Desde Dentro de Cuba

Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.

La Habana, 2 de abril de 1998.

Capítulo II -- Cuando el Silencio Calla. Por Ricardo González Alfonso, Cuba Free Press (de la serie satírica, El Encubrimiento de Cuba).

Erraron los cronistas. Los perros aborígenes no eran mudos. El Cacique en Jefe no los dejaba ladrar. Los papagayos y las cotorras sí podían emitir sus cantarillas, siempre y cuando no pidieran "casabe p'a la cotica"; y en cambio exclamaran con su dicción de media lengua: "¡ViiiVaaaa el Caaaciiiqueee!"

Pero estas algarabías solo se formaban en las efemérides nativas. El sonido más cotidiano era el de un mayoguacán que tocaba un guanatabey para transmitir las no-ticias oficiales: "Que si este año la cosecha de coíba no habría magulla que la parara. Que ahora todos los aborígenes podían comer catibía. Que los Caribes no eran tan fieros como se pintaban. Que se había sentado un montón más de conuco de maíz. Que el año que viene la cosa no iba a estar de yuca y ñame; y que si algunas cosas no iban bien, se debía al bloqueo de los apaches.

Y de tanto ruidito de mayoguacán, los indígenas apenas se daban cuenta que cada vez eran más pequeñas las hojas de coíba. Que las bolitas de catibías estaban tan duras que les hacía estallar los dientes. Que las mazorcas nacían sin granos. Y que los macanazos de los Caribes no había cemí que los aguantara; de modo que ni el más osado Siboney se atrevía a comentar: "¡Ay, si hubiera yuca, ñame y boniatos!" Por lo demás, unos más que otros, todos estaban convencidos que si no había donde amarrar la iguana, se debía a los malditos apaches.

Un día se vió un mayoguacán con noticias diferentes. Informó de los abusos de los Caribes. De los derrumbes de los caneyes y de las barbacoas. Que las cosechas, desde el maíz al coíba, eran un desastre. Que no era justo que los aborígenes comieran catibía y tomaran chicha de pipa, mientras que los españoles, el Cacique en Jefe y los suyos se alimentaban con jamón de Castilla y bebían jerez. Y a golpes de mayuguacán preguntaban: "¿Porqué hay bloqueo o embargo para los aborígenes y no para el Cacique?"

Los Caribes sorprendieron al autor de los mensajes. Era un taíno independiente. Le confiscaron el mayoguacán, y poco falto para que lo quemaran vivo o lo desterraran al país de los apaches. Fue inútil, sonaron otros mayoguacanes. Nuevas confiscaciones. Nuevas amenazas y hasta algún que otro macanazo. Y más de uno tuvo que cruzar en canoa la mar océano.

Por otra parte, cada vez que se escuchaba un mayoguacán independiente, cien guajanatabeyes soplaban sendas trompas de caracol para interferir la verdad sonora, como si fuera poco con la algarabía de los papagayos y las cotorras. Y, para colmo, un mayoguacán oficialista constantemente exhortaba a la unidad de los nativos, ante la inminente agresión de los apaches. (Nadie jamás vió a un piel roja norteño.)

Mientras, el Cacique en Jefe no dejaba ordenar: "¡Bulla, más bulla!

De pronto los papagayos y las cotorras callaron. Los guajanatabeyes dejaron de sonar los guamos y de tocar los tambores. El silencio parecía un milagro.

Poco a poco todos miraron hacia el monte. Por allá subían unas pompas de humo blanco. Algunas eran grandes. Otras pequeñas. Parecían señales. Sí, lo eran. Y aquella tarde, hasta los perros se atrevieron a cantar.

Por Ricardo González Alfonso, Cuba Free Press (de la serie satírica, El Encubrimiento de Cuba).


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