferpa, Fernando Velázquez, y Manolo Díaz Martínez, firmé la llamada "Carta de los Diez." Me gusta recordar aquellos meses porque Manolo estaba vivo y en Cuba, entre otras cosas. A el lo tengo en la memoria, alto, siempre incrédulo, con sus espejuelos de producción nacional asegurados con un alambrito de cobre o un hilo de coser, su gorrita de Rolando Laserie, inmerso en la vida con valentía y observando lo que pasaba en Cuba con reserva y fascinación. FIN, por Raúl Rivero, Cuba Free Press.


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