Desde Dentro de Cuba

Distribuído Por El Proyecto Cuba Prensa Libre.

La Habana, 2 de abril de 1998.

El Encubrimiento de Cuba --Serie Satírica. Por Ricardo González Alfonso, Cuba Free Press.

Capítulo I -- El Nuevo Rumbo.

"¡Chiicaaaas!" --exclamó Meliá de Triana desde la Atalaya de la Carabela. Simultáneamente en la playa, un grupo de jinetainas gritó: "¡Peepeee!" Nunca se supo quién descubrió a quién. Los taxis canoas, (antiguos para la época, pero que nadie sabía porqué navegaban de lo mejor), fueron hasta el navío a recoger a los turipepes.

A media distancia entre el velamen y la costa, donde las aguas dejaban ver el fondo a seis brasas, un español ataviado con su indumentaria de fierro, quiso pagar el servicio con un cascabel. La tradicional hospitalidad taína no se hizo esperar:

"¿Qué pasa, gallego?" "¡Aquí la cosa es con maravedíes libremente convertibles; o si no...p'al agua!" Ya en la arena, los pepes comenzaron a relacionarse con las jinetainas más fermosas que ojos humanos vieron y con los veíques por cuenta propia.

"¡Tu casabe aquí!" "¡Calentico aquí!"

"¡Vaayaaa!" "¡Vasija made in Cubanacaaan!" "¡Vaayaaa!"

Y a unas varas de la mar océano, en un caney con mostrador, veíase a un taíno junto a un cartel que anunciaba: "Se Venden Chicas Bien Frías." ("Licencia No. 062,453,454. ONAT").

De pronto alguien gritó: "¡Mamuuuyaaa!"

Para asombro de los ibéricos, en un instante se aparecieron las jinetaínas, los veíques por cuenta propia, y hasta el caney con mostrador. De la vegetación selvática salió el Cacique en Jefe con su escolta de caribes, seguidos por una claque de siboneyes que, señalando al Cacique, no dejaban de corear: "Esta playa es de él". "Esta playa es de él". "Esta playa es de él".

Hasta que, a Dios gracias, a un gesto del Cacique en Jefe los siboneyes callaron.

Las pláticas entre el Gran Almirante y el Cacique en Jefe se desarrollaron en el caney de las convenciones. Llegaron a un acuerdo. Establecían que los españoles podían llevarse el oro que quisieran, y todo cuanto pudieran, pero eso sí, nada de trueque por bolitas de cristal y espejitos. El pago en doblones. Y sería ilícito contratar por la libre a los indígenas. Para eso y otros menesteres estaba Cubalsetex, una empresa del cacicazgo que le pagaría a los aborígenes con bolita de catibía.

El Gran Almirante no descubrió la redondez de la tierra, sino la de aquel negocio. Y para demostrar fidelidad a su bolsa y al Cacique en Jefe, condenó enérgicamente el bloqueo de los apaches.

Podía jurarse que todo iría de maravillas. Pero una mañana ante el Gran Almirante paseóse una taína con la piel más dorada que el codiciado oro, y con unos ojazos canela que valían más que toda las especies juntas. Y como Cubalsetex no tenía jinetaínas...

Las nativas jóvenes con caras lindas, confabuladas con algunos veíques por cuenta propia, establecieron tratos furtivos con los turipepes. Proliferaron por doquier caneyes paladares, barbacoas con tiros clandestinos de chicha; y bohíos con hamacas y dujos magníficos para hacer el amor. ¡Ah! Y más barato que las habitaciones de un fuerte construído por Meliá de Triana.

Pronto los veíques por cuenta propia cubrieron su vergüenza con taparrabos Hen, y las jinetaínas lucieron faldillas del Corte Inglés, para envidia de la membresía de los comités de indígenas y de la federación de nativas.

Mientras, el Cacique en Jefe comía jamón importado de Castilla la Vieja, y bebía vino de la Real Cosecha del 1492. Y vióse al Gran Almirante con una aborigen de rechupete entrar en un caney de protocolo.

Doy fé que ésta es la historia más veraz del encuentro entre dos locuras. En busca de pepitas de oro arribaron los ibéricos; pero fueron las jinetaínas las que hallaron a sus Pepitos con oro.

Y así, unos más y otros menos, resolvían por debajo de la cabuya, ¡Que caray!

Por Ricardo González Alfonso, Cuba Free Press.


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